20 de Agosto de 2018
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Colección: Tendencias para un futuro común
Autor: Bernardo Kliksberg
Título: La situación social de América Latina y sus impactos sobre la familia y la educación

III. Algunos impactos de la situación social sobre la familia latinoamericana

El deterioro de parámetros socioeconómicos básicos de la vida cotidiana de amplios sectores de la población de la región, está incidiendo silenciosamente en un proceso de reestructuración de numerosas familias. Está surgiendo el perfil de una familia desarticulada en aspectos importantes, inestable, significativamente debilitada.

Ese tipo de familia difícilmente puede cumplir las funciones potenciales de la unidad familiar, caracterizadas en la sección anterior. Ello hace que el reducto último con que cuenta la sociedad para hacer frente a las crisis sociales, carezca por su debilidad de la posibilidad de jugar el rol que podría desempeñar.

Entre las principales expresiones de los procesos en curso, respecto a las familias, se hallan las que se presentan someramente a continuación.

A. Mujeres solas jefas de hogar

Un número creciente de unidades familiares tiene sólo uno de los progenitores al frente, en la inmensa mayoría de los casos, la madre. La correlación con pobreza es muy estrecha. Un gran porcentaje de las mujeres jefas de hogar pertenecen a estratos humildes de la población. Un estudio BID-CEPAL-PNUD (1995) describe así la situación:

La casi totalidad de los países de América Latina tienen porcentajes de hogares con jefatura femenina superiores al 20%, lo que contribuye fuertemente al fenómeno conocido como ‘la feminización de la pobreza’. Los estudios de CEPAL dejan en evidencia la mayor pobreza relativa -muchas veces la indigencia- de los hogares a cargo de una mujer.

B. Efectos de la familia incompleta sobre los hijos

Las consecuencias de pertenecer a una familia en donde el progenitor masculino se halla ausente son muy considerables. Además de lo que significa afectivamente, los padres aportan a los hijos activos fundamentales para la vida. En una investigación pionera sobre el tema, Katzman (1997) reconstruye el cuadro resultante. Señala sobre el rol del padre:

La presencia del padre es clave para proveer o reforzar ciertos activos de los niños: i) como modelo forjador de identidades, especialmente para los varones; ii) como agente de contención, de creación de hábitos de disciplina y transmisor de experiencias de vida; iii) como soporte material, ya que la falta del aporte del padre reduce considerablemente los ingresos del hogar, particularmente porque las mujeres ganan entre un 20% y un 50% menos que los hombres, y iv) como capital social, en la medida en que la ausencia del padre implica la pérdida de una línea de contacto con las redes masculinas, tanto en el mundo del trabajo como en el de la política y que además, al cortarse el nexo con las redes de parientes que podría aportar el padre, disminuyen significativamente los vínculos familiares potenciales.

La ausencia del padre va a significar la inexistencia de todos estos activos. Las consecuencias pueden ser muy concretas. Va a afectar el rendimiento educacional ante el empobrecimiento del clima socioeducativo del hogar, va a pesar fuertemente sobre el desarrollo de la inteligencia emocional, golpea la salud, crea condiciones propicias para sensaciones de inferiorización, aislamiento, resentimiento, agresividad, resta una fuente fundamental de orientación en aspectos morales. Investigando el caso de los menores internados en el Instituto Nacional del Menor, en el Uruguay, Katzman encuentra que sólo uno de cada tres formaba parte de una familia normal cuando se produjeron los hechos que condujeron a su internación. La cifra, como señala, es sugerentemente similar a la que arroja el estudio sobre centros de detención juvenil en EE.UU. El 63,8% de los niños internados en el Uruguay vivía con su madre, un 30,8% con un padrastro o madrastra, y el 5,4% sin sus padres.

Las fuertes desventajas relativas de los niños criados en hogares de este tipo se agudizan, como marca el investigador, en las condiciones de los mercados de trabajo modernos. Los mismos exigen un nivel de preparación cada vez mayor. Ello significa procesos educativos cada vez más extensos. Contar con una familia integrada, que apoye emocional, y prácticamente, ese esfuerzo prolongado es estratégico para culminarlo. Los niños y jóvenes de familias desarticuladas carecen de este capital social clave.

C. La renuencia a formar y mantener familias

Una proporción creciente de hombres jóvenes de los estratos humildes se resisten a constituir hogares estables. Ello va a aumentar las tasas de familias irregulares e inestables (concubinatos). Esta tendencia parece fuertemente influida por el crecimiento de la pobreza, la desocupación y la informalidad en la región. En muchos de estos casos, el joven no ve la posibilidad de encontrar un empleo estable que le permita cumplir el rol de proveedor principal de los ingresos del hogar, que se espera de él. Por otra parte, un porcentaje significativo de la población, con ocupación, gana salarios mínimos que se hallan por debajo de los ingresos que se necesitarían para solventar los gastos básicos de una familia, aunque se cuente con aporte femenino. La situación general, como lo indican las encuestas, muestra además un gran temor por la inestabilidad que caracteriza al mercado de trabajo. A todo ello se suman dificultades objetivas como las severas restricciones para acceder a una vivienda. En estas condiciones, el joven no se ve a sí mismo en rol de esposo y padre de una familia estable. Percibe que le será casi imposible afrontar las obligaciones que ello supone.

Un conflicto similar parece ser uno de los precipitantes del abandono de hogar de jóvenes de las zonas pobres urbanas. Katzman (1992) sugiere que la aparente “irresponsabilidad” con que actúan, estaría influida por la sensación de que están perdiendo legitimidad en su rol de esposos y padres, al no poder cumplir con la obligación de aportar buena parte de los ingresos del hogar. Sienten dañada su autoestima en el ámbito externo, por la dificultad de encontrar inserción laboral estable, y en el familiar, porque no están actuando según lo que se espera de su rol. A ello se suma un creciente nivel de expectativas de consumo en los hijos de hogares humildes, incidido por el mensaje de los medios masivos de comunicación. El joven cónyuge se siente así muy exigido, impotente para poder enfrentar las demandas, y desacreditado. En psicología social se plantea que en estas situaciones altamente opresivas, las personas tienden a enfrentarlas hasta las ultimas consecuencias, o a producir lo que se denominan conductas de “fuga” de las mismas.

D. Nacimientos ilegítimos

Un claro síntoma de erosión de la unidad familiar lo da el aumento del número de hijos ilegítimos. La renuencia a formar familia estimula el crecimiento de la tasa de nacimientos de este orden. Los estudios de Katzman sobre el Uruguay muestran la siguiente tendencia:

GRAFICO 4

Como se observa, en sólo 18 años el número de hijos ilegítimos en Montevideo aumentó en un 65%. La ilegitimidad tiene más alto nivel de presentación en las madres más jóvenes, pero es alta en todas las edades.

E. Madres precoces

Ha aumentado significativamente en la región el número de madres adolescentes. Puede apreciarse, en el Gráfico 5, la elevada cantidad de jóvenes que tienen hijos, antes de los 20 años de edad.

En la gran mayoría de los casos, la maternidad en la adolescencia no forma familias integradas. Queda sola la madre, con los hijos. Es, asimismo, una causa importante del crecimiento de niños ilegítimos antes referido. Constituye, de por sí, una fuente de familias extremadamente débiles.

Según las cifras disponibles se halla estrechamente asociada a la pobreza. En los centros urbanos, en el 25% más pobre de la población, el 32% de los nacimientos son de madres adolescentes. En las zonas rurales, el 40%. En el 25% siguiente, en nivel de ingresos, las cifras son 20%, en los centros urbanos y 32%, en las áreas rurales. En total, el 80% de los casos de maternidad adolescente urbana, de la región, están concentrados en el 50% más pobre de la población, mientras que el 25% más rico, sólo tiene un 9% de los casos. En las zonas rurales las cifras son, 70% de los casos en el 50% más pobre, y 12% en el 25% más rico.

Aun dentro de los sectores pobres, se observa que cuanto mayor es el nivel de pobreza, más alta es la tasa de maternidad adolescente. Así lo ilustra el Cuadro 4.

La fuerte correlación entre pobreza y maternidad adolescente, permite inferir que aumentos en la pobreza, como los que se están produciendo en la región, actuarán de estímulos de este orden de maternidad y, por tanto, de la generación de familias muy débiles.

GRÁFICO 5

Una variable central en este proceso, según indican las cifras es un componente de la pobreza, son las carencias educativas. En los centros urbanos de la región, el porcentaje de madres adolescentes entre las jóvenes urbanas con menos de seis años de educación, es del 40%. Supera a los promedios nacionales del 32%. En el grupo que tiene 6 a 9 años de estudio, el porcentaje de casos de maternidad adolescente desciende al 30%. En las jóvenes con 10 a 12 años de estudio baja al 15%, y en las que tienen 13 ó más años de estudio, es inferior al 10%. Puede apreciarse la situación por países, en el Cuadro 5.

La situación que subyace tras el embarazo adolescente en los sectores desfavorecidos configura un “círculo perverso regresivo”. La pobreza y la inequidad impactan severamente a dichos sectores en materia educativa, como se verá en la sección siguiente del trabajo. Con limitada escolaridad, recuérdese que la escolaridad promedio de toda América Latina es de sólo 5,2 años, y la de los sectores pobres considerablemente menor, se dan condiciones que facilitan el embarazo adolescente. A su vez, la maternidad en la adolescencia va a conducir a que estas jóvenes dejen sus estudios. Las cifras indican que las madres pobres adolescentes tienen un 25 a un 30% menos de capital educativo que las madres pobres que no han tenido embarazo adolescente (según puede verse en el Cuadro 6). Al tener menor nivel educativo, e hijos, las madres adolescentes verán reducidas sus posibilidades de obtener trabajos e ingresos, consolidándose y profundizándose la situación de pobreza.

CUADRO 4
CUADRO 5

F.
Violencia doméstica

En la región tiene gran amplitud el fenómeno de la violencia domestica. Según estiman Buvinic, Morrison y Schifter (1999), entre 30 y 50% de las mujeres latinoamericanas —según el país en que vivan— sufren de violencia psicológica en sus hogares, y un 10 a un 35%, de violencia física. La magnitud del problema puede apreciarse en el Cuadro 7, que resume diversas investigaciones.

CUADRO 6

Además de su inhumanidad básica, y sus múltiples repercusiones sobre la mujer, la violencia doméstica causa daños graves a la estructura familiar. Indica dificultades muy serias en dicha estructura. Tiene repercusiones de todo tipo en los hijos. Un estudio realizado por el BID en Nicaragua (1997), muestra que los hijos de familias con violencia intrafamiliar son tres veces más propensos a asistir a consultas médicas, y son hospitalizados con mayor frecuencia. El 63% de ellos repite años escolares y abandona la escuela, en promedio, a los 9 años de edad. Los de hogares sin violencia permanecen, promedio, hasta los 12 años en la escuela.

CUADRO 7

Por otra parte, la violencia doméstica es a su vez un modelo de referencia con posibilidades de ser reproducido por los hijos, lo que llevará también a que constituyan familias con serias deficiencias. Diversos estudios, entre ellos Strauss (1980), indican que la tasa de conductas de este orden, de los hijos que han visto en sus hogares este comportamiento, superan ampliamente a las observables entre quienes no lo han tenido en sus familias.

Si bien el fenómeno es de gran complejidad e influido por numerosas variables, la pobreza aparece claramente como un factor de riesgo clave. Según refiere Buvinic (1997), en Chile, por ejemplo, los casos de violencia física son cinco veces más frecuentes en los grupos de bajos ingresos, y la violencia física grave es siete veces más común en ellos, verificándose también esas relaciones en otros países.

Las realidades cotidianas de desocupación, subocupación, informalidad, antes mencionadas, y otros procesos de deterioro económico, tensan al máximo las relaciones intrafamiliares, y crean ambientes propicios a este fenómeno, fatal para la integridad de la familia.

G. Incapacidad de la familia de proporcionar una infancia normal

La pobreza y la inequidad colocan a numerosas familias en serias dificultades para poder dar a sus hijos la infancia que desearían y que correspondería. Se abren ante la presión de las carencias, un cúmulo de situaciones que afectan duramente a los niños, crean todo orden de conflictos en la unidad familiar, e impiden que la familia cumpla muchas de sus funciones.

Una de las expresiones principales de la problemática que se plantea es la figura del niño que trabaja desde edades tempranas. Obedece en muchísimos casos a razones esencialmente económicas. Es enviado a trabajar, o se procura trabajos, para poder realizar algún aporte al hogar carenciado del que proviene y poder subsistir personalmente. Como lo ha señalado reiteradamente la OIT, la situación del niño trabajador es muy dura, y contradice los convenios internacionales vigentes de protección del niño, y los objetivos básicos de cualquier sociedad. Son largas jornadas, graves riesgos de accidentes de trabajo, ninguna protección social, magras remuneraciones. Asimismo, implica en muchos casos el retraso escolar o, directamente, la deserción del sistema educacional. Ello lo colocará en condiciones de inferioridad para ingresar al mercado de trabajo en el futuro.

Los datos nacionales disponibles siguen todos la misma tendencia. Según un estudio de la Comisión de Empleo y Bienestar Social del Congreso de México (1999), en ese país por lo menos cinco millones de niños trabajan, y la mitad de ellos han abandonado la escuela. El 70% trabaja entre 5 y 14 horas diarias. Según señalan Barker y Fontes (1996), en un estudio preparado para el Banco Mundial, en Brasil 50% de los jóvenes entre 15 y 17 años estaba trabajando en 1990, y lo mismo sucedía con el 17,2% de los niños de 10 a 14 años. En Perú trabajaba el 54% de niños y jóvenes urbanos de 6 a 14 años de edad. En Colombia, en 1992, 380.000 niños y jóvenes de 12 a 17 años trabajaban en áreas urbanas y 708.000 en áreas rurales. Los investigadores agregan una categoría especial, escondida, las niñas que trabajan como domésticas. En Colombia, en 1990, 9% de las niñas entre 15 y 19 años de edad trabaja en esa calidad, viviendo fuera de sus hogares, en casa de sus patrones. En Haití, según la OIT(1999), el 25% de los niños de 10 a 14 años forma parte de la fuerza de trabajo. Según datos de UNICEF (1995), en Venezuela trabajaban en la economía informal 1.076.000 menores, y otros 300.000 en la economía formal. En Argentina, 214.000 niños de 10 a 14 años trabajan. Según los estimados de la OIT (1999), trabajan en total en América Latina, 17 millones de niños.

La vinculación entre pobreza, y trabajo infantil es muy estrecha. En Brasil, se estima que el 54% de los niños menores de 17 años que trabaja, proviene de hogares con renta per capita menor al salario mínimo.

H. Los niños de la calle

Existe en la región una población creciente de niños que viven en las calles de muchas urbes. Se los puede encontrar en Río, Sao Paulo, Bogotá, México, Tegucigalpa, y muchas otras ciudades, sobreviviendo en condiciones cruentas. Buscan cada día el sustento para vivir. Están expuestos a todo tipo de peligros. Se han encarnizado con ellos grupos de exterminio, y se ha estimado que no menos de 3 niños de la calle son asesinados diariamente en ciudades del Brasil, entre otros países. No se ha logrado cuantificar su número preciso, pero pareciera que tiende a aumentar significativamente. El BID, por iniciativa de su Presidente, ha abierto más de 30 proyectos nacionales destinados a tratar de mejorar su situación. El Papa Juan Pablo II, que ha denunciado permanentemente esta situación inhumana, los describió en un reciente viaje a México, señalando que son “niños abandonados, explotados, enfermos”. El Director de una de las organizaciones no gubernamentales con más actividad y logros en esta campo, Casa Alianza, con sede en Costa Rica, Bruce Harris ha destacado : “Es un fenómeno social no atendido que se ha convertido en un problema, porque la respuesta de la sociedad en general, es represiva, en lugar de invertir para que tengan las oportunidades que muchos de nosotros sí tuvimos”.

La presencia y aumento de los niños de la calle tiene que ver con múltiples factores, pero claramente a su centro está denotando una quiebra profunda de la estructura básica de contención, la familia. Los procesos de erosión de la familia, de desarticulación de la misma, de constitución de familias precarias, y las tensiones extremas que genera al interior de la familia, la pauperización, minan silenciosamente la capacidad de las familias de mantener en su seno a estos niños. Es una situación de frontera que está indicando la gravedad del silencioso debilitamiento de muchas unidades familiares de la región.

Todos los desarrollos regresivos mencionados: mujeres solas jefas de hogar, renuencia de hombres jóvenes a formar familias, nacimientos ilegítimos, madres precoces, violencia doméstica, incapacidad de las familias de proporcionar una infancia normal, niños de la calle, deben ser vistos, en su conjunto como parte de este cuadro de debilitamiento, deben ser priorizados en las políticas públicas y por toda la sociedad, y se les deben buscar soluciones urgentes.

La familia es, como se mencionó, uno de los dos grandes marcos de formación de la población de un país. El otro es la educación. En la sección siguiente se explorarán algunos de los efectos que la pobreza, y especialmente la inequidad, están generando en los sistemas educativos de la región.