17 de Octubre de 2018
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Colección: Tendencias para un futuro común
Autor: Bernardo Kliksberg
Título: La situación social de América Latina y sus impactos sobre la familia y la educación

II. El redescubrimiento de la familia

A fines del Siglo XX existe una creciente revalorización del rol de la familia en la sociedad. Desde la perspectiva espiritual la familia apareció siempre como la unidad básica del género humano. Las grandes cosmovisiones religiosas destacaron que su peso en lo moral y afectivo era decisivo para la vida. En los últimos años han agregado a esa perspectiva fundamental, conclusiones de investigación de las ciencias sociales que indican que la unidad familiar realiza, además, aportaciones de gran valor en campos muy concretos.

Entre otros aspectos, las investigaciones destacan el papel de la familia en el rendimiento educativo, en el desarrollo de la inteligencia emocional, en las formas de pensar, en la salud y en la prevención de la criminalidad.

La calidad de la escuela tiene desde ya una considerable incidencia en el rendimiento educativo. El curriculum, la calificación de los docentes, los textos escolares, los otros materiales de apoyo utilizados, la infraestructura escolar, influyen en todos los aspectos de los procesos de aprendizaje. Pero hay otros factores incidentes, según refieren las investigaciones. Según concluye CEPAL (1997), el 60% de las diferencias en performance estarían vinculados al clima educacional del hogar, su nivel socioeconómico, la infraestructura de vivienda (hacinadas y no hacinadas), y el tipo de familia. Aspectos básicos de la estructura de la familia tendrían, por tanto, fuerte influencia en los resultados educativos. Estarían, entre ellos, elementos como el grado de organicidad del núcleo familiar, el capital cultural que traen consigo los padres, su nivel de dedicación a seguir los estudios de los hijos, su apoyo, y estímulo permanente, a los mismos.

Pueden verse en el cuadro siguiente algunos resultados de investigación al respecto, en la región:

Como se observa, a medida que mejora el clima educacional desciende el porcentaje de rezagados. También hay correlación con el nivel de ingresos. En el 25% más pobre de la población, y de menor coeficiente de clima educacional, la tasa de rezagados es el 42%. Desciende a 9 en los climas educacionales de mejor coeficiente, en el 25% siguiente de la distribución de ingresos.

CUADRO 3

Múltiples estudios corroboran esta tendencia y el papel clave de la fortaleza del núcleo familiar. La Secretaría de Salud y Servicios Humanos de EE.UU. realizó un estudio sobre 60.000 niños. Wilson (1994) informa sobre sus conclusiones:

En todos los niveles de ingreso, salvo el muy alto (más de 50.000 dólares al año), en el caso de los dos sexos y para los blancos, negros e hispanos por igual, los niños que vivían con una madre divorciada o que nunca se había casado, estaban claramente peor que los pertenecientes a familias que vivían con los dos progenitores. En comparación con los niños que vivían con sus dos padres biológicos, los niños de familia con un solo progenitor eran dos veces más propensos a ser expulsados o suspendidos en la escuela, a sufrir problemas emocionales o de la conducta y a tener dificultades con sus compañeros. También eran mucho más proclives a tener una conducta antisocial.

Las características de la familia tienen asimismo influencia sobre otro tipo de educación, la emocional. Hay un significativo interés actualmente en el tema de la denominada “inteligencia emocional”. Según indican las investigaciones de Goleman (1995), y otras, el buen desempeño y el éxito de las personas, en su vida productiva, no se halla ligado sólo a su cociente intelectual, tiene estrecha relación con sus calidades emocionales. Entre los componentes de este orden particular de inteligencia, se hallan el autodominio, la persistencia, la capacidad de automotivación, la facilidad para establecer relaciones interpersonales sanas y para interactuar en grupos, y otras semejantes. Según se ha verificado, con frecuencia personas de elevada inteligencia emocional tienen mejores resultados que otras con cociente intelectual mayor, pero reducidas calidades en ese orden.

La familia tiene un gran peso en la conformación y desarrollo de la inteligencia emocional. Los niños perciben en las relaciones entre sus padres, y de ellos con los mismos, modos de vincularse con lo emocional que van a incidir sobre sus propios estilos de comportamiento. Destaca Goleman que: “La vida en familia es nuestra primera escuela para el aprendizaje emocional”, y resumiendo diversos resultados de investigación señala:

Han aparecido datos innegables que muestran que tener padres emocionalmente inteligentes es, en sí mismo, un enorme beneficio para el niño. Las formas en que una pareja lidia con los sentimientos recíprocos –además de sus tratos directos con el niño- imparten poderosas lecciones a los hijos, que son alumnos astutos y sintonizados con los intercambios emocionales más sutiles que se producen en la familia. Cuando los equipos de investigación dirigidos por Carole Hooven y John Gottman, de la Universidad de Washington, llevaron a cabo un microanálisis de las interacciones que se producen en las parejas, sobre la forma en que los esposos trataban a sus hijos, descubrieron que las parejas más competentes en el matrimonio, desde el punto de vista emocional, eran también las más eficaces cuando se trataba de ayudar a sus hijos en sus altibajos emocionales.

Otro aspecto en que la familia con su dinámica va moldeando perfiles de comportamiento en los niños, es el que se produce en el campo de “las formas de pensar”. Naum Kliksberg (1999) señala al respecto, que el niño se vincula con sus padres y hermanos a través de tres modalidades básicas: de aceptación pasiva, de imposición autoritaria, y de diálogo democrático. En los hogares tiende a predominar alguno de estos modelos de interacción. Resalta el investigador que, si el predominante es el de aceptación pasiva, se genera una forma de pensar “sometida” que acepta argumentos y posiciones, sin inquirir mayormente sobre sus fundamentos. Si la interacción usual es la autoritaria, se desarrolla una forma de pensar orientada a imponer el propio pensamiento al otro, y sólo centrada en las coerciones necesarias para lograr ese objetivo. Si en cambio el modelo de interacción es “dialogal democrático”, la forma de pensar que se desenvuelve es crítica, se sabe escuchar al otro, se trata de entenderlo, y de explicarse.

En el campo de la salud Katzman (1997) señala, resumiendo estudios efectuados en el Uruguay, que los niños extramatrimoniales tienen una tasa de mortalidad infantil mucho mayor, y que los niños que no viven con sus dos padres tienen mayores daños en diferentes aspectos del desarrollo psicomotriz.

Aun el área de las actitudes hacia el arte está fuertemente incidido por el clima familiar. Bourdieu y Darbel (1999) resaltan al respecto: “El amor al arte depende del capital cultural heredado, de las disposiciones culturales transmitidas en el seno de la familia, mucho más que de las inclinaciones naturales y espontáneas”.

Un estudio realizado en Holanda lo ilustra (Rupp, 1997). Al analizar familias obreras de similar nivel socioeconómico, en cuanto a su relación con la cultura, se observa que había dos grupos de familias. En unas orientadas hacia la cultura, los padres enviaban sus hijos a colegios que enfatizaban lo cultural y en el hogar dedicaban tiempo y energía a formas de arte sencillas, como ejecutar instrumentos musicales y leer un libro cada mes. El otro tipo, con orientación hacia lo económico, enviaba a los hijos a escuelas inclinadas a lo económico, y se centraba en logros económicos, bienes materiales y aspectos como la apariencia externa. El tipo de rol que tiene la cultura en el hábitat familiar, influirá en la generación de diferentes vínculos hacia ella por parte de los hijos.

Una preocupación central de nuestro tiempo es el aumento de la criminalidad en diversos países. La familia aparece, a la luz de las investigaciones al respecto, como uno de los recursos fundamentales con que cuenta la sociedad para prevenir criminalidad. Los valores inculcados a los niños en la familia en esta materia, en los años tempranos, y los ejemplos de conducta observados, van a incidir considerablemente sus decisiones y conductas futuras. Un estudio en EE.UU. (Dafoe Whitehead 1993), identificó que examinando la situación familiar de los jóvenes en centros de detención juvenil en el país, se verificaba que más del 70% provenían de familias con padre ausente.

En resumen la familia, junto a sus históricas y decisivas funciones afectivas y morales, exhaltadas en religiones como la cristiana y la judía, entre otras, cumple funciones esenciales para el bienestar colectivo.

A partir de esa visión existe, en diversos países desarrollados, un activo movimiento de creación de condiciones favorables para el buen desenvolvimiento y el fortalecimiento de la familia. Las políticas públicas de los países de la Comunidad Económica Europea brindan, entre otros aspectos: garantías plenas de atención médica adecuada para las madres durante el embarazo, el parto, y el período posterior, amplios permisos remunerados por maternidad que van, desde 3 meses en Portugal hasta 28 semanas en Dinamarca, subvenciones a las familias con hijos, deducciones fiscales. Diversos países, como los nórdicos, han establecido extendidos servicios de apoyo a la familia como las guarderías, y servicios de ayuda domiciliaria a ancianos e incapacitados.

La necesidad de fortalecer la institución familiar y apoyarla de modo concreto tiene múltiples defensores. Reflejando muchas opiniones similares, un estudio español (Cabrillo 1990), plantea que “la familia es una fuente importante de creación de capital humano. Por una parte ofrece servicios de salud en forma de cuidado de enfermos y niños que tendrían un elevado coste si tuvieran que ser provistos por el mercado o el sector público. Por otro, es en ella donde tiene lugar la primera educación que recibe un niño, que es además la que tiene una rentabilidad más elevada”. Ante ello se pregunta: “¿en la práctica el sector público está financiando gran parte de los gastos en educación en la mayoría de los países? La pregunta inmediata es: ¿entonces, por qué sólo una parte de la educación, la impartida en escuelas públicas o privadas? Si este tipo de educación es subvencionada, no hay razón alguna para que no se subvencione también la educación impartida en la casa”. Otro artículo reciente (Navarro 1999) reclama: “la universalización (en España) de los servicios de ayuda a la familia”, y demuestra su factibilidad en términos de costos económicos.

Frente a esta revalorización internacional del rol de la familia, y la verificación de sus enormes potencialidades de aporte a la sociedad, ¿qué sucede en los hechos en América Latina? ¿Cómo afectan la pobreza y la inequidad, antes reseñadas, a las familias concretas de la región?