20 de Abril de 2018
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Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 2
Título: 1998

Contexto y justificación

En un contexto en el cual una historiografía como la Argentina carece de un siempre necesario trabajo de historia de la historiografía, es de todas maneras sorprendente que la obra del historiador José Luis Romero haya concitado tan escasos estudios como los que se citan en la tercera parte de esta bibliografía. Ello, sin duda, resiente la presunta madurez que tendría la historia profesional en un país que aun sabe mostrar los efectos de una realidad pasada y presente nada exenta de violencias. Pues si en ciertos aspectos su desarrollo desde el retorno a la democracia —tras una dictadura militar densa en crueldad y quizás por eso mismo grávida de futuras aflicciones para sus víctimas o testigo— se concretó en una actualización temática y metodológica, no es menos claro que la reflexión sobre sus cualidades y problemas no ha realmente comenzado.

La amplitud de los intereses intelectuales de Romero abarca desde la historia de la antigüedad clásica hasta la historia latinoamericana del siglo XX. Quizás puedan indicarse tres aspectos como los más recuperables de su tarea histórica para los estudios actuales. Están por un lado las investigaciones de historia medieval, donde la preocupación por la cultura se realiza respecto a las mentalidades y formas de representación.1 Más que preocuparse por un “espíritu de los tiempos” o una estructura mental, Romero intentó internarse en los meandros de la constitución de nuevas actitudes y sensibilidades en tiempos de crisis. Por eso mismo los textos sobre el medioevo gozan todavía de interés, cuando ciertas modas historiográficas parecieran hacer tabla rasa del pasado. Un segundo aspecto está constituido por los textos referidos a la historia latinoamericana2 (en cuyo marco están los de historia argentina3 ), en los cuales la diferencia y vinculación entre ciudad y campo son estudiadas preguntándose por los efectos culturales y sociales de las diversas sociabilidades. Sobre esta situación se añade una búsqueda de los caminos de constitución del poder político en sociedades cada vez más masificadas. Un tercer problema que permanece actual es la elaboración romeriana de la práctica historiadora, de sus condiciones y las aspiraciones preferibles.4 Ciertamente, los estudios sobre el primer interés histórico de Romero —la historia antigua— no carecen de relevancia, así como tampoco sus estudios de historia intelectual. Nos parece, con todo, que los tres núcleos mencionados son de agudo interés vistos desde hoy. Sobre ellos poco se ha escrito.

Entre los múltiples procedimientos que pueden ponerse en práctica para este necesario ajuste de cuentas, el análisis de los historiadores e historiadoras es tan decisivo como la explicitación de otras condiciones sociales y culturales. La construcción de las corrientes historiográficas no pueden comprenderse satisfactoriamente sin, por lo menos, apelar a las obras y conexiones concretas de los practicantes de la disciplina histórica. Es por eso que toda indagación sobre José Luis Romero es pasible de entenderse como una reflexión sobre la historia.

Para ello —a nuestro entender— no hace falta solamente una discusión pormenorizada de sus textos que por jerga o documentación se consideran históricos, sino aun la recolección de los datos más nimios que constituyan lo más cerca de la empiria sus ejercicios de escritura. Sobre esta cuestión no estamos en el lugar adecuado para intentar hacerlo. La primera cuestión es, sin embargo, aquella que más interesa.

Efectivamente, nos encontramos con un problema de la definición genérica de los textos que escribió o pronunció José Luis Romero. Si la delimitación de la pertinencia de selección textual prefiere aquélla que corresponde al cuerpo principal de su obra, este mismo recorte denuncia su carácter de elección. En el evidente caso de designar como “historiador” a Romero, en la comprensión corriente de esa ocupación, la bibliografía rigurosa debiera distinguir al menos dos grandes conjuntos, a saber, el de los escritos históricos y el de los escritos no históricos.

Por el contrario, en el caso de José Luis Romero es plausible que esa distinción entorpezca más que ayude a estudiar su obra, y por razones que son sorprendentemente simples.

La constitución de circuitos de consagración académica e intercambio de saberes en materia historiadora, puede decirse, comenzó a constituirse en Argentina recién hacia fines de la década de 1950. Es cierto que con la acción de la Academia Nacional de la Historia y los departamentos de Historia de las universidades esos circuitos encontraron antecedentes significativos. Pero todavía esas instituciones no lograron construir mecanismos ágiles de renovación de acuerdo a una lógica propia; en realidad devinieron en aparatos de producción de monografías o historias colectivas, que excluían a todos aquellos que salieran de una ortodoxia metodológica y/o objetual. Sorprende muy poco que un historiador que desde temprano se especializó en historia antigua y medieval, con una alta dosis de uso imaginativo de los documentos, mal se llevara con aquellos que decidían la validez de los estudios dedicados al pasado.

Aun no sabemos bien, o en todo caso no se han lanzado hipótesis de interpretación al respecto, cuánto de cierta marginalidad de Romero respecto a la historia oficial (en cualesquiera de sus facciones) facilitó el desborde de las restricciones genéricas de lo que durante los años de su actividad historiadora se disputó como el válido taller y la adecuada escritura de la historia. Puede sostenerse con cierto sustento, empero, que esa transgresión de los géneros, que superaban las marcas tradicionales de la “historia” o la “literatura”, como también de la “política”, hace muy dificultoso clasificar en campos temáticos los textos de Romero. Muchos de los escritos que para algunas perspectivas deberían agruparse en racimos que supuestamente tendrían mucho en común, fueron compuestos paralelamente, conjugando recíprocamente la imaginación y la reflexión. Por ello ha parecido conveniente no realizar una división de la bibliografía de Romero, prefiriendo ordenarla cronológicamente por año de publicación. Tal vez ese orden pueda colaborar a la investigación sobre los intereses que Romero atendió a lo largo de su tarea intelectual. Tal disposición hace justicia a una práctica más atenta a la intervención cultural y política que a las restricciones de género de escritura, más pertinente para la institucionalización académica que para la real creación.

Existe todavía una razón adicional para justificar la continuidad y anudación entre textos pertenecientes a la “historia”, a la “política”, o a la “crítica”. Alguna vez, Ruggiero Romano señaló con acierto que caracterizar a Romero como un gran medievalista —que por supuesto lo era— sería hacerle un reconocimiento injusto, ya que no solamente su tarea como historiador de la antigüedad, las ciudades latinoamericanas o las ideas políticas en Argentina pueden describir y comprender la totalidad de su significación como historiador, en tanto no se reconozca la pasión que —según los propios términos de Romero— impregnaba su tarea (su “oficio” de historiador).

Esta cualidad no era, para Romero, un mero producto de su preferencia personal que hubiera forzado la unidad de las facetas de una persona en la práctica de historiador sino mejor una característica o potencialidad de la historiografía como actividad humana. La preponderancia que entreveía para su trabajo se fundamentaba en la actualidad permanente de la escritura de la historia para el devenir de la vida de un individuo y una sociedad, hecho que no era afectado por los embates contra la cientificidad de la historiografía:
...si queda en pie la certidumbre de que aun hoy son insuficientes los criterios de verdad de que puede echar mano la ciencia histórica, no resulta menos evidente que hay en el saber que ella proporciona una forma de militancia que no poseen otras formas del saber. Y esa militancia, que —contra Nietzsche— podríamos definir como su importancia para la vida, proporciona a la ciencia histórica su más profunda y noble calidad. (Romero, 1945e)
Pero, ¿coincide esta imagen de su labor, de cómo comprenden las exigencias del momento histórico, con su práctica real? Esta concepción de la historia obedece a dos motivos fundamentales. En primer lugar como reacción a la práctica positivista (o cuasi-positivista transmutada en historia erudita) que reinaba en la historiografía argentina, con escasas excepciones, desde la segunda década del siglo XX. En segundo término se encontraba la percepción de una situación crítica de la cultura occidental y la coyuntura política argentina, contexto en el cual la historia podía funcionar como guía preferencial de ilustración hacia tiempos con una claridad mayor. La historia de fechas y batallas, por su misma pretensión de autonomía respecto a la exterioridad, de la sociedad, parecía carente de toda capacidad de insertarse activamente y dar lugar a intervenciones públicas.5 Ciertamente los historiadores de esa tradición fueron tan poco apolíticos como otros cualesquiera, pero la evidente politicidad de sus actividades no estaba articulada concientemente con su práctica específica como historiadores.

En efecto, la historia puramente fáctica, anecdótica, erudita, parecíale a Romero una concesión demasiado importante a cambio de un estatuto epistemológico siempre incierto, pero cuya cientificidad podía fundamentarse. La historiografía debió pagar un precio muy alto para poder entrar al ámbito privilegiado de las ciencias (entendidas en el sentido estrecho de las físico-matemáticas), eliminando su cualidad activa en beneficio de un “mero saber”, desligada de la “vida histórica” (concepto que trataré posteriormente) y por lo tanto estéril para la función práctica que se esperaba de ella:
La vida histórica parecía estar, pues, definitivamente muerta, y su estudio parecía ser como el de una anatomía que no condujera hacia una medicina, sino que fuera mera recreación de lo muerto (...) una persistente miopía profesional y cierta indiferencia ambiente debían conducir luego a una lamentable confusión de los medios con los fines, y los historiadores que la padecieron —y muchos la padecen aún— llevan la parte principal de la responsabilidad de haber sustraído a la experiencia humana el caudal de la que subyace en la vida histórica, transformando el conocimiento de ésta en un mero saber.6
La opción de Romero veía en cambio en la escritura de la historia una actitud similar a la mística, es decir una experiencia histórica existencial (1952b), que alojaba el momento primigenio del proceso interior que conduce al conocimiento histórico “en otras zonas más profundas del espíritu que no son las del intelecto puro” (1945f). Esa valoración de la interioridad y la percepción subjetiva, no obstante, no era vivida como simple misticismo humanista (es decir, relativista e individualista) sino como producto de una limitación cierta que encontraba en el materialismo que veía, por otra parte, como un elemento teórico-político de verdad parcial en el cambio social que sostenía como necesario, pero que no bastaba con guiar con el determinismo, el cual —pensaba Romero— no podía fundar una ética que superase los ideales abyectos de un mundo burgués que estaba en declive.7 Un mundo burgués cuya conciencia ante la amenaza se transformaba perdiendo su progresividad.

El “mero saber” que Romero criticó a lo largo de su vida no era solamente para él un empobrecimiento de la disciplina al relegar la interpretación histórica y el otorgamiento de un sentido al devenir de las sociedades. Era también la reducción de la utilidad práctica de la historia —y he aquí el segundo motivo que fundamenta su concepción de la escritura de la historia— en momentos de crisis de la sociedad, de desencanto por los valores vigentes hasta entonces. La expresión física de la crisis contemporánea creía apreciarla Romero —influenciado entonces por Ortega y Gasset— en la aparición de las “masas” como actor social. Y, precisamente, la historia debía en esas circunstancias cumplir una doble función fundamental: 1) conferir sentido a la historia para crear las condiciones espirituales mínimas para superar el desconcierto reinante al mostrar las continuidades culturales de Occidente, y 2) elevar la conciencia del nuevo elemento surgido en la sociedad capitalista (dichas “masas”). Ahora bien, tal perspectiva hace sistema con los variados intereses de su producción intelectual, y desde ahora es defendible que una segmentación ocasionaría más perjuicios que los tolerables.

      Para los textos que han sido recopilados en diversos libros, y en particular en los póstumos disponibles gracias a la tarea de edición de Luis Alberto Romero, se indican dónde aquellos fueron recogidos.8 Finalmente, en la última sección se citan los textos, aun insuficientes y hasta magros, sobre José Luis Romero, para cuya multiplicación y mejoría esperamos que la presente bibliografía sea un modesto pero necesario aporte.