22 de Abril de 2018
Portal Educativo de las Américas
  Idioma:
 Imprima esta Página  Envie esta Página por Correo  Califique esta Página  Agregar a mis Contenidos  Página Principal 
¿Nuevo Usuario? - ¿Olvidó su Clave? - Usuario Registrado:     

Búsqueda



Colección:
Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 2
Título: 1998

Las revistas culturales durante la consolidación democrática: Tensiones y recolocaciones

Punto de Vista es la única revista que recorrió, con asombrosa puntualidad para una publicación cultural independiente, todo el período que estudiamos. Esta linealidad no significa empero una inmovilización de los lugares y funciones que ocupó durante esos años. En la etapa transicional, como vimos, formó parte de un marginal entramado de disidencia; con la inauguración democrática la revista ocupa un lugar cada vez más reconocido. Un lugar que concentra el capital cultural de sus hacedores y la centralidad de los temas y debates que se proponen. Recolocada ante la nueva coyuntura, definidos sus miembros como “intelectuales en el marco de la democracia”, la revista comienza la empresa de revisión de la identidad intelectual de la izquierda en Argentina. Esta operación produce una tensión en otros sectores de la izquierda que puede rastrearse en un conjunto de revistas que surgieron a partir de la instauración democrática y que se ubican polémicamente frente a Punto de Vista.

Estos años están caracterizados por nítidos aunque complejos movimientos en los que cada sector del campo intelectual debió diseñar inexcusablemente su lugar. A diferencia de otros momentos transicionales (1973 fue el más cercano) la crisis de los presupuestos ideológicos de la izquierda requería de la redefinición de ese lugar. Esta tarea se concibe como paso previo y necesario para plantear una reforma intelectual que le permita a la izquierda avanzar desde el anquilosamiento doctrinario en el que se encontraba hacia nuevas alternativas teóricas y prácticas. Dicha tarea fue tomada protagónicamente por Punto de Vista alternando en cada número dos tipos de artículos: históricos y analíticos. Los primeros están destinados a buscar en el pasado las claves de las posiciones actuales, una suerte de relectura de los paradigmas ideológicos y culturales que el campo intelectual hegemonizado por la izquierda adoptó como propios.24

Entre el conjunto de artículos de esta problemática se destacan los de Beatriz Sarlo. “La izquierda ante la cultura: Del dogmatismo al populismo” recorre el desarrollo de los postulados ideológicos de la cultura de izquierda desde los años cincuenta hasta los ochenta, y advierte desde los primeros años la presencia de una visión evolucionista de la historia y una concepción dogmática y dicotómica de los procesos político-sociales, provistos tanto por el Partido Comunista como por el liberalismo de izquierda socialista. En los años sesenta, una nueva coyuntura nacional e internacional permite procesar nuevas líneas de pensamiento. La “nueva izquierda” abreva en el nuevo discurso cultural proveniente del peronismo: “Del deshielo del dogmatismo de izquierda, sostiene Sarlo, surge un nuevo sentido común: el populismo cultural”. Este nuevo consenso es el que genera un bloque de larga duración —más de dos décadas— cuyas estribaciones dificultan en los ochenta la configuración de un nuevo entramado cultural25. Un segundo artículo de Sarlo avanza sobre la necesidad de la autocrítica que, desde un fuerte tono autobiográfico, reclama hacerse cargo de ese pasado:

Estamos hoy enfrentados con todo nuestro pasado y, se sabe, allí no todas las condenas ni todas las acusaciones pueden tener a los militares como objeto. Nuestra autobiografía tiene un lugar abierto para nuestras responsabilidades: somos una parte de lo ocurrido en Argentina, y haber sufrido más no es una razón para que en la reconstrucción del pasado nos olvidemos de nosotros, cuya soberbia nos hizo creer, en algunos momentos, que en la claridad de la revolución futura nos habíamos convertido en amos de la historia.26
El análisis de la concepción de la cultura en clave populista y la revisión histórica de la izquierda argentina y latinoamericana, ponen de manifiesto la decadencia de un espacio ideológico en retaguardia y carente de una capacidad analítica que dé cuenta de las grandes transformaciones de la sociedad contemporánea. La reforma intelectual de la izquierda se torna, en la interrogación de Carlos Altamirano, un imperativo:
¿Todo ello no torna necesario para la izquierda una reforma intelectual y política que la arranque de su posición subalterna, una reforma que la libere del doctrinarismo en la formulación de los problemas y las alternativas que, a la vez, sustraiga a la cultura y la incestigación crítica de su politización (su “facciosidad”) inmediata? ¿O no ha llegado aún la hora de una izquierda capaz de agregar voluntades a la arena de la lucha porque ha encontrado nuevos caminos e iniciativas para las aspiraciones a una sociedad sin miseria y sin miedo?27
Estos “nuevos caminos e iniciativas” que reclama Carlos Altamirano, y que comparten el resto de los integrantes de la revista, son los que conforman el segundo conjunto de trabajos que hemos definido como analíticos. Se trata de un cuerpo de textos de alta densidad teórica —a cargo de Juan Carlos Portantiero, José Nun y Emilio de Ipola— cuyos temas entran de lleno en la problemática de la transición: la discusión de diversos aspectos del posmarxismo, las relaciones entre socialismo y democracia y las formas de constitución de un orden democrático.28 La zona de confluencia de los intelectuales de Controversia (en su gran mayoría regresados del exilio) y de Punto de Vista, adelantada ya con la inclusión de Portantiero y Aricó en el consejo de redacción de la segunda, se concretiza en la creación del Club de cultura socialista en julio de 1984. Este hecho marca el punto de confluencia de dos sectores intelectuales que, separados por el exilio expresaron, sin embargo, un movimiento de reflexión crítica sobre la identidad política, ideológica y cultural del socialismo. En su declaración de principios, publicada en el Nº 22 de Punto de Vista la problemática de la democracia es vista como central en la redefinición de la izquierda.29

Luego de dos años de proceso democrático, la revista realiza un “ajuste” con respecto a su posición inicial. Si al principio se registraba un claro distanciamiento respecto de las posiciones de la izquierda tradicional y ortodoxa, y un desplazamiento hacia formas democráticas del pensamiento socialista, en este momento emerge una actitud igualmente crítica respecto de los sectores que, albergados en el discurso democrático, terminaron por aplanarlo en una actitud conservadora. Nuevamente un ensayo de Sarlo, “Intelectuales: Escisión o mímesis”, opera como brújula de las posiciones de la revista. La relación entre cultura y política está pensada a partir de una “tensión ineliminable que es la clave de la dinámica cultural, en la medida en que cultura y política son instancias disimétricas y, por regla general, no homológicas”. El intelectual, por tanto, se encontrará “atravesado” por esa tensión, nunca volcado totalmente hacia una de ellas.30 Carlos Altamirano señala que es posible visualizar el desplazamiento del modelo del intelectual “total”, aquel portador de las grandes síntesis ideológico-políticas y del sentido mismo de la historia, portavoz del sujeto colectivo —el pueblo, la nación, las clases oprimidas— hacia otro tipo de intelectual que, como consecuencia de la pérdida del armazón que sustentaba al anterior, busca su lugar en instancias más institucionales: la institucionalidad académica, la estatal y la vinculada a los medios de comunicación. No obstante, advierte, si bien el primer movimiento era necesario, las derivaciones posteriores implican el riesgo de la esclerosis y el moderatismo, de manera que el intelectual sólo termine siendo “el intérprete de un orden”.31 La revista seguirá apostando a centrar el intelectual en la tensión de los límites entre el derecho a sus propios discursos y los modos de intervención crítica en la esfera pública.

Punto de Vista continuará trabajando sobre estas líneas en los sucesivos años pero puede afirmarse que, al finalizar 1986, el grueso de reflexiones referidas a la crisis del marxismo, la revisión de la cultura de izquierda, la identidad y la función de los intelectuales, y la reformulación de la tradición cultural argentina, estaba realizada en sus aspectos más definitorios. Si bien el consenso logrado por la revista en torno a esta agenda era visiblemente importante al promediar el período de consolidación, su recolocación produce una confrontación con otros sectores de la izquierda del campo intelectual. Algunas de esas posiciones pueden rastrearse en el conjunto de revistas que surgieron a partir de la instauración democrática, publicaciones de corta duración pero de concentración significativa para la problemática de la transición.

Pié de Página (1983-1985), Mascaró (1984-1986), Praxis (1983-1986), y La Bizca (1985-1986) componen una zona generacionalmente más joven que la de Punto de Vista. Este conjunto permite reproducir la línea que, arrancando de aquel tronco común de las revistas de la disidencia cultural, permanece en el período de la democratización dentro de las consignas de la izquierda marxista. Como consecuencia de esto, la tensión con el otro sector de la izquierda, cuyo faro principal es Punto de Vista, se irá acrecentando hasta llegar a su pico entre 1985 y 1986.

Los dos primeros números de Pié de Página32 todavía mantienen coincidencias ideológicas con el grupo de Punto de Vista. Pero en el Nº 3 (verano 84/85) el director, Alberto Castro, abre el fuego refiriéndose a ellos como “los nuevos demócratas postmarxistas”, como la “vanguardia de la intelectualidad progre, nuestros nuevos demócratas radicalizados” que “acepta el mandato despolitizador (mientras hace política) y se refugia (pretende hacerlo) en la zona sagrada del campo intelectual”.33 Para Pié de Página este discurso, que proviene del “liberalismo de izquierda”, completa el círculo del discurso liberal de la derecha y por eso mismo debe ser cuestionado. En una serie de asteriscos “a pié de página” del mismo artículo, se desgranan los principales puntos de oposición: en primer lugar, el cambio ideológico producido en este sector hace que ya no pueda visualizarse con claridad la “historia como culminación de un proceso de expoliación en beneficio de los sectores dominantes” sino como una zona de difícil inteligibilidad.

Para un análisis fuertemente anclado en la teoría marxista de la historia y de los procesos sociales, este “punto de vista” produce una “visión deformada”, “escéptica”, que “contribuye al encubrimiento y es, entonces, una forma de la ideología dependiente”. La renuncia a la concepción marxista de la historia es percibida como la renuncia a toda forma de historicidad en la reflexión intelectual; el abandono de las certezas movilizadoras de “una” verdad histórica es percibida como la abjuración de los ideales revolucionarios y el traspaso oportunista a las ideologías más reaccionarias. Esto es lo que condiciona una concepción de la historia cuyo sujeto ya no puede visualizarse y cuyo objeto ya no puede enunciarse con claridad. La función del intelectual, por tanto, no es más “esclarecedora” y su “perplejidad” ante la historia denuncia la pérdida —o el abandono— de su función social como sujeto portador de una verdad revelada:
Pero ¿cómo es posible que los intelectuales, presuntos poseedores de los instrumentos críticos necesarios para revelar los procesos sociales en su realidad profunda, se manifiesten perplejos? ¿Desde dónde se enuncia este discurso que apela al sinsentido y postula a la historia como hermética?34
El ataque se dirige también a las ideas de Portantiero, Aricó, Terán y Altamirano sobre la crisis del marxismo expuestas en Punto de Vista. Para Castro no existe tal crisis teórica y el supuesto pensamiento postmarxista se reduce a un intento más de la intelectualidad dependiente argentina de “estar al día”, o “a la moda” divulgando “la (no probada) crisis del marxismo”, escrita en clave liberal. Pié de Página adopta, como puede comprobarse, la otra punta de la problemática del postmarxismo y se hace cargo de la postura que Punto de Vista critica.

Pié de Página publica su último número a principios de 1985. Otra revista retomará esta línea y la continuará: La Bizca.35 En reemplazo de un editorial o una declaración de principios, el Nº 1 publica una breve nota “Al lector”:
Quienes formamos el colectivo La Bizca somos un grupo sin adscripción partidaria común, carente  de financiación  externa, que intenta elaborar y difundir una propuesta político-cultural.... Como se podrá inferir del contenido de la revista, el terreno de lucha que hemos elegido es el de las ideas (contra la falsa conciencia), lo que supone la crítica de las insuficiencias y engaños de la cultura dominante: trabajamos a favor del socialismo.
Si, por ende, la visión bizca de las distorsiones logra, por compensación, proporcionarnos a cuantos compartamos estas ideas una imagen más ajustada de la realidad, habremos logrado nuestro objetivo.

El nombre de la revista, apunta a una metáfora visual cuyo referente inmediato es Punto de Vista, considerada como una visión “distorsionada” de las cosas que sólo una mirada estrábica podría volver a su imagen normal. Un claro ejemplo de esta postura crítica frente a Punto de Vista es el artículo de Carlos Mangone titulado: “El santo oficio de los intelectuales”. Se trata de un extenso texto “de combate” cuyo tema principal es el cambio ideológico de los intelectuales de la izquierda de los setenta. Mangone, como Castro, hace suya la descalificación y el “carácter polémico” con que Sarlo define a la izquierda marxista que, por “inseguridad ideológica y política”, no ha sometido a revisión sus teorías.36 Mangone reivindica la vigencia de las posiciones marxistas leninistas frente a lo que él considera la renuncia de las posiciones revolucionarias en función de una continuidad democrático-burguesa cuya sóla “utopía” es la consecución del consenso. Precisamente, la caída de la utopía revolucionaria es para Mangone el signo de defección de este conjunto de intelectuales que ahora propone “una utopía posible, eficaz, pragmática, en la que los intelectuales abandonaran antiguas ambiciones prometeicas... ¿Hay algo más tramposo que apostar a una utopía realista?”37 Mangone detecta en estos cambios un viraje de la función de los intelectuales durante el proceso de democratización: se trata de un “intelectual vaivén”, que abandona sus antiguas posiciones y acomoda su pensamiento a las circunstancias plegándose al “mal menor”. Sostiene Mangone:
Que el intelectual ya no sea más el depositario de la audacia, de pensar un paso adelante de la sociedad, de formalizar sus utopías y quede reducido a cifrar (u olfatear) los datos sociales sin intervenir con una política cultural transformadora, es el mejor ejemplo de que los intelectuales “racionales” que hoy piden “no caer en la adoración de las masas” no hacen otra cosa que ubicarse a la retaguardia38.
En el tercer y último número, La Bizca continúa haciendo de este tema el centro de su ataque. “Por dónde empezar” es el título de un extenso editorial en donde se explicitan las propias posiciones frente al tema de la recolocación de los intelectuales. Para una concepción que reivindica los paradigmas del marxismo leninismo, la política es pensada como confrontación y lucha por el poder, y concebirla en otros términos (“el pluralismo, la armonía democratizante y los diferentes pactos y contratos que puedan suscribirse sobre la base de esta lógica”) es tener sólo una visión formal de la política. La idea de cultura es consecuente con esta visión, ya que sólo puede entenderse en relación a la dinámica política: “toda dinámica cultural deviene necesariamente en lucha cultural, política”.39 De allí proviene el lema de la revista, “todo es política cultural” y, en esa dimensión, los instrumentos de análisis del marxismo no han perdido vigencia y constituyen la única forma de enfrentar “verdaderamente” las relaciones entre cultura y política desde la izquierda. Las otras opciones —la de Punto de Vista, principalmente— sólo estarían practicando un “adelantamiento por derecha, por la banquina de la modernidad”.

Aunque este fue el último número de La Bizca, sus posiciones son representativas de esta zona del campo cultural que, en este caso, no está hegemonizado por una sola revista —como sucede con Punto de Vista en la otra fracción—sino compuesto por una serie de breves publicaciones simultáneas o sucesivas. Con algunos matices o diferencia de énfasis, estos temas culturales y los instrumentos teóricos para su análisis están presentes en todas ellas, principalmente Mascaró y Praxis. Pero ninguna dirigió su ataque tan directamente contra Punto de Vista como La Bizca. Esta representa el punto de máxima tensión de las revistas de la izquierda marxista con respecto a la primera. Sin embargo, ni siquiera en esa instancia hubo por parte de Punto de Vista un reconocimiento como interlocutor. En una encuesta a las revistas en el suplemento cultural de Tiempo Argentino sobre “Democracia y Cultura” (5 enero 1986), la pregunta convocante indaga esta incomunicación: “¿Por qué, fuera de ciertas expresiones marginales, no hay polémica en el campo de la cultura ni con la cultura que está en el poder?”. La respuesta que ofrece cada una de ellas puede pensarse como respuesta al problema de la validación de los interlocutores y de los temas que circulan en el campo. La Bizca sostiene que no hay debate porque está fuera del centro lo que fue central: la política; la despolitización del campo intelectual es un dato que la revista retiene para explicar por qué ese repliegue quita del centro ciertos temas así como a los agentes que los propulsan. “Frente a esto —sostiene La Bizca en su respuesta— queda preguntarse cuáles son los requisitos para participar en las polémicas “permitidas” y ser reconocido como un interlocutor legítimo”. El no acatamiento a las “reglas”, puede llevar a “que un término de la polémica no conteste”. Esto es exactamente lo que le sucede a La Bizca con Punto de Vista: interpela agresivamente sobre temas cuyo procesamiento ha sufrido en la revista de Sarlo el desplazamiento hacia otras forma de intervención política. El cambio ideológico ha producido una redistribución de los temas culturales y de su distancia respecto de lo político que, aun dentro del campo de la izquierda, no permite ni siquiera las mínimas aproximaciones polémicas. Para La Bizca este cambio impide incluso armar una “agenda mínima”:
(C)ómo discutir la organicidad del intelectual, su relación con el poder político si la sociedad no puede polemizar sobre aquellas cuestiones fundamentales y una gran parte de los intelectuales siguen hablando, frívolamente, de “transición a la democracia”, congelando, entre otros, debates centrales como la circulación democrática de los bienes culturales, la propiedad del manejo de la información o el presupuesto fondomonetarista de educación. Si no discutimos esto, lo demás, por ahora, es pura cháchara.40
En la encuesta, la posición de La Bizca en relación a este punto es compartida por Pié de Página, Mascaró, El Ornitorrinco, Nudos y La Danza del Ratón. Este “frente” de revistas se perfila aún más consolidado a lo largo de 1986. En el Nº 3 de La Bizca se publica el resultado de una mesa redonda de revistas culturales sobre el tema: “El intelectual y la política”. Las revistas que componen la convocatoria: El Ornitorrinco, Mascaró, Cuadernos de Cultura, La Bizca, Praxis, Contraprensa, Crisis, El Molino de Pimienta, El Despertador y Pié de Página, comparten “un espectro político más o menos común” y elaboran un documento conjunto que resume las consignas de la izquierda marxista.41 Se publica, además, la intervención de La Bizca en la que, reproduciendo sus consignas anteriores, señala dos consecuencias de la actual relación predominante de los intelectuales con la política: la “despolitización de la tarea intelectual” y, al mismo tiempo, la “desintelectualización de la política”. En virtud de la primera, los intelectuales se repliegan progresivamente en sus instituciones y espacios específicos (academia, institutos, creación) al tiempo que se produce una autonomización de los discursos intelectuales en relación a la dimensión política. La segunda consecuencia, genera una reflexión intelectual que justifica con instrumentos teóricos provenientes del pragmatismo conformista una “utopía de lo posible”. Así, el discurso del “posibilismo” que se sostiene desde el gobierno y sus zonas cercanas, frena todo intento de análisis crítico y oposición consistente en pos de la generación de un consenso que sólo se logra descalificando a esa oposición como instancia de interlocución, ya sea por su “dogmatismo”, su “intolerancia” o su vetustez ideológica. Consecuente con este planteo, la función del intelectual continúa siendo caracterizada en los términos del intelectual revolucionario.

Si se tiene en cuenta la superioridad numérica de las revistas que pertenecen orgánicamente o no a la izquierda marxista podría afirmarse que hay una supremacía de esta constelación y de sus postulados en el campo intelectual. Sin embargo, puede inferirse lo contrario. La crisis del marxismo dentro del campo cultural argentino y su corroboración por parte de intelectuales con una alta legitimidad dentro de la izquierda del mismo, es un dato clave a la hora de evaluar el peso “real” del marxismo como sustentador de ideologías culturales en el período de la consolidación. Ana Boschetti, estudiando “Les Temps Modernes” y el campo de las revistas culturales que la rodearon durante la postguerra, sostiene que si bien es decisivo el impacto de la política en el campo cultural, la posición hegemónica la asume quien más capital intelectual haya acumulado y legitimado.42 En otras palabras, la legitimidad política no es suficiente para legitimar una operación intelectual, se necesita una articulación de ambas para avanzar a una posición central.

Precisamente, es la legitimidad intelectual que ha acumulado y consolidado Punto de Vista más la legitimidad política conseguida a través de su actitud disidente durante los largos años de la dictadura, la que le permite sostener su viraje político y, al mismo tiempo, generar nuevas operaciones culturales. La articulación de un capital intelectual consolidado más una recolocación política cercana a las formas de un socialismo democrático —cuando el sistema democrático se encuentra en la cúspide de su valorización— producen la legitimidad de Punto de Vista, a pesar de que en la operación que postule tenga múltiples adversarios. Un signo de su hegemonía en el campo de las revistas es que la mayoría de las publicaciones que estamos analizando tienen una relación unilateral con Punto de Vista, esto es, escriben editoriales, artículos, citas alusivas al pie de página, etc., sin recibir una respuesta directa. Cuando una revista elige cuándo, con quién y sobre qué polemizar, está ocupando un lugar central, porque está estableciendo la agenda y la relación con los interlocutores.

En 1986, luego de diez años de interrupción, reaparece Crisis.43 La revista llegó a ser un símbolo de la cultura de los setenta, y fue una de las pocas revistas culturales que alcanzó niveles de circulación notoriamente más extensos que la generalidad de estas publicaciones. Crisis captó el “aire de la época”, y su desafío diez años después consistía precisamente en lograr nuevamente esa sintonía. El Nº 41 (estableciendo la continuidad con la primera época) tiene como tema de fondo “Las izquierdas en América Latina. Utopía, crisis y transformación”. A tres años de la democratización, la revista responde a una problemática ya instalada y definida en el campo con un conjunto de artículos provenientes de distintas tendencias de la izquierda. Fiel a su línea latinoamericanista, la serie de artículos también incluye informes de varios países de la región. En lo que se refiere a la cuestión nacional, David Viñas, León Rozitchner y Juan José Sebreli elaboran distintas posiciones respecto al tema. Viñas propone la construcción de un “umbral” a partir del cual pueda esbozarse un proyecto, “una utopía política que no se conforme con los considerables (pero estrechos) límites que dibuja la socialdemocracia local”.44

El texto de Rozitchner es agudamente autocrítico. “El espejo tan temido” intenta advertir sobre una nueva “trampa” en la que la izquierda puede volver a caer: “poner el error y la muerte fuera de uno” porque “no hay verificación interior del fracaso exterior”. El autor considera a esto la piedra de toque para realizar una autocrítica que no se quede en la liviandad del reconocimiento de “errores tácticos”, sino que exija de los intelectuales una introspección que analice los procesos por los cuales se llega a profundas inadecuaciones entre las ideas que procesan y la realidad material. ¿Cómo reestablecer la coherencia luego de semejante desajuste? parece ser la pregunta de fondo de Rozitchner. En primer lugar, en el caso de que tal restablecimiento pueda ser posible no lo será efectivamente si se cae de nuevo en la trampa de generar con la misma soberbia nuevas “verdades” a seguir. Para el autor, si no se toma una conciencia profunda de las consecuencias que trajo/trae la elaboración y afirmación de una idea de la política, no puede dimensionarse el error de volver a caer en otras versiones tan contundentes como irresponsables.45 El resultado actual para los intelectuales es la pérdida del reconocimiento de la validez de su discurso y de su función social. El patetismo de la situación reside en que, enfrascados en el narcisismo de sus propias problemáticas, no alcanzan a percibir que nadie está afuera esperando su discurso. La invisibilidad del fracaso hace aún más grave ese fracaso e impide tomar soluciones para sobrepasarlo.

La continuidad de Crisis puede ser mejor estudiada en la particular configuración del campo de las revistas a partir de 1987. Queremos, sin embargo, dejar registrado que en los momentos iniciales de su segunda época, ésta se articula a la problemática de la transición. Para la revista que tuvo entre sus principales colaboradores a Walsh, Conti y Urondo, esta revisión era particularmente difícil diez años después, con la derrota y la muerte atrás. Tal vez no haya otro ejemplo más claro que la aparición de la segunda época de Crisis para demostrar la imposibilidad de reproducir un clima intelectual como el de los setenta. Pero esta dificultad no es privativa de Crisis. Lo es también de todo ese conjunto de revistas que comparten la concepción del intelectual revolucionario, con mayor o menor grado de organicidad, en un momento en que, en el marco de una crisis mundial, la revolución ha desaparecido como modelo de sociedad. Con la excepción de Crisis que arranca más tardíamente y avanza hacia años posteriores a los límites de este trabajo, las demás revistas desaparecen luego de pocos números. Son, tal vez, las últimas estribaciones de una idea de intelectual que no volvió a encontrar las brújulas del horizonte utópico.

Mencionamos anteriormente que, en el campo de los intelectuales peronistas, el debate que no alcanza a percibir Crear durante la transición, lo sintoniza otra revista durante la democratización: Unidos. Dirigida por Carlos A. Álvarez, esta publicación aparece en mayo de 1983 en pleno período de transición y en el marco de un peronismo hegemonizado por los sectores conservadores.46 Unidos no representa ninguna línea, sector o agrupamiento específico dentro del justicialismo, aunque se reconoce como la convergencia de un conjunto de “militantes peronistas”, y en su declaración de principios, “Quienes somos”, se ofrece como un foro abierto de lucha por las ideas dentro de los lineamientos doctrinarios de Juan D. Perón.

Unidos será una revista fundamental para seguir los pasos de la renovación intelectual del peronismo en el período de la consolidación. La revista dedicará la mayoría de los números de estos años a la revisión de sus postulados —aun los más “sagrados”—, abriendo el debate hacia temas críticos: la cuestión democrática, la opción movimiento o partido, la redefinición de la idea de movimiento nacional, la cuestión de la identidad ideológica, la especificación de la base social del peronismo, entre los principales. A partir de la derrota electoral de 1983, ya es posible detectar la ubicación de la revista dentro de la corriente renovadora que comenzará a formarse a partir de 1984, enfrentada a los sectores ortodoxos que mantenían la dirección del Partido Justicialista. Unidos se postula a favor de la autocrítica y el cambio: “El peronismo se transforma o se muere”, es el título de un extenso artículo de Álvarez. Partiendo de la aceptación de la crisis del peronismo, el autor propone una operación cultural por la cual se destrabe la parálasis ideológica, “el temor conceptual” que mantiene al peronismo esclerosado y sin capacidad de generar alternativas. Dichas alternativas, para Álvarez, están estrechamente ligadas a un movimiento intelectual que piense una nueva forma de política:
Refundar la política significa asociar nuevas formas de pensamiento con cambios sustantivos en el accionar. Implica revisar las que, hasta no hace mucho tiempo, aparecían como verdades absolutas e indiscutibles, para abrir el pensamiento hacia la sustentación de un peronismo distinto al que conocimos en vida de Perón.47
En esa tarea de “repensar la política” —tarea propiamente intelectual— Unidos revisa críticamente el sistema de ideas del peronismo. El número de diciembre de 1984, está dedicado a la reflexión sobre el presente y el futuro del movimiento en la que se ubica la problemática de la democratización en un lugar prioritario. A diferencia de la mayoría de los sectores del peronismo, Unidos valora el marco democrático formal y sólo a partir de ese reconocimiento avanza sobre la crítica. Álvarez ya había advertido la necesidad de reconstruir la identidad del peronismo reconociendo la democracia como marco insustituible de transformación de la sociedad: una idea de “democracia nacional-popular, superadora de la opción liberal popular y diferente de la del nacionalismo elitista y autoritario”.48 Mario Wainfeld, por su parte, señala que la revalorización de la democracia ha sido hecha en términos simplistas y acotados al marco de la democracia parlamentaria, con lo cual se descalifica todo otro accionar no originado desde ese espacio institucional. José Pablo Feinmann tiene una visión semejante. La concepción de la democracia liberal que sostiene el alfonsinismo no está unida a la cuestión de la liberación nacional. En eso consiste, para el escritor, la capacidad democrática del peronismo: en la organización popular más que en los mecanismos parlamentarios. Feinmann busca, sin embargo, algunos puentes con el radicalismo con los que pueda articularse un proyecto democrático de liberación. Un proyecto que debe partir, no obstante, de una profunda autocrítica del peronismo.49 Albaro Abós, por su parte, resalta la necesidad de atender a un determinante crucial en la derrota del 83: la apropiación, por parte del radicalismo, de la “convicción democrática”, que grabó en el imaginario colectivo la ecuación peronismo=autoritarismo en lugar de defender la tradición democrática del movimiento. Y advierte:
Mientras el peronismo no se plantee a sí mismo hasta sus últimas consecuencias el tema de la democracia, permanecerá ajeno a una de las claves de la conciencia social de la Argentina postdictadura. No sólo permanecerá ajeno: deberá aceptar la situación vergonzante en la que lo confinan sus adversarios políticos.50
Finalmente, un artículo de Vicente Palermo identifica en las dos tradiciones políticas democráticas argentinas —la democrática liberal (radical) y la democrática popular (peronista)—, dos imaginarios que deben buscar vías de articulación. En el imaginario político del peronismo confluyen creencias, valores, materiales ideológicos, memorias colectivas de los sectores populares que configuran conjuntamente una identidad política más o menos homogénea. Es precisamente allí donde los intelectuales peronistas deberían trabajar buscando puntos de intersección, de incorporación de componentes de un imaginario en otro: “sin ello, las líneas de fracturas del campo popular tenderán a profundizarse”, sostiene Palermo.51 El pluralismo, el énfasis en las libertades individuales y públicas, el control y división de los poderes, son componentes que el peronismo debería incorporar a su identidad política desde el democratismo liberal. Esto permitiría, asimismo, abrir un universo simbólico cerrado durante décadas que ya no provoca estímulos ni respuestas en el resto de la sociedad.

Durante 1985, Unidos tomará una posición cada vez más definida en el ala renovadora del peronismo, en momentos en que la crisis interna llega al borde de la fractura, entre los Congresos de Río Hondo (peronismo renovador) y La Pampa (peronismo ortodoxo). El título del editorial del Nº 5, “El abismo y los puentes”, apunta a resaltar el vacío cada vez mayor entre peronismo y sociedad, y los puentes que deben abrirse urgentemente para no perder los vínculos con ella. En los diferentes artículos campea el espíritu de someter a revisión todo el cuerpo de argumentos y conceptos sobre la identidad del peronismo que no resistan la contrastación con el presente; también, la necesidad de reemplazar un discurso ideológico que fue creado para pensar al peronismo como movimiento compacto, homogéneo y triunfante pero no como conglomerado contradictorio y en crisis. Este explícito llamado a la revisión adquiere perfiles dramáticos en el El Nº 6 titulado, “Peronismo ¿El fin?, en el que se da cuenta del punto de fractura ante la convalidación de una nueva conducción partidaria reaccionaria en el peronismo. El “Editorial a varias voces” evidencia la diversidad de las posturas a favor o en contra de la permanencia en el movimiento. Hay, sin embargo, un denominador común: lo que hasta entonces era sostenido en tono de advertencia adquiere ahora el de la sentencia: “Los signos vitales, del que fuera un extraordinario movimiento de masas, han desaparecido”, dice Álvarez.52 Tanto en su discurso como en el del resto de los colaboradores y redactores de Unidos, es verificable un cambio que, si bien se estaba perfilando, en este número se manifiesta en toda su magnitud: para este conjunto de intelectuales militantes, el peronismo sufre una crisis y una decadencia ideológica irreversible. La única salida viable es pensar una reformulación política de este “sistema de verdades congeladas” que seguramente los llevará —o expulsará— fuera de las estructuras del peronismo, a un espacio de reflexión desconocido pero inevitable. Ha colapsado todo el conjunto discursivo del aparato ideológico elaborado por Perón y por la tradición nacional popular durante cuarenta años, y el intelectual se encuentra ahora frente a un cúmulo de escombros conceptuales sobre los cuales no puede fundar un debate.

El texto de Nicolás Casullo, “Reflexiones al pie de la crisis”, es el que elabora con más eficacia el impacto de esta crisis en la subjetividad de los intelectuales y escritores de esta línea. Una extensa reflexión teórica sobre las razones y las consecuencias de esta crisis comienza, sin embargo, en un registro literario:
El reflujo de las aguas pareciera dejar una playa inmensa, deshabitada, inconcebible antes. Como si la marea se retirase infinitamente. Ese oleaje popular peronista con que Argentina palpó, por cuatro décadas, la noción de otra historia posible. Estridencia perdida. Ya no es ese viejo embate, de las autopías arremolinadas, sino un extenso lecho el que quedó a la vista. Maderas que simulan disolverse con el viento de la costa. Rastros de las furias. También esqueletos de embarcaciones piratas: esperpentos de una crónica política que -nos dijimos- no adquirirían nunca mayor significación en la biografía de los justos. También cofres herrumbrados. Y adentro, textos de las revoluciones que jamás se acabaron de cumplir, tesoros de musgos para el desconsolado reparto de los salteadores.53
Toda la crisis de la identidad del intelectual peronista está concentrada en este texto cuyas  imágenes trasuntan un sentimiento crepuscular: un dinosaurio de ideas caído —abandonado— en una playa vacía. Y, en ese espacio simbólico desolado, entre maderas que flotan luego del naufragio, “textos de revoluciones” en “cofres herrumbrados” que ya son sólo botín para el saqueo. Desde el costado teórico del texto, Casullo señala la disrupción entre un “afuera” y un “adentro” del peronismo; un “afuera” que muestra una sociedad sometida a profundos cambios que la reconfiguran en múltiples identidades, problemáticas políticas, culturales y sociales diferentes que requieren nuevas formas de interpretación; por otro lado, un “adentro” anquilosado, disecado, recubierto de un “espeso discurso ideológico del peronismo que ya no es”. Un discurso encapsulado, centrípeto, defensivo, que lleva la marca de una cultura política agotada.54 Sin embargo, para Casullo esta crisis es posible de ser asumida como su reverso: no como final sino como apertura a una zona incierta pero despojada del “lenguaje clánico”; un lenguaje que, si bien producía el efecto de refugio que toda identidad provee, condenaba al intelectual a un pensamiento pétreo. Buscar nuevos parámetros desde los cuales pensar y enunciar los problemas —armar un nuevo texto, una nueva identidad— será la tarea que permita remontar la crisis:
Se trata entonces de asumir políticamente, intelectualmente, los fuertes síntomas de la crisis de una cultura política...que nos involucra, que nos atraviesa individual y colectivamente, como sujetos de una identidad y de una realidad en proceso de desarticulación y reconstitución de discursos y enunciaciones políticas e ideológicas.55
Si bien Unidos no es una revista cultural sino una “revista de cultura política”, el tipo de intervención que realizan los intelectuales que la componen se acerca decididamente a las operaciones que, simultáneamente, se están llevando a cabo en el campo de la izquierda, fundamentalmente desde Punto de Vista. La convicción de que a partir de 1976 colapsa un ciclo, tanto político como cultural, vincula a ambas revistas. Los instrumentos intelectuales para repensar esa crisis se revelan insuficientes tanto en la tradición de la izquierda como en la peronista, y es la búsqueda incierta y penosa de nuevas formas de interpretación lo que define la naturaleza intelectual de esta construcción. Por eso, Punto de Vista establecerá puentes de comunicación con Unidos más que con las otras revistas de la izquierda que hemos analizado en el punto anterior; porque al estallar las barreras “doctrinarias” los vínculos se definen más bien por el tipo de actitud frente a la propia tradición que por la confrontación “entre” esas líneas históricamente enfrentadas. La problemática de la democratización puesta en contacto con la crisis de las identidades ideológicas y culturales de ambas zonas del campo, redefine la ubicación de sus agentes respecto de sus propias tradiciones y diseña puentes de contacto con las demás. En el Nº 6 de Unidos se reproduce una mesa redonda que convocó a los miembros de la revista con los de Punto de Vista y, a pesar de las previsibles diferencias, puede verificarse la presencia de un “sentido común” ya establecido.56

Ambas revistas, desde sus respectivas posiciones, comparten la convicción de que, en este período de profundas mutaciones ideológicas, la reconstrucción de una política es principalmente una operación cultural. Esta idea está claramente expresada por Carlos Chacho Álvarez a fines de 1985:
El desafío de la época es fuerte para un pensamiento inconformista, rebelde. Las ideas de cambio, de justicia social, el nuevo humanismo, atraviesan una etapa de crisis, rica en reformulaciones pero débil aún en respuestas, por ese mismo tránsito.
Tomar conciencia de estas realidades es también empezar la larga marcha de la crítica. Es otorgarle a la cultura no sólo el rasgo de una política, sino el de un espacio, más amplio desde el cual la sociedad pueda recrear sus potencialidades y afirmar su identidad. Desde lo cultural, es factible reconciliarse con las utopías perdidas, elaborar otras, romper los moldes del conformismo y convocar a un desorden generador de una nueva “irracionalidad”.57

Desde esa conciencia crítica en construcción, Unidos discutirá, en los sucesivos números de 1986 y 1987, temas claves de la problemática que analizamos: el alfonsinismo (Nº 9), el proyecto de modernización (Nº10), “la revolución como sospecha” (Nº 11-12), ética y política (Nº 13), la renovación peronista y el “punto final” (Nº 14), “La democracia sitiada. Argentina después de Semana Santa (Nº 15) y “Las transiciones democráticas” (Nº 17). Esta empresa de reflexión y crítica es la que les permitió a Punto de Vista y Unidos establecer puentes que fueron fortaleciéndose con el correr de los años y que actualmente encuentran formas de confluencia en configuraciones políticas y frentes electorales.

Más allá de las eventuales posibilidades de continuidad y éxito electoral de estas alianzas, cabe señalar que en las páginas de Unidos y de Punto de Vista están registradas las operaciones intelectuales que permitieron pensar nuevas formas de la política a lo largo del proceso que llevó a intelectuales peronistas y socialistas, veinte años después y por fuera de sus estructuras partidarias, a pensar una nueva articulación. Una nueva oleada de aquella marea que se retiraba de una playa abandonada trajo nuevamente el agua para que, con los pocos maderos que se salvaron del naufragio, pudieran hacerse otras barcas, otros cofres, otros textos.

[INDICE] [INTRODUCCION] [LAS REVISTAS CULTURALES DE LA TRANSICIÓN: DISIDENCIA Y CONSENSO] [LAS REVISTAS CULTURALES DURANTE LA CONSOLIDACIÓN DEMOCRÁTICA: TENSIONES Y RECOLOCACIONES] [NOTAS]