25 de Junio de 2018
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Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 2
Título: 1998

INTRODUCCION

Analizar los procesos de cambio cultural en relación al cambio ideológico-político durante la transición democrática argentina supone identificar en la densa trama de discursos y prácticas culturales los modos en los que se resuelve la transformación de la vieja matriz cultural y se configuran los paradigmas de la nueva. Este entramado tiene extensos vasos comunicantes con variables que, puestas en relación, conforman un núcleo de problemáticas que definen la agenda del cambio. El lapso elegido para nuestro estudio (1981-1987) excede, en realidad, lo estrictamente considerado como período de transición política, ya que la asunción del gobierno democrático se produce en diciembre de 1983. Desde el punto de vista formal, dicho proceso acabaría en esta última fecha y daría paso a un período de “consolidación” o “democratización”. Sin embargo, no resultaría arbitrario tomar el concepto de transición en sentido más amplio si se consideran las peculiaridades del caso argentino, porque los problemas de la democratización comienzan a manifestarse en toda su complejidad recién a partir de diciembre de 1983.1 Las fechas elegidas abarcan los tres últimos años de la dictadura militar y los cuatro primeros del gobierno radical de Raúl Alfonsín. El recorte temporal está hecho precisamente con la intención de captar el momento de emergencia de la problemática en torno a un orden político de cuño democrático, que es previo al período pre-electoral, y los momentos de efectiva constitución del nuevo entramado político, social y cultural producido en torno al nuevo orden, que son coetáneos pero también posteriores a la asunción del gobierno democrático.

Estas dos dimensiones, la transición democrática y el cambio cultural, se densifican si se ponen en relación con el sistema de recolocaciones generadas en el campo intelectual argentino del momento, especialmente en el sector del peronismo y la izquierda. El cruce de estas tres dimensiones nos permite dar cuenta de una “problemática”, de un conjunto de cuestiones presentes en forma articulada, respecto de las cuales los distintos sectores del campo deben tomar una posición; una problemática que recorre un campo “fracturado” por la represión y el exilio y que busca formas de recomposición y reorganización de sus componentes. El lugar —la fuente— donde buscamos estos movimientos y recolocaciones es el periodismo cultural argentino del período porque en él es posible verificar la emergencia temprana de la problemática de la transición dentro del campo así como su efectiva manifestación. En revistas y suplementos culturales, los escritores argentinos dejaron la “marca” de la redefinición de su identidad ideológico-estética: el intelectual de la transición que piensa cómo reconstruir una cultura lo hace articuladamente con la producción de una nueva cultura política. Asimismo, pensar el lugar de la cultura en la particular conformación de la esfera pública de la transición implica precisar el lugar de los agentes del campo intelectual respecto de su propio campo y del político.

De allí la importancia de estudiar el particular entramado entre política, cultura y cultura política. Durante el período de transición comienza a verificarse un cambio profundo en la matriz de la cultura política de la sociedad, y esto extiende sus implicaciones hacia los modos de pensar la cultura —su definición, su función— dentro del campo intelectual. Concebimos la cultura política como el conjunto de valores, normas, actitudes, creencias que condicionan el comportamiento político de individuos y grupos sociales.2 La cultura política es tanto el resultado de la experiencia histórica de un país como de un continuo proceso de socialización, cristalizado a través de instituciones como la familia, la escuela, la universidad, los medios de comunicación, los partidos políticos, etc. En todas estas instituciones se aprenden las pautas actitudinales que tienen un efecto directo en la forma en que los actores sociales se relacionan con la política. Pero trabajar con una idea bastante laxa de cultura política, en donde cabe el “sentido común” de una época, las distintas formas de identidades sociales, sexuales, religiosas, estéticas, discursivas y sus respectivas prácticas, no excluye pensarla al mismo tiempo como la cristalización de esas orientaciones de la sociedad en un pensamiento político concreto que puede tornarse “hegemónico”, y articular institucional o informalmente a una sociedad.3

Lo anterior nos lleva a recurrir a una noción también ampliada del concepto de cultura. Tal noción no debe concebirla como un simple derivado o manifestación de un orden social ya constituido, sino como parte constituyente de ese orden. Así lo piensa Raymond Williams cuando define a la cultura como el sistema significante a través del cual un orden social puede comunicarse, investigarse, reproducirse o cambiar.4 Cultura y cultura política se definen por una distancia y un sistema de relaciones sociológica e históricamente variable.5 La cercanía de ambas y su mutua alimentación es producto de la particular coyuntura transicional y eso permite que un mismo eje traspase a las dos. ¿Por qué relacionar cultura y cultura política durante la transición? Principalmente porque el proceso de recolocación de intelectuales y artistas, así como la redefinición de las funciones de sus prácticas durante este período, están estrechamente ligados a la creación de nuevos dispositivos teóricos y núcleos de debate desde los cuales pensar un orden político democrático en cuyo marco puedan establecerse nuevas formas de cultura política e intelectual.

Nuevamente Raymond Williams nos sirve aquí para pensar que en un determinado momento histórico es posible detectar configuraciones político-culturales que están ubicadas en posiciones “dominantes o hegemónicas”, “residuales”, “emergentes” o “arcaicas”.6 Junto con una manifiesta declinación de la cultura autoritaria —presente, no obstante, hasta en los microcontextos de la sociedad—, la transición volvió hegemónicas las problemáticas de una cultura política emergente, de naturaleza democratizante, y tornó residuales aquéllas que se nucleaban en torno a la cultura política revolucionaria, centrada en la ruptura violenta del orden democrático, hegemónica durante los años 60 y parte de los 70. El sector del campo cultural que realizó el viraje más significativo fue una fracción de la izquierda intelectual y del peronismo que toman para sí esta problemática tradicionalmente ajena a su agenda, la colocan en su centro y generan un intenso debate. Hay que construir el consenso; éste parece ser el desideratum del momento, aun para el campo intelectual. El consenso en torno a un orden institucional plural y estable que conjure esa maldición en la historia política argentina que alterna, sin consolidar, regímenes militares y procesos de democratización. ¿Pero cómo y desde dónde construirlo?

Decíamos que si bien el primer movimiento político-cultural de la transición fue el de la diferenciación con la cultura autoritaria, uno no menos inmediato y necesario para la construcción del consenso democrático en el campo cultural lo constituyó la crítica de la cultura política de los intelectuales de la izquierda y del peronismo revolucionario de los años 60 y 70. La identidad y la función hegemónica del intelectual se habían consolidado por esos años alrededor de la figura del escritor “comprometido” y del intelectual “orgánico”, cuyas ideas, valores y creencias fueron portadas por una franja de intelectuales “críticos”, “contestatarios” o “denuncialistas” que configuraron la cultura política de la “nueva izquierda”.7 Oscar Terán ha trabajado ese conjunto de núcleos ideológicos que se conforman entre 1956 y 1966 (es decir, entre la caída del peronismo y el golpe de Estado de Onganía) fuertemente unidos a la política que, cada vez con mayor intensidad, se irá convirtiendo en la zona dadora de sentido de toda práctica intelectual y artística. Para Terán, es el cruce entre el existencialismo sartreano y el marxismo el que operará como “humus” ideológico de la valorización de la praxis social en detrimento de la función propiamente intelectual. La cultura se define hegemónicamente por su función social, por su articulación al “Contorno”, para decirlo con el nombre de la revista que más claramente selló los rasgos ideológico-estéticos del período 56-66.

Pero si bien esta franja del campo intelectual estaba atenta a sus referentes filosóficos y políticos internacionales, fue la atención a la coyuntura “nacional” la que ocupó la mayor parte de su reflexión. La reflexión sobre el peronismo —vieja deuda que luego de dos períodos de gobierno y un derrocamiento no había logrado ser saldada por los intelectuales de izquierda sin caer en el antagonismo o en la absoluta incomprensión— marca la “nacionalización” de la función intelectual de esta nueva izquierda. La cultura política tanto de los intelectuales de izquierda (inscriptos en el marxismo en sus vertientes hegelianas, sartreanas o gramscianas) como los del campo nacional-popular vinculados al peronismo, irá progresivamente consolidándose alrededor del ideal revolucionario como modo de dirimir los conflictos sociales, polarizados al extremo de no permitir la mediación de las instituciones de la democracia liberal. Esto estuvo obviamente acompañado en el plano internacional por el desarrollo de las teorías de la dependencia, el creciente antiimperialismo, la opción por el tercermundismo, conjuntamente con el impulso que a estas tendencias habían dado las guerras anticolonialistas de la segunda posguerra, la revolución china, las guerrillas de Vietnam del Sur y, particularmente en el caso latinoamericano, la revolución cubana, que estaba ahí para corroborar la teoría de que la revolución debía propagarse desde la periferia del mundo hacia sus centros.

La revolución como fundamento de toda práctica intelectual, social y política, llevó a la conciencia de que la primera estaba subordinada necesariamente a las otras, al punto de generar en el intelectual y el escritor “contestatario” —hijo de la doctrina del escritor comprometido— un “antiintelectualismo” en el que toda instancia reflexiva y creativa se concebía fuera de los espacios aislados tradicionalmente para estas tareas y fuertemente vinculada a todas las expresiones de la esfera política. La politización de la cultura, sin embargo, no llevaba al “escritor comprometido” a que abandonara del todo el campo intelectual como su escenario específico, sino a que ampliara al máximo los límites de éste al mismo tiempo que establecía vasos comunicantes con los demás campos de la sociedad, particularmente con los sectores populares. Pero en el proceso que va desde la politización de la cultura hasta la militarización de la política, se origina para los intelectuales la búsqueda de un fundamento de legitimación que estaba fuera de su propio campo. En la mayoría de los discursos de los escritores de la época, ya sea de la izquierda (el grupo “Contorno”, “Pasado y Presente”, etc.) como del campo vinculado al peronismo (Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arreghi) puede encontrarse, en diversas variantes, esa “autoculpabilización” del intelectual en relación a su cultura política tradicional.8 Su redención vendría, entonces, en el momento en que, tomando conciencia de su función en la sociedad, su posición cambiara hacia una comprometida con el cambio social que, a esta altura de las convicciones, no podía sino ser por la vía revolucionaria. Sin embargo, esto no llevaría directamente a afirmar un aplanamiento liso y llano de la cultura en la política. En esta época —como también se verificará según otras claves teóricas en los 80— la formación de la cultura política de los intelectuales sigue siendo una operación básicamente generada en el campo cultural.9

Estas tendencias que venimos reseñando se configuran en la mayoría de los temas ideológicos del peronismo revolucionario y de la izquierda radicalizada que protagonizaron los primeros años de la década del setenta. Su represión comienza en Argentina a partir de 1975 y su derrota es clara ya a comienzos de 1980; de estos sectores forman parte jefes y militantes desaparecidos y también los contingentes que marcharon al abarquillé o que permanecieron en el país en condiciones de extrema marginalidad. La derrota y diáspora de estas fracciones es contemporánea, en el plano internacional, con acontecimientos y procesos que marcaron el fin de la hegemonía intelectual del socialismo revolucionario, la crisis de la economía mundial durante los primeros años de la década del setenta, el fracaso del Eurocomunismo, la implantación en el Cono Sur latinoamericano de cruentos regímenes militares y las crecientes tensiones en Europa del este.

Por otra parte, el agotamiento de los grandes metarelatos teóricos sobre el conocimiento de la sociedad —principalmente del marxismo— y el cambio social de frente a la sociedad postindustrial, permitían a los intelectuales latinoamericanos (en un contexto social muy diferente) encontrar otras claves, fuera de las teorías globales, para explicar el fracaso de las experiencias de la política radicalizada y su contrapartida en las dictaduras y el autoritarismo. Para este análisis, se recurrió a un conjunto propuestas teóricas y marcos analíticos abiertos que no respondían a un paradigma único pero que estaban en condiciones de ofrecer un acercamiento más abierto a problemáticas y procesos específicos. El paradigma macro deja de ser una cómoda hoja de ruta en un “mapa teórico en que todo está ya localizado y definido para siempre”; el determinismo con el que este paradigma articula las dimensiones económicas, políticas, sociales y culturales lo remiten a un análisis organicista en el que no es posible trabajar las zonas de densidad y complejidad propias de un caso particular.10

Este cambio de perspectiva en el debate político-intelectual arranca en los últimos años de la década del 70 como resultado de la reflexión crítica en importantes sectores intelectuales en torno a las causas y efectos de los regímenes autoritarios instaurados en Latinoamérica. Tal reflexión se continúa con una autocrítica de los postulados básicos de la teoría marxista clásica promovida desde importantes sectores de la izquierda intelectual. Como resultado de estos cuestionamientos, se abandona el concepto de lucha de clases como única forma de explicar la dinámica social, se cuestiona la clase obrera como único y central sujeto histórico del cambio, se realiza una crítica al estatismo y, fundamentalmente, se renuncia a la hipótesis revolucionaria como modo de transición al socialismo. Esta autocrítica, surgida tanto de la corroboración del fracaso de los “socialismos reales” transformados en regímenes totalitarios como del cuestionamiento a fondo de su aparato teórico, avanza hacia una revalorización de la democracia, ya no escindida en “democracia real” y “democracia formal”, ni considerada en su carácter instrumentalista, sino concebida como un “valor universal”. A este proceso no es ajeno el avance de las corrientes socialdemócratas y de la izquierda reformista en varios países latinoamericanos.11

La revalorización de la democracia se produce tanto desde el exilio como desde los sectores que permanecieron en el país aunque indudablemente bajo circunstancias muy diferentes. Y es la apertura de la esfera pública durante la transición y la llegada de los exiliados al país lo que permite poner en contacto circuitos intelectuales y diferentes modos de procesar los años de la dictadura. Los debates más encendidos de los primeros tiempos de la democratización giraron alrededor de las polémicas entre los exiliados que regresaban y los escritores e intelectuales que permanecieron en el país, continuando así una polémica que se llevó a cabo durante los años de la dictadura.12 No es nuestro objeto analizar estas polémicas iniciales; quisiéramos tomarlas más bien como signo y parte de un movimiento de mayor alcance: el reprocesamiento de la función intelectual durante la democratización. El nuevo escenario no es ya un espacio político hegemonizado por el autoritarismo pero, al mismo tiempo, tampoco es un espacio frente al cual los intelectuales que provenían del peronismo y la izquierda pudieran seguir desplegando, el mismo fundamento revolucionario que había legitimado sus prácticas culturales, sociales y políticas durante los años 60 y 70. La configuración de una nueva cultura política replantea entonces las relaciones entre el intelectual y la política al tiempo que redefine sus funciones. Como paso simultáneo se esta produciendo una profunda reestructuración en las dos tradiciones de pensamiento que hegemonizaron el campo intelectual argentino desde el ocaso de la tradición liberal: la izquierda y la nacional-popular. Una reestructuración que no se lleva a cabo simultáneamente en todos los sectores, ni siquiera en los mismos escenarios.