18 de Julio de 2018
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Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 2
Título: 1998

ARTICULO

Es importante reconocer como escritura testimonial al texto La Patagonia rebelde de Osvaldo Bayer, libro a veces olvidado en la lista de clásicos del género en la Argentina. El proyecto escriturario del autor es el de construir una historia general y no oficial de los hechos. Apela al testimonio y a la historia oral; en su escritura conviven en tensión las evidencias documentales y sus interpretaciones sobre los acontecimientos.

La escritura testimonial nunca es apócrifa; está autorizada por el “prestigio” de instituciones letradas que lo incluyen en sus corpus de trabajo y por una “traducción técnica” de la voz del otro. El transcriptor construye un efecto de oralidad que facilita la transmisión del documento. Busca recuperar la experiencia colectiva de los hechos históricos, documentando la verdad no oficial con documentos oficiales.

El testimonio, como género, se incluye en una tradición que deja de lado la creencia de que es posible el testimonio objetivo y que éste puede garantizar la verdad en la medida en que es auténtico. La escritura testimonial, como gesto, ocupa el espacio de la memoria que ha sido vedada por la historia oficial. Emplea el testimonio de los testigos, para borrar de la escritura la huella de la mentira y se erige contra el saber absoluto acerca de los acontecimientos. La escritura testimonial es un espacio tenso en el que narradores y narrados, desde posiciones desiguales, negocian un relato. Contrapone distintas voces en una escritura; esto implica una transformación radical de la idea de verdad, y es aquí donde se encuentran los elementos que constituyen la identidad del género.

El libro de Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde, Tomo III: Humillados y ofendidos,1 se inaugura con una advertencia del editor que califica a la obra como “historia de nunca acabar” La investigación histórica del autor se define como un proceso continuo. La palabra fin nunca puede ser escrita en el texto. La voz de los testigos sigue en las cintas grabadas; los relatos de los sobrevivientes no pueden concluir porque la verdad no puede callarse. El autor intenta una poética de la presencia, un espacio textual que sea capaz de seguir cada una de las huellas del relato de la muerte.

La tensión entre buenos y malos articula el relato. Héroes y villanos protagonizan la historia. Bayer focaliza cada uno de los personajes y los presenta como actores de un drama. Pero la masacre ha concluído; hay zonas del relato de la historia que han sido clausuradas por el autor. Comienza una época distinta en Santa Cruz. Se inaugura el tiempo de la revisión de las consecuencias de la represión. Se han terminado los enfrentamientos, las huelgas, las asambleas, los volantes y las banderas rojas.

El libro estará centrado en la interpretación de las acciones de Varela, en la evaluación de sus actuaciones militares y en la justificación de la venganza de los anarquistas. La campaña de Varela ha clausurado la violencia de la agitación obrera y ha “pacificado” el territorio a fuerza “de máuser y sangre”. Bayer evalúa los resultados de los tres grupos que había presentado como actores de la tragedia patagónica. Sólo quedan dos; los obreros han sido totalmente eliminados.

Los hombres fusilados han sido las víctimas propiciatorias de la pacificación del territorio. En atroz simetría se presentan en el texto de Bayer los militares y los radicales, son dobles antitéticos en lo ideológico pero similares por su actitud frente al grupo social de los obreros. Bayer condena la actitud ambigua de los radicales frente a la orden de la represión. Los condena por esa ambivalencia de entre la cercanía y el alejamiento. Frente a la violencia el autor justificará la necesidad de una venganza. Los crímenes posteriores se determinan por la necesidad de venganza de los anarquistas. La escritura de Bayer es también una venganza. Sus palabras de denuncia de la muerte son similares a las armas anarquistas. Los cuerpos ausentes de los obreros, “borrados del mapa” por los militares, se hacen presentes en una escritura que busca cambiar la ausencia de la muerte por la presencia de las voces de los cuerpos.
Por eso, los insólitos acontecimientos que se habían desarrollado entre tres partidos: los poderosos, los obreros, y los radicales yrigoyenistas haciendo equilibrio, quedaban reducidos de pronto a dos sectores: los radicales y los hombres de la Sociedad Rural. El proletariado organizado, con sus entidades anarquistas, había sido borrado del mapa. (La patagonia..., 11)
La ley y las instituciones se ausentan del escenario histórico. Bayer cuestiona no sólo la explicación del presidente sino el papel del radicalismo. La hipótesis es que Yrigoyen no quería mezclar el poder político con la represión y por eso deja todas las decisiones en manos de Varela. Hay una figura y un orden ausente que se completa con la violencia de las armas. El autor cuestiona esta explicación de los hechos en la que la falta de las órdenes explícitas desencadena los hechos sangrientos.

Es interesante revisar los documentos de la historia militar acerca de la responsabilidad de Varela en los fusilamientos. Al respecto, el coronel Orlando Mario Punzi en su texto La tragedia patagónica. Historia de un ensayo anarquista,2 señala,
¿Cuál es su objetivo, fundamental sin duda, puesto que cumple órdenes directas del Presidente de la Nación, Comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, sin intervención de sus superiores inmediatos: de la brigada, de la división o del ministro del ramo?. Todo lo que Varela trae en tal sentido le viene de labios del primer mandatario, que en trece palabras le sintetiza la misión: “Vaya Teniente Coronel; vea bien lo que ocurre, y cumpla con su deber.” Y nada más.3
La ausencia de órdenes legitima las acciones de Varela; la ambigüedad de la frase autoriza las acciones iniciadas en el sur. Bayer analiza la falta de la figura de Yrigoyen en la denuncia sobre la represión. El propósito central de su argumentación es trazar un paralelismo entre dos momentos históricos y entre dos presidentes: Yrigoyen y Alfonsín. El momento histórico de la tragedia representada en el texto (1921) y el momento de la circulación del mismo (1983) se unen con la intención de buscar las claves que expliquen la violencia fundacional de la modernidad de la patria. Los gobiernos radicales son los personajes antagónicos del discurso de Bayer; es contra ellos que se inscribe el relato.

En tanto enunciación política, la escritura como denuncia de Bayer es una réplica a la vez que supone o anticipa una polémica. Como lo señala Eliseo Verón, el discurso político está habitado por un otro negativo.4 El campo discursivo de lo político implica enfrentamiento, relación con un enemigo, lucha entre enunciadores. Verón ha trabajado en este sentido, la dimensión polémica del discurso político. La enunciación política es, desde su punto de vista, la construcción de un adversario. El adversario está excluído del “nosotros” y su discurso se define por la inversión de las creencias del “nosotros”.

El gobierno radical es, por lo tanto, el contradestinatario5 y el adversario político del discurso del Bayer. Este colectivo es el antagonista de su discurso y de su construcción como la voz que enuncia “la verdad” de la historia. Los radicales están exluídos del “nosotros” que se define como: obreros patagónicos, intelectuales solidarios con su causa y anarquistas. “Nosotros” es la voz y la escritura de la verdad que se defiende del silencio con el cuerpo.
Es en la segunda guerra donde todo se trastoca, donde se cae la estantería al gobierno radical. Ante la nueva huelga —indudablemente más pacífica que la primera y mejor organizada, más general— se ordena la represión. Pero no el fusilamiento de los estancieros que no cumplían el convenio, sino de los obreros que exigían el cumplimiento de ese convenio. Claro que para ser neutrales desde el punto de vista histórico no podemos esperar que el gobierno radical fuera a ordenar que se fusilaran estancieros. Porque no era un gobierno obrero. Desde el punto de vista histórico los únicos equivocados fueron los obreros por haber iniciado la segunda huelga sin apoyo ni solidaridad de las centrales obreras de Buenos Aires y no haber negociado antes con el gobierno radical la probable salida de un movimiento de esa envergadura. Los obreros patagónicos se levantaron solamente porque tienen razón. Es la típica reacción anarquista. Desconocen lo más elemental de la política burguesa. Para triunfar no sólo hay que tener razón. (La Patagonia..., 21)
Para triunfar se necesita la violencia de las armas. La verdad de los militares se enfrenta con los cuerpos y con la sangre de los obreros de la Patagonia. Los discursos contrapuestos no pueden dialogar, no pueden escucharse; el Uno debe aniquilar al otro; los extranjeros deben silenciar su grito y su denuncia. La voz del autor cuestiona a los obreros que confiaron en el ejército y en los radicales. La barbarie de la represión desconoce la razón de las palabras.

Para el narrador del drama patagónico, los personajes más coherentes con sus propósitos son los estancieros. A partir de estrategias e intereses claros manejan los cuerpos y las palabras de los otros a su conveniencia. A diferencia de los obreros, la Liga Patriótica Argentina contaba con los contactos y el apoyo de Buenos Aires para defender sus intereses. Otra tensión que atraviesa el texto es la distancia entre Buenos Aires y el sur. El centro del país y sus instituciones aparecen de espaldas a la Patagonia. Bayer también acusa a las centrales obreras de la capital su silenciamiento frente a los movimientos en el sur.

El relato histórico desmitifica la diferencia entre los actores antagonistas de la tragedia. La oposición entre razón gubernamental y la barbarie de los militares que reprimen no existe en el texto de Bayer. Varela, de alguna manera “el doble monstruoso” de Yrigoyen, es uno de los represores y todos a la vez. La acción violenta del 10 de Caballería es la máscara inseparable del gobierno irigoyenista.

Bayer demuestra que el juego de la violencia en el país no se detiene en la década del veinte. La escritura de la tragedia demuestra que la muerte sobre “los revoltosos” sólo retrocede en algunos momentos históricos. Nunca se detiene en la cultura argentina la voluntad de excluir a “lo diferente”, a lo vario, a lo distinto. Esta actitud se enmascara nuevamente a lo largo de la historia en otras represalias, en otros castigos y en otras venganzas. El pasado revela las claves para comprender el presente. Los culpables de los fusilamientos de la Patagonia apelan por primera vez al Artículo 34 del Código Penal para justificar sus acciones.
Fíjese el lector que varias décadas antes, el asesino Valenciano recurrió al subterfugio de ‘obediencia debida’, lo mismo al que recurrió el presidente Alfonsín para librar de culpa y cargo a los autores materiales de las torturas, secuestros y asesinatos de la dictadura militar de 1976 a 1983. Obediencia debida se convirtió en ley por el voto de las bancadas radicales de diputados y senadores. (La Patagonia..., 227)
El autor revisa las distintas hipótesis acerca de los fusilamientos. Todos aquellos que tratan de justificar a Varela —principalmente en los ambientes militares— hablan de las órdenes que cumplió. En Buenos Aires, los estancieros hacen circular la leyenda que fundan en el imaginario6 la creencia de que los obreros degüellan a niños y violan ancianas. Ante semejante anuncio, Yrigoyen determina que hay que terminar con los movimientos huelgísticos anárquicos en la Patagonia. Le da a Varela la orden de reprimir a hombres que no merecen ser considerados ciudadanos.

“Extranjeros”, “anarquistas”, “forajidos”, “bandoleros”, “insurrectos” son los calificativos que señalan a los huelguistas como sujetos sin patria. Dentro de las fronteras territoriales, los obreros son despojados del espacio que ocupan. Los individuos que se pliegan a la huelga y al movimiento contra los intereses de los estancieros, “mueren” primeros como ciudadanos. Pocos días antes, en Buenos Aires, había sido vetada la ley de pena de muerte. En el sur, lejos del lugar de la ley para los ciudadanos, Varela tiene la facultad y el poder para decidir la muerte de los obreros huelguistas.

Bayer construye un contradiscurso a la tesis de José María Borrero. El autor de La Patagonia trágica,7 fantasma textual en el texto de Bayer, niega toda responsabilidad en las muertes al teniente coronel Varela y al presidente Yrigoyen. Asegura Borrero que el verdadero autor de la matanza es el gerente de la Sociedad Rural, Edelmiro Correa Falcón, gobernador de Río Gallegos y enemigo personal del escritor.

Bayer discute esta hipótesis y se opone constantemente a aceptarla como la verdadera interpretación de los hechos. El autor de La Patagonia rebelde introduce en su texto la lógica de Borrero para explicar las acciones militares. A esa lógica de la incertidumbre, el autor opone la evidencia documental acerca de los hechos; deja de lado la interpretación de Borrero por considerarla “sin rigor histórico”. Niega cualquier espacio para la mentira; desde el prólogo, en que plantea el texto como una investigación objetiva basada en material de entrevistas y documentos avalados por la escritura, evita referirse como un yo escritor.

Bayer es el historiador y el investigador de los hechos, no es un simple redactor de imágenes y anécdotas. En la escritura construye una polémica oculta en la que cada una de sus palabras reacciona contra la palabra de los “radicales” que están “allá”, en Buenos Aires, lejos de la “tierra maldita”8 de la Patagonia.

Borrero apenas menciona la matanza. Simula una historia periodística, un informe objetivo y lineal de los sucesos y sus antecedentes; expone su tesis escuetamente sin ninguna documentación; reproduce informaciones y fotos periodísticas, fechando los hechos como lo haría un diario. El suspenso sobre la historia que está por escribirse organiza y sostiene el texto que se demora en el espacio de los personajes de la tragedia y no en la tragedia misma.
En breve aparecerá la segunda obra titulada: ORGIA DE SANGRE en la que tras una descripción detallada de los movimientos obreros ocurridos en la Patagonia y terminados con las horrorosas matanzas de 1921, se deslindarán responsabilidades, señalando con pruebas indubitables a los verdaderos autores morales y materiales de tales matanzas, quienes con fines inconfesables ponen todo su empeño en arrojar sombras siniestras sobre un inminente y austero ex mandatario de la nación y sobre la memoria de un pundonoroso militar argentino, primera víctima propiciatoria de los sucesos de Santa Cruz, cuya memoria se hace de todo punto preciso reivindicar, cumpliendo el deber fundamental de establecer la verdad histórica.9
En La Patagonia rebelde toda la historia se vuelve a narrar. El autor se propone un proyecto distinto y lleva a la escena histórica a todos los personajes de la tragedia; enfrenta y entrecruza sus voces. El texto se escribe con la verdad de los datos documentales; el rigor histórico aparece totalmente alejado de la ficción. Al comentar el final de la escritura de Borrero, Bayer anota:
De más está decir que el ‘inminente y austero ex mandatario de la Nación’ es Hipólito Yrigoyen, y el ‘pundoroso militar argentino’ es el teniente coronel Varela. Téngase en cuenta que La Patagonia trágica apareció durante la presidencia de Alvear (pocos meses antes de las elecciones en las que iba a ser consagrado Yrigoyen por segunda vez) y cuando ya Varela había sido muerto por el alemán Kurt Wilckens frente a los cuarteles de Palermo. (La Patagonia..., 15)
Bayer edifica un sentido diferente para contestar a los argumentos de su contrincante. Parte de un material histórico ya conocido y crea un orden nuevo para esos datos. El material de archivos no dice nada nuevo; es el mismo que usaron los antiguos cronistas de los hechos, la diferencia está en la interpretación de los sucesos. Es interesante revisar los distintos lugares desde los que Borrero y Bayer enuncian su relato sobre los hechos. Borrero, autor del libro deshilvanado, sombrío, agresivo e inverosímil, que se titula La Patagonia trágica,10 se define a si mismo como “el cronista” de los hechos.
He aquí la situación, que al cronista se le plantea en el momento de terminar el relato y comprobación del más estupendo caso de piratería terrestre, que registran los anales de la historia argentina. (La Patagonia trágica, 165 Las negritas me pertenecen)
El autor de la escritura simula una identidad falsa e inventa un personaje que pueda apropiarse de su voz y disimular su identidad. El autor del relato es “un periodista anónimo de Buenos Aires” que recorrió de incógnito en territorio de Santa Cruz durante 1924 recogiendo relatos parciales y episódicos sobre “los crímenes atroces, que en esos lugares se decían cometidos”.11
Para no incurrir en repeticiones, dejamos la palabra al periodista anónimo, a quien tantas veces hemos nombrado. Todo lo que él dice, todo lo que él habla, es la fiel expresión de la verdad, es la realidad misma, que aún cabe comprobarse en conjunto y en detalle, pudiendo hacerse la sola aclaración de que cuanto él aplica a la firma ‘Menéndez Behety’ debe extenderse a todos los latifundistas de la región. (La Patagonia trágica, 204)
La crónica se remonta al siglo pasado tratando de buscar las claves que expliquen el asesinato de 1500 obreros en la estancia Santa Anita. Borrero señala como un hecho anterior a la matanza de los obreros, el exterminio indígena del siglo XIX. Documenta con fotografías la caza del indio y denuncia el hecho calificándolo como “uno de los genocidios más espeluznantes que se conocen”.12 Los responsables del hecho son los latifundistas, “verdaderos señores de horca y cuchillo”.13 Necesitaban apropiarse de las tierras fiscales para el contrabando de ganado. Los indios y los obreros son víctimas de los mismos intereses. Borrero dedica el libro “A los poderes públicos argentinos”:
En demanda de justicia por los crímenes de lesa humanidad, que se han cometido y siguen todavía cometiéndose en los territorios del Sur, donde el sentimiento de la nacionalidad y el concepto de Patria, son considerados como un verdadero mito por parte de los latifundistas detentadores de la tierra pública, plutócratas patagónicos, que han amasado sus fabulosas fortunas con sangre de indios y cristianos y con lágrimas de huérfanos y viudas. (La Patagonia trágica, 18)
Borrero contruye su libro con estrategias similares a las que Bayer empleará para su escritura de la historia. La estrategia de ambos es la de volver atrás en el tiempo para buscar las claves que expliquen la violencia del presente. Al igual que Bayer, Borrero documenta su texto con citas de los diarios de la época y con material fotográfico de los actores principales de la tragedia. Incluye fotos de los tehuelches y los onas, víctimas de los latifundistas, fotos de cazadores de indios, y una foto de Correa Falcón, principal acusado en la matanza de los obreros.

En la producción testimonial, Bayer apela al uso de los medios de reproducción y a las técnica periodísticas. Incluye reportajes, fotografías, transcripción de documentos y una organización del material que siempre elude mostrar su carácter de construcción. La escritura y el montaje de elementos disímiles borra la evidencia de que los relatos son, en todos los casos, una versión de los hechos que llega al lector reconstruida por la experiencia de los protagonistas y por una particular focalización del comentador del material.

Bayer incluye colecciones de fotos en cada uno de los tomos sobre la tragedia patagónica. En la escritura hay una imperiosa necesidad de volver a nombrar a las víctimas en listas interminables; y pensarlos en las fotos como seres vivos. La inscripción de la imagen es la individualización y la encarnación de la identidad en una copia iconográfica del cuerpo, del rostro, y de la expresión. Juega con la mezcla de categorías. Lo público y lo privado se fusionan en un espacio no diferenciado donde se unen la imagen y el silencio de los que no tienen nombre con la verdad de los hablan sobre los hechos. Las fotos de escenas familiares alternan con las fotos de las fábricas, de las cárceles, de los soldados, de los muertos.

Las fotos de los militares que participaron en la lucha contrasta con la foto de una cruz en la tumba de los peones huelguistas fusilados en la Estancia San José. Bayer transcribe la dramática inscripción de la cruz “A los caídos por la livertá, 1921”. La imagen trata de mostrar al obrero muerto como a un ciudadano común. La figura ausente deja de ser anónima al incluir su nombre en un libro que contesta a la historia oficial; el obrero deja de ser una persona anónima, al encarnar su rostro en esas imágenes fotográficas.

Borrero y Bayer apelan a la cita de artículos periodísticos, aunque el manejo discursivo del material es distinto en cada caso. Bayer traspone los recortes para alejar su presencia de la escritura y simular un espacio para el díalogo entre distintas versiones de los hechos; generalmente discute con las versiones oficiales de los diarios y acerca su enunciado al de los periódicos anarquistas. El autor actúa como mediador entre los hombres privados del derecho a usar su voz y la escritura. Las citas son un espacio de encuentro entre el diario oficial y los panfletos obreros, las hojas volantes de la prensa anarquista, las hojas sueltas y arrancadas de alguna libreta de almacén.

Borrero es el autor de los recortes que incorpora a su relato. La historia le permite compilar la incesante masa de cosas escritas en los diarios patagónicos. El autor sólo organiza el material periodístico. Se cita, se oculta; el narrador se pretende “objetivo” y “distanciado” de los hechos que narra. A pesar del alejamiento, el centro autorial no borra su marca, nunca se oculta. El montaje y la selección de sus textos no articula espacios de diferencia con respecto a su voz. La escritura revela una peculiar fusión entre narrador textual y autor real de las citas. Su voz y su perspectiva sobre los hechos implican siempre la construcción del monologismo que caracteriza a su relato. Sobre la inclusión del material periodístico afirma Borrero:
Observarán nuestros lectores que gran parte de este libro está compuesto de crónicas y artículos periodísticos tomados de ‘El Radical y La Verdad’ que se editaron en Río Gallegos durante la época precisamente, en que se desarrollaban casi todos los acontecimientos, que nos ocupan. Estos artículos escritos sobre el terreno y en la fecha misma de los sucesos o muy próximos a ellos, son la mejor fuente de información, que pudiera desearse y además tiene el carácter de verdaderos documentos históricos, que alejan toda sospecha de falsedad por los abundantes datos y elementos de prueba, que en ellos se aportan. Y como por otra parte han sido escritos por el autor de este libro, huelga declarar que la honradez profesional queda a salvo, ganando en veracidad la obra, todo lo que pueda perder de amenidad con relatos novelescos, que sería fácil hacer. (La Patagonia trágica, 102)
A diferencia de Borrero, Bayer se ubica en el lugar del historiador. Borrero es, en su obra, uno de los actores de la tragedia patagónica. La escritura de Bayer se propone superar las equivocaciones de la primera crónica de los hechos. También apela a la cita de notas periodísticas, pero todas ellas contrastan con los panfletos y las publicaciones anarquistas. Como historiador encuentra, identifica y revela los distintos tipos de “relatos” que yacen ocultos en la crónica de Borrero. Bayer ordena los datos de la crónica en una jerarquía de significación, asignando diferentes funciones a los datos de Borrero. Bayer invierte los primeros postulados para buscar la verdad; crea los dobles necesarios para probar la mentira que esconden las palabras “verdaderas” de Borrero.
Sin temor a equivocarnos (...) definiremos a José María Borrero como un resentido, un fracasado, un chapucero, un chambón, un frangollón, un charlatán. Pero todos estos adjetivos no nos ayudan a ser estrictos. Por eso tenemos que agregar esto: era brillante, seguro de sí mismo (el comisario Guadarrama nos lo definió como ‘simpático, muy amable, atrayente’ (...) Y así es su libro, La Patagonia trágica: brillante, valiente, arrollador, pero antihistórico, mentiroso, falso. Es la gran denuncia, pero luego quiere regatearnos la verdad y llevar agua a su molino, al salvar de culpa y cargo a Varela y a Yrigoyen y hacer responsables de todo a sus enemigos personales. (La Patagonia..., 135-136)
Una vez tramados los recuerdos desordenados de Borrero como un relato histórico, Bayer revela la coherencia de todo el conjunto de los acontecimientos. Los considera un proceso completo con un principio y un fin claramente determinados. La obra inconclusa de Borrero silencia la sangre y la muerte de los cuerpos, no concluye su crónica a pesar de haber anunciado el título de esta escritura. Ambos autores explican la historia como una “tragedia”. Como lo señala Hayden White,
Las reconciliaciones que ocurren al final de la tragedia son mucho más sombrías; son más de la índole de las resignaciones de los hombres a las condiciones en que deben trabajar en el mundo. De esas condiciones, a su vez, se afirma que son inalterables y eternas, con la implicación de que el hombre no puede cambiarlas sino que debe trabajar dentro de ellas.14
En la historia tramada como tragedia se percibe una estructura de relaciones determinada por el eterno retorno de lo mismo en lo diferente. Para Bayer y para Borrero las condiciones de la violencia son inevitables y no se pueden superar. Ambos coinciden en señalar el poder de los inversores ingleses en la Patagonia y la repetición constante de hechos sangrientos a través del tiempo. Lo que Bayer cuestiona en Borrero es, fundamentalmente, su militancia radical.

Los dos autores tratan de convencer y emocionar a sus lectores. Para ello apelan al aparato lógico del campo de las pruebas. Ejercen la violencia de la escritura al apelar al razonaniento de su lector. Con elementos documentales y con testimonios de los protagonistas, justifican la validez histórica de las pruebas que emplean para acusar a los culpables. A partir de allí comienzan a interpelar el ánimo del lector que acepta como verdadero el relato; lo llevan a pensar el mensaje probatorio no sólo como elementos con fuerza propia, sino como una prueba subjetiva y moral sobre los acontecimientos. Bayer ordena los hechos ocurridos en las fronteras y completa la información de la memoria de los protagonistas, superando los errores de la relación anterior. Me parece importante citar in extenso la crítica del autor a la obra de Borrero.
Son débiles los argumentos de Borrero al querer echarle todo el fardo de los fusilamientos a la Sociedad Rural y salvar de culpa y cargo a los gobernantes y al teniente coronel Varela. La clave de cómo se dieron las cosas, de quién es o deja de ser el culpable, la da el artículo de fondo del diario de la Sociedad Rural de Gallegos, del 29 de marzo de 1922, titulado ‘La Sociedad Rural fue la única fuerza que hizo abortar los planes de los sediciosos al conseguir del gobierno de la nación el envío del 10 de caballería’. Y bajo el subtítulo ‘Fuerza que se impone’, señala lo siguiente: ‘Fue necesaria la intensa obra de la Sociedad Rural para obtener ya con los diarios más importantes del país, ya con las influencias en las altas esferas políticas o ya directamente, tratando de potencia a potencia, con los secretarios de Estado en las esferas gubernativas, el envío de las fuerzas del Ejército de la Nación (...)’. No cabe la menor duda: si los estancieros no se hubieran movido en Buenos Aires, la matanza no habría ocurrido. Pero decir que los culpables fueron solamente los latifundistas que confundieron al gobierno y al Ejército es sostener una incongruencia como si manifestáramos que la culpa de la matanza de los judíos en el Tercer Reich la tuvieron Krupp y los grandes industriales alemanes, y lavaríamos de responsabilidad a Hitler y a toda la organización represiva nazi. (La Patagonia..., 21)
El historiador tratará de prestar su voz y su escritura a las víctimas para que puedan hablar por sí mismas. Luego de investigar y de revisar todas las pruebas documentales, es capaz de oír y de entender palabras que nunca se han dicho, palabras que quedaron silenciadas en los abismos del olvido. La tarea del historiador es “hacer hablar los silencios de la historia, esas terribles notas de órgano que nunca volverán a sonar, y que son exactamente sus tonos más trágicos”.15 Las voces de la escritura son las voces de los muertos y sus silencios. Bayer busca apropiarse de otro nombre propio para legitimar su denuncia. Es el nuevo José Hernández hablando de otro Martín Fierro.
¡Pobre paisano Liano! Todo le robaron. (...) ¿Y a quién ir a protestar? ¿Quién le podría hacer justicia? Sólo algún nuevo José Hernández podría interpretar a estos Martín Fierro patagónicos, que salían derrotados, apaleados, vejados, cagados, burlados, escarnecidos, sin un cobre, sin sus pilchas, solos, hasta sin perros. Humillados y ofendidos. Por gente uniformada venida de Buenos Aires que ni siquiera conocían la Patagonia. Por uniformados cuya única razón había sido el máuser, el látigo, los gritos. Que se llenaban la boca con la bandera azul y blanca pero que concurrían a banquetes de estancieros a escuchar cantitos extranjeros. (La Patagonia..., 100)
El relato maestro16 sobre el que se inscribe la interpretación de la escritura de Bayer es el Martín Fierro de José Hernández. El texto primitivo de la gauchesca se entiende como una experiencia de la cultura argentina; la escritura de Bayer está presa en el intersticio entre el texto primero y su interpretación. Bayer habla a partir de una escritura que forma parte del mundo, es un comentario17 sobre la parte enigmática, murmurada, que se esconde. Se propone restituir una verdad perdida, tapada. “Esta es la verdad: el robo, la servicia, el asesinato de auténticos trabajadores de campo”.18

En La ida de Martín Fierro, las autobiografías de Fierro y Cruz son relatos violentamente antijurídicos. Hernández escribe contra la ley de levas que se aplicaba en el campo a los propietarios y no en la ciudad. Como lo señala Josefina Ludmer es “ley que desmentía la igualdad ante la ley y que también quitaba mano de obra a los hacendados”.19 La escritura de Hernández es antimilitar: es el pasaje por el ejército el que despoja a Martín Fierro y lo transforma en gaucho malo; es el comandante del ejército el que le quita a Cruz la mujer.

La escritura de Bayer comparte con la de Hernández el antimilitarismo y la denuncia de la desigualdad ante la ley. Al tomar su voz, Bayer busca rastrear las huellas de un relato oculto e ininterrumpido sobre la violencia. Necesita desenterrar esa historia fundamental y todas sus modulaciones para dar cuenta de la historia actual. Necesita escribir la historia verdadera y no-oficial sobre las huelgas patagónicas y deconstruir todas las leyendas acerca de la “barbarie” de los huelguistas.

Construye, con testimonios, una historia alternativa a la historia oficial; para legitimar su escritura apela siempre a documentos oficiales. Ataca las leyendas sobre la tragedia patagónica y acusa claramente al presidente. Un doble discurso caracteriza a la escritura; por un lado el estilo de Bayer se vincula profundamente con el discurso periodístico, determinante de muchos rasgos; por otro lado hay en el texto un simultáneo distanciamiento de ese tipo discursivo.

El autor apuesta a una antigua función que tiene la escritura de la literatura como épica: la de rescatar e impedir el olvido de los hechos que deben perdurar como inolvidables. Bayer explica los orígenes de la violencia que funda la historia de la Argentina moderna; la lucha de los unos con los otros develan las claves del enigma de la cultura. Soto y los anarquistas son castigados por la ley y las armas; Varela es condenado por el silencio.

Con testimonios heterogéneos, relatados por voces que luchan desde lugares diferentes y aún desde la muerte, Bayer busca posicionarse en la memoria colectiva de la comunidad, en un intento por resolver imaginariamente aquello que acontece como un obstáculo real: el olvido. El autor de la historia alternativa y contestataria es el otro que destruye los argumentos oficiales, un otro que desconoce a su contraparte y trata de inscribir la historia “verdadera” de la matanza de mil quinientos obreros. Concibe a la historia como el eterno retorno de la uno en lo mismo; retorna al presente desde el pasado y escribe desde otro lugar lo que ya estaba escrito: la historia de la muerte que se clausura con la venganza.

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