24 de Abril de 2018
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Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1
Título: 1998

Nicolás ROSA. La lengua del ausente. Buenos Aires: Editorial Biblos, 1997. 173 p.

Seguir el pensamiento crítico de Nicolás Rosa2 es seguir los derroteros de un pensamiento móvil e itinerante por antonomasia, que sabe prescindir de las mediaciones abstractas entre fragmento y continuidad y que, por otro lado, se inscribe como borramiento y des-lectura (olvido) de las usuales convenciones de filiación o parentesco. Si admitimos la bipartición o disyunción entre “lecturas cronológicas” y “lecturas genealógicas”, la trans-textualidad que preferimos rubricar con el nombre propio de Rosa, vuelve posible la reaparición, en 1997, de marcas y surcos que ya se prefiguraban en 1992 con Artefacto. Por prefiguración no entedemos aquí el privilegio cedido a la garantía o el privilegio de una causa primera o de un fundamento que habría que extraer de una mesa crítica de enunciados, siguiendo un orden lineal o secuencial; más bien lo que acontece —lo que afirma en toda su potencia el trabajo de Rosa— son los efectos de la repetición y el desplazamiento de dos operaciones simultáneas: la lectura y la escritura. De esta forma el trabajo crítico produce un viraje radical o una modificación de los tiempos de lectura que depositan en el pasado la certeza y la garantía epistemológica. No se trata entonces, de leer La lengua del ausente como desprendimiento secuencial de una serie de cuestiones que ya estaban insinuadas en El arte del olvido (1990) o en Artefacto (1992), sino que en la serie de intersticios e intervalos que atraviesa el mapa textual de La lengua del ausente (1997) se vislumbra una trama secreta —opaca y cegadora— que ya habíamos leído de forma anticipatoria en 1992.

Rosa despliega su escritura como materialización de un pensamiento migratorio y “rizomático”; conceptos y nódulos que proliferan y se esparcen en infinitos trazos y raíces, promoviendo una gramática del intersticio. Esa sintaxis y lógica de la letra escrita deja vislumbrar los derroteros paradójicos entre la completud y la incompletud, entre el continuum y la discontinuidad. Por eso, el desequilibrio o el disloque que produce como efecto la escritura no es otra cosa que el reconocimiento de la nomadización de un pensamiento crítico que deroga la sedentarización de las lenguas y subvierte la estabilidad fija de las fronteras. Es en el encuentro intersticial de saberes —poesía, prosa o aforismo—, donde Rosa encuentra una topología alucinante que en su decurso niega la hegemonía de la determinación y la causa primera. Ese deslizamiento del discurso, que tiende a disolver las coordenadas de interior/exterior y las formaciones jerárquicas, se engendra como pliegue que redistribuye la construcción y legalidad de lo real. Esa suerte de “road movie” es por un lado, un modo de referir o imaginar los trayectos lábiles del discurso contemporáneo —las temporalidades de la lectura, la incondición transmoderna, la pobreza como imposibilidad narrativa, la doble vida del sujeto autobiográfico o la gauchesca como acto político transgresivo— y por otro, una manera de nombrar y promover la travesía sobre el orden evanescente de lo simbólico. La topología textual presta sus figuraciones manuales, táctiles y corpóreas, concomitante al viaje e ineludiblemente al fragmento. Y si pensamos el fragmento como el acto que engendra el efecto gradual de lo súbito y lo repentino, ese instante paradójico de desacomodo y desconcierto cumple el rito de guardar los restos frágiles del murmullo cuando comienza a desfallecer la escritura. Cuando Rosa habla de fragmento —escribiéndolo— urde una trama mediante el juego relacional de categorías que tienden a abarcar fenómenos de conjunto, en torno a una preocupación central, la del vínculo siempre problemático entre el lenguaje, la escritura y lo real. Así se prepara el territorio para cruzar las nociones de síntoma, superficie, serie, pliegue y lo fractal.

El síntoma convoca por un lado, a las lecturas que desestiman la propiedad del sentido, pervirtiendo la mirada que se aloja previsiblemente en los lugares de lo manifiesto y lo latente; pero por otro lado, también perturba la temporalidad de las lecturas cronológicas que no admiten las precedencias persistentes de las figuraciones, o el retorno de lo ausente desde la forma de réplicas itinerantes. En este sentido, “la mímica” de la repetición en la escritura borrará el nombre del padre apelando al automatismo y al azar. Así, los nombres ancestrales solicitan el desvío y el desplazamiento. Ahí es donde se vertebra una heráldica como copia y polémica, como don de calco y expoliación. La textura o tejido textual deja vislumbrar el repertorio sémico de la versión, las rutas y las vías torcidas y quebradas de una legitimación escandalosa: la reversión —y por momentos la adversión— finga la escena de los replicantes de Blade Runner. La cuestión del síntoma repone entonces el saber inconsciente del acto de leer, disolviendo el recuerdo textual e implicando la genealogía de la escritura mediante el olvido de las relaciones de propiedad.

Cuando en la travesía se reconocen sendas plagadas de índices y efectos “intersemióticos”, marcas y cicatrices que surgen y reaparecen sobre la superficie textual, transcurso y acontecimiento se reúnen en un dispositivo territorial: el viaje o el itinerario se transmuta en un viaje geológico lleno de cráteres y rugocidades.

En la segunda parte del texto, Rosa reintroduce una serie de protocolos y problemáticas de la crítica contemporánea provocando el escándalo: lee la falta o lo no dicho y articula los relatos ausentes de la literatura argentina. Si con Castelnuovo enuncia la imposibilidad semiótica de la pobreza (“no es computable porque no habría palabras para contarla”) y descubre la ley del relato del miserabilismo de Boedo, o con Luis Gusmán desnuda el desafío antropológico de la “historia de vida”, los procesos de desdoblamiento y gemelización del sujeto autobiográfico, con la gauchesca repone el polemo político y la guerra de lenguajes; y atrapado por el “sex appeal” gauchesco, recorre el mapa textual siempre abierto y futuro de hijos, nietos y tataranietos.

Bordes, límites y fronteras móviles. El viaje que inaugura Rosa es un viaje hacia los confines de la literatura, un viaje errático e itinerante que circula por todas partes.

Universidad Nacional del Mar del Plata                                    NANCY FERNÁNDEZ DELLA BARCA Y EDGARDO H.BERG
Mar del Plata, Argentina

2. Crítico rosarino y doctor en Letras por la Universidad de Montreal, ha publicado numerosos artículos críticos en revistas nacionales e internacionales. Entre sus libros se destacan Crítica y significación (1970), Léxico de lingüística y semiótica (1979), Los fulgores del simulacro (1987), El arte del olvido (1990), Artefacto (1992) y Tratados sobre Néstor Perlougher (1997).