12 de Diciembre de 2018
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Colección:
Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1
Título: 1998

Aunque la poesía y literatura testimonial de Nicaragua han recibido mucha atención crítica en los últimos años —particularmente a partir de la Revolución Popular Sandinista de 1979—, la narrativa nicaragüense apenas se conoce fuera del país.  Esta falta de reconocimiento se debe, en parte, a la limitada producción de cuentos y novelas por escritores nicaragüenses.  De las formas narrativas, el cuento se ha cultivado más que la novela, hasta los poetas han producido cuentos.  Respecto a la novela, el crítico-escritor nicaragüense Jorge Eduardo Arellano caracteriza la expresión de la novela en su país con las siguientes palabras:
El nulo desarrollo del género en la época colonial, el fenómeno del rubendarismo y la entrega de los escritores a la política y al periodismo explican, en parte, el que Nicaragua no haya creado ninguna novelística.  Lo mismo puede decirse, salvo quizás de Guatemala, del resto de Centroamérica.

A las causas anteriores habría que añadir otras: la ausencia de un mercado de libros con todo lo que implica —desarrollo de la lectura, estímulo para el narrador, etc. y el propio carácter del oficio: no es para cualquiera escribir novelas. (Panorama de la novela nicaragüense, 129)
A pesar de esta caracterización desalentadora, el mismo Arellano publicó un artículo periodístico en 1975 donde discute cien novelas de autores nicaragüenses.  Y su compatriota, Nidia Palacios, publicó su Antología de la novela nicaragüense en 1989, en la cual ella resume los argumentos de unas setenta novelas, desde los intentos novelísticos de Rubén Darío hasta la novela Timbucos y Calandracas (1982), de Jorge Eduardo Arellano.  Palacios concluye su estudio afirmando que la novela nicaragüense “constituye un valioso aporte a la narrativa centroamericana” (71).

Si la crítica nicaragüense apenas hoy en día está reconociendo esta producción novelística, no debe sorprendernos su absoluto desconocimiento fuera del país.  Por ejemplo, a juzgar por el estudio de Fernando Alegría, la Nueva historia de la novela hispanoamericana —quizás el libro más conocido sobre el tema— Nicaragua sólo ha producido un autor de novelas —Rubén Darío.  El escritor norteamericano Paul Theroux, en su libro de viajes The Old Patagonian Express, ciega e injustamente enjuicia toda la literatura nicaragüense con las siguientes palabras: “Cada país tiene los escritores que requiere y merece; y es por eso que Nicaragua en doscientos años de historia sólo ha producido un escritor —un poeta mediocre” (72, traducción del autor).  No es mi propósito aquí dignar el despropósito de Thoreau —un escritor que ha tomado libremente ideas y temas de la narrativa del boom latinoamericano—, sino el de tratar de explicar porque la narrativa nicaragüense no ha recibido la atención crítica que evidentemente merece.

Creo que Ramón Luis Acevedo, en La novela centroamericana, acierta al decir lo siguiente:  “El desconocimiento de la literatura centroamericana se debe principalmente a factores extraliterarios de naturaleza social, económica y política.  Estos mismos factores afectan la producción y la crítica” (10).

Ampliando las ideas de Arellano, podemos apreciar el contexto del que habla Acevedo, dentro del cual se ha desarrollado la narrativa nicaragüense.  Primero, Arellano señala el rubendarismo, o sea, la preponderancia de la poesía sobre las otras formas literarias en Nicaragua.  Tanto la abundancia como la calidad de la poesía producida en el país son innegables.  Casi todos los escritores de novelas se han dedicado a la poesía también.  Por eso, Arellano ha dicho que aunque Nicaragua ha producido escritores de novelas, no ha producido novelistas.

El segundo factor señalado por Arellano, “la entrega de los escritores a la política y al periodismo”, ha limitado y sigue limitando el tiempo que los novelistas pueden dedicar a su arte.  Tomás Borge ha dicho lo siguiente al respecto: “¿Quién puede escribir novelas en Nicaragua si todos los que las pueden hacer tienen un cúmulo de responsabilidades abrumadoras? . . . Los potenciales novelistas en mi país son administradores de hospitales o miembros de la presidencia” (Ramírez, Las armas del futuro, X).  Borge se refería a los narradores, como Sergio Ramírez, Fernando Silva y Lisandro Chávez Alfaro, que desempeñaban puestos gubernamentales durante la década de gobierno sandinista. Sergio Ramírez ha afirmado que su carrera ha sido una de “oficios compartidos”, de escritor y de político, lo cual él equipara con montar dos caballos al mismo tiempo.

El tercer factor mencionado por Arellano, “la ausencia de un mercado de libros —desarrollo de la lectura, [y] estímulo para el narrador” es el más decisivo, y explica la falta de reconocimiento a la novela nicaragüense fuera del país.  Nicaragua, por su bajo nivel de desarrollo económico y su turbulenta historia política, no ha tenido los recursos para el desarrollo de un público lector ni mucho menos de una industria editorial.  Ramón Luis Acevedo destaca la importancia del factor económico para explicar la falta de producción novelística en la región:  “El principal factor, que lo resume casi todo, es la condición de subdesarrollo económico, social y cultural en que se encuentran los países centroamericanos” (10).

Hasta 1979 se publicaron pocos libros —de cualquier tipo— en Nicaragua.  Estos, con pocas excepciones, tuvieron una difusión entre los círculos reducidos de intelectuales de Managua y de las otras ciudades principales de la parte oeste de Nicaragua; en contadas ocasiones, trascendieron las fronteras del país.  Y los libros publicados por autores nicaragüenses fuera del país difícilmente llegaban a Managua.

A pesar de los problemas presentados por este contexto socio-económico, Nicaragua ha producido más de doscientas novelas.  Aunque estos textos varían bastante respecto a valor literario, su valor socio-histórico es innegable.  También cabe señalar la heroicidad de sus autores, los cuales, a pesar de los tremendos obstáculos que hemos discutido aquí, han producido y siguen produciendo narrativa.  Podemos esperar, con mucho optimismo, que el ejemplo y el éxito de estos narradores, esté animando a los jóvenes aspirantes a novelistas en Nicaragua a dedicarse al género de la novela.

Durante los últimos años me he dedicado a la búsqueda de novelas nicaragüenses.  La siguiente bibliografía contiene los títulos de todas las novelas escritas por nicaragüenses que he podido encontrar en bibliotecas y bibliografías de Nicaragua y Norteamérica.  El estudio más completo de la novela nicaragüense hasta la fecha es el trabajo de Nidia Palacios, Antología de la novela nicaragüense (Managua: Fondo Editorial CIRA, 1989), en el cual la crítica examina unas setenta novelas nicas.  La bibliografía, dividida en tres secciones—I. Novelas cuya existencia ha sido coroborrada; II. Novelas con títulos conocidos que no han podido ser localizadas; y III. Algunas fuentes secundarias sobre la novela en Nicaragua—es una obra en progreso; una bibliografía completa de la novela en Nicaragua requerirá la colaboración de colegas y otras personas interesadas en ella.  Se agradecería cualquier información relacionada con este tema; por favor comunicarse con Ed Hood / Department of Modern Languages / Northern Arizona University / Flagstaff, Arizona 86011.