22 de Abril de 2018
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Colección:
Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1
Título: 1998

Precedentes de la nueva filosofía

Con anterioridad a la situación descrita, los estudios filosóficos exhibían una línea de pensamiento dominada por el neotomismo de fines del siglo XIX. Desde los tiempos de Mons. Rafael María Carrasquilla en su cátedra del Colegio del Rosario, y por su intervención en actividades de gobierno como Secretario de Instrucción Pública de Miguel Antonio Caro durante la etapa de la llamada Regeneración, todo el sistema educativo había estado regido por una concepción teológica del Estado que la nueva etapa se empeñaba en superar. De Carrasquilla dice Rubén Sierra Mejía: “La República conservadora que siguió a la Regeneración encontró en él a un ideólogo que no se limitó a una tarea teórica y de adoctrinamiento desde su cátedra, sino que también pudo contar con sus servicios como consejero personal de los estadistas colombianos de esos años...Su pensamiento político aparece como una consecuencia de su pensamiento filosófico y como la ideología adecuada para el estado teocrático que terminó en 1930”.13 Por otra parte, en la universidad de tipo confesional no se enseñaba ningún tipo de filosofía que se considerara herética o heterodoxa. En este caso ya no se trataba sólo de las doctrinas provenientes de los socialistas utópicos o del marxismo, sino, incluso, del pensamiento moderno, como Descartes, Hegel o Kant.

A diferencia de otros países hispanoamericanos, en Colombia se pasa de las ideas positivistas, especialmente spencerianas, a la neoescolástica impulsada desde Lovaina. Es decir, que al comenzar el siglo XX se continúan las tendencias predominantes del siglo XIX. El Colegio de Nuestra Señora del Rosario sigue siendo el impulsor del neotomismo; y el positivismo de tipo spenceriano, el ángulo de ideas desde el cual se insta al cambio, con una perspectiva que se piensa científica para la solución de los problemas. Sobre las razones por las cuales la filosofía de Herbert Spencer tuvo una recepción mayor que la de Comte, Carlos Arturo Torres en su conocida obra Idola fori afirmaba con argumentos verosímiles : “...su concepción de la relatividad, su afirmación de lo incognoscible, la amplitud de su criterio político y su concepto de que la ciencia y la religión no son inconciliables, serenaban los espíritus fatigados de la esterilidad de una lucha sin tregua y sin piedad entre dos extremos igualmente dogmáticos”.14

Las ideas de Spencer venían a calmar la sed de un espíritu modernizador que tanto necesitaba la nación para superar sus problemas políticos, económicos y sociales, pero al mismo tiempo no ponían en conflicto a las conciencias educadas religiosamente, tornando compatible la esfera del deseo con la esfera de justificación existencial. Pero por otro lado tenían también una intencionalidad crítica de la mentalidad imperante.

Menor influencia se atribuye a Comte, en quien se advertía un espíritu conservador que no encajaba precisamente con el cuadro de aspiraciones del momento. Su estática social ponía el acento en la familia como unidad última, en lugar del individuo como actor y generador del cambio que se deseaba.

Salvador Camacho Roldán, uno de los redactores de la Constitución radical de Rionegro (1863) es quien mejor expresaba aquella línea spenceriana que acentuaba la importancia del individuo porque entendía que la evolución había marchado hacia la conquista de la autonomía individual en la sociedad.15 El positivismo de Spencer posibilitaba una lectura del pasado y una justificación de las aspiraciones liberales contra los resabios colonialistas encarnados en la Iglesia y la filosofía oficializada por ella en el manifiesto que Ignacio V. Espinosa, profesor de la Universidad Externado de Colombia, escribía en 1893 y que titulaba El positivismo.16 Entendía el autor que la filosofía representaba la aspiración a la unidad de los conocimientos relativos al mundo, a diferencia de la metafísica y la teología que tendrían un objeto extraño a este ámbito, y por ende incognoscible.

Hacia el fin de siglo el Externado fue el centro de resistencia del pensamiento tradicionalista y de oposición al régimen llamado de la Regeneración, cuya cabeza era Rafael Nuñez, quien cancela la vigencia de la Constitución de 1863 y promulga la de 1886, elaborada por el filólogo Miguel Antonio Caro. Nuñez, aunque proveniente de las filas liberales y un agnóstico en materia religiosa, en el poder puso en marcha un programa de ideas conservadoras inspirado en la defensa de la filosofía cristiana, la crítica de las corrientes modernizantes y la preservación de la tradición religiosa.17 A él se le ha atribuido el estancamiento de la educación en Colombia durante cincuenta años.

La resistencia al positivismo produjo otros escritos inspirados en Balmes, como lo demuestra La filosofía positivista de Samuel Ramírez Aristazabal, obra publicada en 1896, en la que se atacaba incluso el carácter fundante del cogito cartesiano. Es decir, que su mirada crítica abarcaba a toda la concepción moderna del sujeto y la negación de las categorías de sustancia, yo y causalidad. En la misma línea se hallaba Francisco M. Rengifo y Julián Restrepo Hernández.