23 de Julio de 2018
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Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1
Título: 1998

Profesionalización de la filosofía

Este trabajo es parte de un proyecto más amplio que intenta seguir la línea de la recepción de la fenomenología en Hispanoamérica. La atención se fijará especialmente en sus primeras manifestaciones, cuando el pensamiento de Husserl es todavía “nuevo” en América Latina, y su obra y la de otros filósofos como Heidegger, Scheler y Hartmann, se considera aún, en conjunto, como constituyendo la “escuela fenomenológica”. La asimilación de esta “escuela” producirá un cambio en el panorama filosófico hispanoamericano, que a su vez acentuará la separación con respecto a la época positivista, de la que se había salido por el influjo de Fouillée, Guyau, Boutroux, Croce, Nietzsche, pero principalmente Bergson. En el caso de Colombia, el interés por Husserl se desarrollará, luego de esa primera etapa, en una segunda caracterizada por una exégesis académica más minuciosa y de primera mano, pero también más circunscrita a la crítica profesional y a la cátedra. Sin que esto signifique un juicio de valor, esta segunda etapa es de interés menos central para el propósito de nuestro trabajo, que busca destacar lo que podría llamarse la recepción inicial de la fenomenología, tratando de situarla, hasta donde es posible, en el contexto histórico-institucional de la época.

En la década del 40 el logro institucional más importante para la filosofía colombiana fue la creación del Instituto de Filosofía dentro del ámbito de la Universidad Nacional de Bogotá, en un período de gobiernos liberales (1930-1945), después de casi medio siglo de predominio conservador. Desde el primer momento el problema de la situación de los estudios universitarios se convirtió en uno de los más importantes, con el apoyo expreso del Presidente Alfonso López Pumarejo.

Fue mérito de su gestión la reorganización de la Universidad Nacional, en 1935, como centro de educación superior, por medio de la integración de facultades e institutos dentro de sistemas con cierta coherencia académica, diversificación de las carreras, participación de profesores y alumnos en el gobierno universitario y la posibilidad de una libertad académica que hasta el momento había estado ausente.

Antonio García, un estudioso del sistema de educación superior colombiano, nos dice que “la característica más notable de la reforma universitaria liberal, es la consagración de la Universidad Nacional como centro motor y paradigma del sistema, concentrándose en él no sólo los recursos del presupuesto público sino la facultad estatal de control académico de la educación superior y del otorgamiento de títulos profesionales”.1 Situación que lleva entre 1934 y 1946 a triplicar el número de estudiantes y a cuadruplicar los aportes públicos a la Universidad Nacional. Pero los cambios del período no revierten sólo sobre la institución pública, sino que éstos más bien se inscriben dentro de un marco general más rico y amplio, como es el de la modernización institucional del Estado, la transformación del sistema tributario, la modificación de las relaciones laborales, la reforma de la adjudicación de las tierras fiscales, la reestructuración de los mecanismos electorales y del sistema de identificación ciudadana, la institucionalización del sindicalismo y del cooperativismo y, fundamentalmente, la apertura del sistema educativo.2

La Universidad Colombiana,3 obra escrita por Germán Arciniegas en 1933, es una introducción a dos proyectos de ley. El primero se refiere —según dice en la misma Introducción— a la creación de la Universidad Colombiana como entidad autónoma, y sus líneas generales reproducen el proyecto que se había sometido el año anterior a la consideración del Parlamento. El segundo se refiere al control del Estado sobre los establecimientos universitarios para que éstos influyeran sobre el Estado mismo. En una identificación de responsabilidades, atribuye a la Universidad el problema del Estado colombiano. En graves palabras dice: “Ha sido la economía de la Universidad, practicada por sus propios profesores desde los puestos de vanguardia en la administración pública, el origen de nuestras crísis internas y de nuestra incapacidad para la defensa en el mecanismo económico internacional. Ha sido la ciencia de nuestros ingenieros la que no ha podido organizar el trabajo en las obras públicas, ni adelantar un concepto que libre de su incertidumbre a todos los presupuestos, desde el presupuesto elemental de una casa hasta el más elaborado y difícil en que se descomponen las empresas mayores del Estado. Ha sido la formación profesional de la Escuela de Medicina la que nos ha mantenido al margen de la higiene social, conservándole a la raza esa actitud enclenque y zurda (sic) en donde imprime sus relieves la anemia, acumula sus sombras el abatimiento y labran sus desventuras males ocultos que se ceban en el hombre desamparado”.4 Contra la opinión de José Ortega y Gasset, tan en boga por aquella época, que estrechaba el ideal universitario a escuelas de profesionales, con escasa investigación y un mínimo de “sentido social en sus trabajos”, Arciniegas afirma para la universidad americana la formación cívica del ciudadano: “Un profesional con arraigo, con técnica de obrero y conciencia de maestro”.5

El Instituto de Filosofía, nacido en 1945 dentro de la Universidad Nacional de Bogotá, representó el intento más organizado de establecer los estudios con dedicación profesional y crear las condiciones necesarias para la investigación, al que le sucedió la creación de la Facultad de Filosofía y Letras años más tarde.

El Instituto surgía de iniciativas fuera de las esferas confesionales y guiado por la convicción de un grupo de intelectuales de que la filosofía necesitaba de un ejercicio disciplinado de trabajo y reflexión para producir obras a la altura de otros centros continentales y al margen de las contingencias políticas. Los resultados comenzaron a verse cuando en 1948 se crea la Revista Colombiana de Filosofía por iniciativa de Adalberto Botero y Abel Naranjo Villegas, de la cual aparecieron sólo cinco números, pero los suficientes para ser un esfuerzo imitado sanamente en años posteriores.6 Como publicación periódica apareció en 1951 Ideas y Valores de la Universidad Nacional, condensando en la denominación las influencias fenomenológicas sobre sus creadores.

De la etapa regida por la Ley Orgánica de la Universidad, dictada en 1935, se esperaba lograr un ambiente cultural en el cual la educación superior, “memorista, verbalista y elitista”, cediera paso a “una educación investigativa y creativa”,7 al margen de las orientaciones confesionales. Con relación a la marcha de la filosofía, se ha atribuido en parte a Ortega y Gasset el estímulo para la apertura, en la década comprendida entre 1930 y 1940, hacia un pensamiento filosófico más depurado y la disposición para captar problemas que parecían ser los propios de la filosofía, con apoyo en las obras de Edmund Husserl, entendiendo que el nuevo giro recuperaba la idea de la filosofía como reflexión sobre el pensar. No interesa la filosofía como sistema, sino como problema, tema que plantea Rafael Carrillo en su artículo “La rebelión contra los sistemas”, en donde frente al constructivismo de estos últimos se pronuncia en favor de la problematicidad: “Es preferible la tarea reposada, paciente con que se entrega Husserl a la meditación, a la premura con que Hegel traza los planos de su construcción filosófica”.8 Se tenía la impresión de que en ese momento se estaba recién comenzando a filosofar y que se asistía a un tiempo inaugural que sería resultado de un disciplinamiento metodológico y científico. El esfuerzo duradero pondría a la filosofía colombiana en el mapamundi de la filosofía occidental, en una marcha sin rupturas desde los griegos hasta ellos mismos.9 Por otra parte, se piensa del filósofo que debe ser el espíritu abierto por excelencia, alejado de todo doctrinarismo y sectarismo que impida el progreso del conocimiento.

Las dificultades económicas y políticas que se habían iniciado en 1886, y hallaron su punto máximo de tensión con la separación de la provincia de Panamá después de la cruenta lucha de los 1000 días, acabarán en la depresión de 1930, con lo cual retornarán las fuerzas liberales al poder. Una etapa modernizadora, orientada a superar las crisis económicas y sociales que cambió la fisonomía del país, hasta entonces rural, repercutirá en la situación de la Universidad, a la cual se sumará la agitación estudiantil colombiana, bajo el influjo del movimiento reformista argentino, dando paso a la Reforma Universitaria de 1935. La Ley 68 contemplaba la integración de las escuelas de altos estudios, hasta el momento dispersas, y otorgaba autonomía administrativa y académica a la Universidad. Jaime Jaramillo Uribe nos dice que el concepto de la Universidad como complejo de investigación fue asimismo la apertura hacia nuevas corrientes de ideas: “...el marxismo, el psicoanálisis, las nuevas doctrinas del derecho público francés, la filosofía del derecho alemán, la filosofía fenomenológica y existencial, antes vedados o desechados por conservadurismo y rutina, hicieron aparición en las aulas”.10 Un proceso de cambio e independencia que a partir de 1948 comenzó a deteriorarse por las sucesivas intervenciones de los gobiernos.

Con relación al marxismo, digamos que como movimiento de ideas no era nuevo. Tanto en Colombia como en el resto de América Latina, éste penetró después de la Revolución Rusa, sobre todo después de 1920, pero se trataba de un marxismo más vivido que reflexionado teóricamente. Su impacto inicial adquirió el carácter de confrontación contra el imperialismo como arma ideal de lucha y combate dentro de un cierto espíritu nacionalista sin que se leyeran detenidamente los textos filosóficos que lo inspiraban. Eudoro Rodríguez nos dice: “Este predominio de la perspectiva práctico-política, de la asunción intrumental del marxismo para enfrentar y resolver problemas inmediatos del subdesarrollo explica entre otras cosas la escasa presencia de grandes pensadores o filósofos marxistas latinoamericanos, especialmente en Colombia, en donde el conocimiento de las obras de Marx o Engels fue muy pobre, incluso en los primeros dirigentes sindicales y revolucionarios. En nuestro país —sigue diciendo,— dicha constatación es muy notoria hasta los años treinta”.11 Fue así como “Colombia no produjo a un Mariátegui, a ningún teórico revolucionario que hubiera podido proyectar el marxismo sobre la realidad nacional. La herencia a recoger no consiste en la obra de uno u otro escritor, sino en la multifacética praxis del movimiento obrero popular de esta época. Según propia confesión y cuando no eran francamente adversos a toda teoría, los primeros dirigentes conocían el marxismo en forma muy superficial”.12

La recepción de aquellas corrientes fue signo inocultable de que se deseaba cortar con la visión unilateral de la escolástica, vigente hasta la época, y de que era preciso lograr un proceso de secularización del pensamiento colombiano. El descubrimiento de nuevos horizontes culturales con una visión del hombre, de la sociedad y de la política distintos de los que hasta el momento habían tenido lugar desde el Colegio de Nuestra Señora del Rosario, convertido en núcleo ideológico del régimen conservador, cederá paso ahora a un profundo cambio. Por lo que a la filosofía en particular se refiere, era propósito asimilarla al legado de la filosofía occidental, conocerla seriamente, penetrarla en sus problemas para aportar el grano de arena al proceso de su historia.