22 de Julio de 2018
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Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1997
Sección: Rescate Bibliográfico/ Bibliographic Treasure

I

¿Cuál es el cuerpo portador de épica en la historia argentina? En buena parte de su producción en prosa, Lugones insiste en responder a esta pregunta desde distintos frentes, organizados alrededor de dos cuestiones: el indio y el gaucho.

La serie indígena se funda con “Lokomá”, sigue con El imperio jesuítico (1904) y se retoma en Historia de Roca (1938). En los tres textos la historia argentina se construye como una historia de conquistas, cuyo exponente último y triunfal es la conquista del desierto de Julio A. Roca. El recorrido que Lugones hace en “Lokomá” se bifurca y expande en los otros dos libros, que resignifican y potencian el relato inicial. Mientras El imperio jesuítico es la saga de las “conquistas material y espiritual” que funciona como argumentación velada de la “conquista del desierto” y el último capítulo de la inconclusa Historia de Roca es la exposición de los entretelones parlamentarios de la “guerra ofensiva”, “Lokomá” es el relato literaturizado de los efectos de la acción militar emprendida por Roca veinte años antes.

La segunda serie se escribe con La guerra gaucha (1905) y con El payador (1916). Por un lado, establece una continuidad con la anterior en la búsqueda de la epicidad. Por otro, la rectifica, en la medida que sustituye el objeto épico, alterando así toda la lógica del género.

Lo que hace de “Lokomá” un texto peculiar y revelador para abordar en conjunto las dos series es la presencia embrionaria de ambas cuestiones, su confrontación, la elección explícita de la cuestión indígena como una zona donde puede leerse la historia argentina y, por la negativa, el anticipo de la serie del gaucho que Lugones sistematizará años después.

La obsesión por lo épico se configura en Lugones en el cruce de la pretensión historiográfica y la construcción de genealogías. La historiografía se entronca con la épica para legitimar de una vez al pasado, al objeto exterminado, al sujeto vencedor y  al intelectual que hace la operación. En esta línea, Julio A. Roca y su “conquista del desierto” marcan el hito a partir del cual replantear la historia nacional en contrapunto con la epopeya indígena. Allí se produce una primera encrucijada: ¿de qué lado buscar la épica, del lado del vencedor o del lado del vencido?

Lugones opta por la vía indirecta, al manifestar el valor de la victoria a través de la heroicidad de los vencidos. La estrategia es riesgosa, y para llevarla a cabo debe refundar una genealogía que concilie los términos de la diferencia. Pero el paternalismo que le asigna a Roca —y que hace de Lokomá “nuestra compatriota”— es paradójico: se dignifica a la “hija” devolviéndola a la épica, para legitimar así la apropiación y relegar la genealogía legítima al pasado. En La escritura de la historia, Michel de Certeau propone una fórmula aplicable a esta operación: se trata de “construir representaciones con material del pasado, situarse finalmente en la frontera del presente donde es necesario convertir simultáneamente la tradición en un pasado (excluirla), y no perder nada de ella (explotarla con métodos nuevos)”.2

Dentro del corpus que aborda la cuestión del indio, El imperio jesuítico parece impugnar cualquier lectura desviada de “Lokomá”. La crítica de Lugones a españoles y jesuitas en su lucha contra el indio tiene un alcance a largo plazo que culmina en la adhesión a la última conquista. La Conquista del desierto llevada a cabo por Julio A. Roca en 1879 —corolario de un siglo que alternó las luchas con los tratados de paz— es, más que una continuidad, una superación de las otras dos, porque resume todas las cuestiones: el aniquilamiento de la barbarie, la ocupación de las tierras y la relación inescindible entre los fundamentos sociológicos y los económicos.

El epílogo de El imperio jesuítico muestra esta convergencia, amparando una opinión polémica y provocativa en un evolucionismo acérrimo: “Hoy por hoy, la humanidad no existe ante la justicia sino como una entidad abstracta cuya efectividad en el hecho se prepara, entre otras cosas, con el predominio de las razas superiores a las cuales pertenece semejante ideal... Si el exterminio de los indios resulta provechoso a la raza blanca, ya es bueno para ésta; y si la humanidad se beneficia con su triunfo, el acto tiene también de su parte a la justicia...”3

La lógica positivista —fuertemente institucionalizada— asimiló los campos de la moral y de la ética a sus supuestos cientificistas. Como señala Jorge Dotti, “el determinismo (biológico, psicológico, económico) anula la especificidad de lo moral/político” y, por lo mismo, “siempre es posible encontrar una instancia biológica que explique cualquier gesto moral/político como ‘derivado’ de ella.”4

En “La Campaña del desierto”, último capítulo de la Historia de Roca, escrito junto con su muerte en 1938, Lugones va más lejos todavía, porque explicita la puesta en práctica de la teoría: “...la conquista del desierto o última etapa de la civilización posesora sobre el país, que la Nación Argentina, en ella formada, ponía al fin bajo su ley. La Conquista que incorporó estas tierras a la cristiandad, es decir a la civilización, acabó así de realizarse”.5 El símil final reúne los ideales de las otras dos conquistas: lo material y lo espiritual. En ese sentido, la Historia de Roca es una síntesis ejemplar de las argumentaciones de El imperio jesuítico. Cuando Lugones exhibe sus puntos de vista y sus fundamentos cientificistas en sus ensayos, la búsqueda de la epicidad en el cuerpo del indio queda obturada.

“Lokomá”, en cambio, anticipa estéticamente los núcleos expandidos en textos posteriores. Estamos recién en 1898: el modernismo de Lugones estiliza su elitismo, diseña sus figuras de exportación, estetiza sus compromisos políticos.

[INDICE] [I] [II] [III] [IV] [NOTAS]