20 de Enero de 2018
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Colección:
Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1997
Sección: Rescate Bibliográfico/ Bibliographic Treasure

IV

Además de leerse como la coda finisecular de la “conquista del desierto” de Roca, “Lokomá” puede leerse como uno de los primeros gestos en la creación de mitos sociales que conjuran la presencia de la inmigración. Pensando 1898 como epicentro de las tensiones y reflujos entre el 80 y el Centenario, la Lokomá de Lugones no sólo nace en el revés del mito de la cautiva blanca sino como una oposición posible de la mujer inmigrante: de la Argentina a Europa, Lokomá deshace el itinerario de la inmigración. La otra cara de la inmigrante que se cruza con las familias patricias es la india que se convierte en princesa europea, y el hecho de que el intercambio sea con Francia —país de escaso aporte al caudal inmigratorio— impide la parodia del itinerario Europa-América pero potencia la crítica a la conformación del sistema de intercambios. Una oligarquía desilusionada por la masa inmigratoria que viene de Europa devuelve su frustración regalando indias que se convierten en princesas. Hacia afuera, el gesto funciona como equiparación simbólica de lo que se está viviendo como un desajuste. Pero es una equiparación débil dentro del imaginario social, como para desestabilizar a los mitos populares que está generando la inmigración.

Ahora bien, ¿cuál es entonces la razón para elegir la representación de Lokomá? Por un lado, su condición femenina, que encaja en el imaginario modernista, y es manipulable en el registro mítico (por su parentesco indirecto con Lucía Miranda) y en el registro de lo exótico (por su acercamiento a la princesa árabe). Por otro lado, a la luz de las estrategias posteriores para constituir una figura mítica que contrarreste la del inmigrante, la operación épica legitimadora de genealogía no debe ser fundada sino reactualizada. En cambio, la entronización del gaucho en mito nacional necesitó la lectura previa del Martín Fierro como poema épico y su fijación como tal en la historia de la literatura.

En esta dirección, la producción de Leopoldo Lugones es consecuente, y muestra gradualmente las pruebas que va realizando hasta publicar El payador en 1916, tres años después de las conferencias en el Odeón. En el prólogo deja constancia de ello y alumbra la relación entre su escritura y el contexto de enunciación: “Así intento coronar ... la obra particularmente argentina que doce años ha empecé con El imperio jesuítico y La guerra gaucha; siéndome particularmente grato que esto ocurra en conmemorativa simultaneidad con el centenario de la independencia.” Siguiendo esta lógica, de 1898 a 1916, Martín Fierro —“cuyo facón habría rayado el firmamento sin temblar”— se convierte de personaje secundario en protagonista.

“Lokomá”, uno de los síntomas iniciales de esa adecuación, es la primera manifestación de una búsqueda que culminará con la consagración del gaucho como mito nacional en el Centenario. Pero es también una réplica de los versos darianos a Caupolicán, un embrión del primer modernismo de Lugones, desplazado después por lo que, para su generación, es lo “propiamente argentino”: el gaucho de El payador, el mismo que puede inaugurar la historia de la literatura argentina, un mito varonil que le sirve para conjurar más eficazmente a los “papolitanos” que la “señorita Lokomá” entregada por Roca a los franceses.

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