26 de Julio de 2017
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Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996
Sección: Reseñas Criticas / Critical Reviews

RESCATE BIBLIOGRÁFICO*

ANTOLOGÍA DEL CUENTO CORTO COLOMBIANO

Guillermo Bustamante Zamudio
Harold Kremer

El cuento corto, cuento brevísimo, minificción o minicuento, es un género literario cuyos orígenes se remontan al Lejano Oriente.  Despreciado por unos y alabado por otros ha logrado en el siglo XX un espacio propio, aún en formación, que lo ubica al lado del poema y el cuento.

Poe señaló que los atributos del cuento son la brevedad y la tensión.  Quiroga, Hemingway, Cortázar y Borges señalaron las mismas ideas: el cuento es una novela depurada de ripios, finito como una fotografía y poco adjetivado.  La brevedad, el minimalismo como algunos lo llaman hoy en día, radica en que el cuento debe ser capaz de expresar, a través de lo mínimo, la infinita complejidad del ser humano.

Esta brevedad condiciona la tensión, su armonía.  Como una flecha en dirección al blanco, el minicuento apunta hacia la evocación de un mundo subyacente que cuestiona al lector, lo obliga a múltiples lecturas y le revela situaciones extrañas, imprevistas y cotidianas.

El cuento corto se alimenta del poema, del ensayo, de la epístola, del relato, del cine, de la noticia periodística, de la tradición oral.  A veces como en los textos Habitantes de las islas encantadas de Herman Melville o 43 historias de amor de Wolf Wondratscheck, es una simple lista o enumeración.  Otras, según lo señala Angela María Pérez, es un híbrido que revela siempre una sorpresa o asombro.  Su temática destaca anécdotas, sueños, sátiras, fantasías, humor, pasajes de la historia y la literatura, recrea y adapta fábulas y mitos antiguos.  Sus rasgos históricos, la mayoría de las veces, son irreconocibles: no nos da una información sobre la época.  El tiempo puede ser fabuloso, histórico, realista.  Puede ser escrito y publicado como un poema y terminar como minicuento, según sucedió con el texto Un agujero de Héctor Rojas Herazo.  A lo largo de los siglos el minicuento ha aparecido en cosmogonías, novelas, libros de ensayos, entrevistas.  Hesíodo, François Rabelais, Pedro de Alarcón, William Faulkner, Virginia Wolf, Graham Greene, Jorge Amado y muchos otros, sin proponérselo, incursionaron en este género cuya escritura y lectura nos acerca al “instante incomensurable” del haikú.

Todo esto hace que el cuento corto sea de difícil clasificación.  Sólo se sabe que en él no cabe ni el chiste ni las divagaciones: debe ser de gran pulcritud en el lenguaje, preciso en sus imágenes, ajeno a los decorados.

En Colombia su origen es reciente.  En sus comienzos aparecía relegado entre cuentos de mayor paginaje, en rincones olvidados de revistas, cumpliendo un papel de relleno, de viñetas poco consideradas por los lectores.  Entre los años cuarenta y sesenta, escritores como Jorge Gaitán Durán, Jorge Zalamea, Alvaro Cepeda Samudio y Manuel Mejía Vallejo, publican algunos cuentos pertenecientes a este género.

Nuevas generaciones consideran su expresivo valor literario.  En 1980 los autores de la presente antología publican en Cali la revista Ekuóreo, dedicada a la difusión y fomento de narraciones breves.  A partir de esa fecha el minicuento gana algún reconocimiento y, desde entonces, el camino se amplía con publicaciones de libros, convocatorias de concursos y la aparición de nuevas revistas.

En la presente antología recopilamos una muestra representativa del cuento corto en Colombia.

* Nota Editorial: Al principio de este volumen especial, aludimos la labor pionera desarrollada por la revista Ekuóreo de Colombia. Luego de la referencia que sobre ella hiciera el desaparecido maestro mexicano Edmundo Valadés, en una difundida entrevista (“Ronda por el cuento brevísimo”, Puro cuento, 21 (1990): 28-30, Buenos Aires, Argentina) sobre el papel pionero que la misma cumplió, numerosos investigadores trataron de encontrarla, sin resultado. Gracias a un contacto logrado por la infatigable Francisca Noguerol, la RIB pudo dialogar con quienes fueron los editores de la ya desaparecida publicación: Guillermo Bustamante Zamudio y Harold Kremer. Ambos hicieron llegar a nuestra mesa de redacción un ejemplar de Antología del cuento corto colombiano (Cali, Colombia: Universidad del Valle, 1994, 179 p.) que es una selección de trabajos publicados originalmente por Ekuóreo. Sin desmedro de un futuro artículo bibliográfico que publicaremos, hemos estimado indispensable rescatar el texto introductorio de ese libro y una pequeña muestra al azar de algunos de los microrrelatos que lo integran, a cuenta de una segunda edición que está en preparación.

Mateo XIX, 24
Alvaro Agudelo Cadavid

Cuentan que Leví, hijo de Alfeo, recaudador de tributos en Cafarnaúm, gastó su tiempo en traducir la Sagrada Escritura a la lengua siríaca. En la obsesión de su tarea perdió el juicio. Sobre todo un pasaje lo atormentaba. Y he aquí que tomando a su mejor camello, se propuso enflaquecerlo a tal grado que pudiera atravesar el ojo de aguja más estrecho de todos los que había en la plaza de Genesaret.

Todos los días, cuando el sol obligaba a los peces a irse al fondo del lago, Leví empujaba el camello por el ojo. Llevaba semanas en el afán, cuando la anciana Sarvia, embozada en su chal negro, se le acercó y le dijo: “¿Acaso no te das cuenta, buen hombre, que el animal no pasa porque el espesor de su propia sombra se lo impide?”

Es fama que esa noche Leví y su camello pasaron por el ojo camino al cielo.

El soldado del emperador
Gabriel Alzate

El Emperador dijo: “Aquel que sea capaz de recorrer la gran muralla con sólo un escudo como parte de su atavío y una bolsa con vituallas hasta llegar al fin, tendrá el amor de mi hija la princesa”. Un soldado asintió y comenzó su recorrido. No bien hubo empezado, entendió que el Emperador omitió mencionar el resto de la prueba: desde cada torreón de la muralla, donde estaban apostados los guerreros más diestros, le lanzaban flechas mortales. El soldado movió su escudo, corrió silencioso y enloquecido días y noches esquivando la muerte que silbaba en sus oídos. Al cabo de un tiempo se cansó y se detuvo dispuesto a morir. Entonces un hombre se acercó, le hizo entrega de un arco y un carcaj con flechas y le dijo: “Tareas hay muchas. Todos éstos que han disparado contra ti fueron, en algún momento de sus vidas, pretendientes de la mano de la princesa. Ahora te corresponde esperar a los que vendrán”.

Parte de guerra
Octavio Javier Bejarano

Hastiado de rascar y rascar sobre el brazo, tomó el hombre una lupa y escudriñó en el punto rojo que se insinuaba en el sitio del escozor. Al acercar su ojo al cristal y el cristal a la epidermis vio, aterrado, el barco alejarse en el hilillo de sangre que corría por el antebrazo. Al intentar detallar más clavando su mirada, un disparo de cañón estalló contra la lente que, al saltar en mil pedazos, sacó de su órbita el ojo del intruso.

Juego Genial

Guillermo Bustamante Zamudio

Las enciclopedias constatan la inconsistencia de las versiones sobre el origen del ajedrez.  Queda claro que tal diversión no tuvo un origen único y que, gracias a un proceso de transformación constante, llegó al estado en que hoy lo conocemos, con sus ingeniosas e infatigables posibilidades.

Parte de dicho proceso es la desaparición de una pieza que antes disfrutaba de funciones específicas.  Hoy conocemos parejas de alfiles, caballos y torres, además de peones, rey y dama.  Pues bien, antes, entre el alfil y la dama, existía otra pieza: el gato.  Uno solo era suficiente.

El gato no tenía reticencia en orinar el vestido de la dama, desobedecer al rey, hacer mofa de la solemnidad del alfil, empujar a los peones en formación, arañar al caballo y realizar ágiles cacerías de pájaros o baños de sol encima de las torres.  Era muy difícil sorprenderlo en la contienda.  Debía ser eliminado siete veces.  No avisaba jaque.  Tomaba piezas en cualquier dirección como resultado de perplejantes saltos acrobáticos.  En el gato del otro bando no veía un enemigo, era frecuente encontrarlos en rochela hacia el centro del tablero.

Tan maravillosa pieza del ajedrez se sacrificó, no sin sonoras quejas -y pese al respeto que culturas orientales brindan al animalito-, a nombre de la seriedad que hoy caracteriza al juego.

Los dos sables
Fabio Jurado

El sultán, con su sable corto y corvo, subía presuroso los escalones que lo conducirían a la alcoba conyugal. Al detenerse en el alféizar respiró hondamente y una lágrima rodó hasta los suaves velos de su bigote gris. El anuncio de la sibila lo había inquietado. Un hombre con su parecido, su mismo porte... Abrió con violencia la puerta y alumbró con sus ojos toda la extensión del cuarto hasta estrellarse con dos figuras prosopopéyicas que adornaban la cama de madera. De improviso se vio a sí mismo abrazado a ella. Le vino el alma al cuerpo. Era su hijo. “Gracias Alá”, dijo y después se sentó a llorar. La llegada del alfaquí fue innecesaria.

La primera ley
Harold Kremer

Cuentan que en la provincia de Shangai, vivió en tiempos remotos un rey poderoso y sabio llamado Shu Tse-ning.  Shu, sin herederos a la vista, se lamentaba constantemente de no encontrar entre sus súbditos a un sucesor digno de su cargo.  Un día, paseando por los jardines de su palacio, un pordiosero que había burlado la vigilancia le solicitó una limosna.  Shu Tse-ning lo llevó en secreto a sus aposentos y lo hizo lavar y cambiarse de vestidos; luego lo sentó con él a comer y lo obligó a permanecer en sus habitaciones.  Esa noche decidió que el pordiosero sería su sucesor y que emplearía el resto de sus días a enseñarle a gobernar, a manejar el sable, a recitar los sutras y a reverenciar los secretos del cielo.  Al cabo de varios años el pordiosero se convirtió en un aventajado alumno: poco a poco fue adquiriendo los ademanes, la mesura, sabiduría y poder de su maestro.  Cuando los dos meditaban sobre la naturaleza original de las cosas, parecían uno solo.  El pordisero demostraba sus conocimientos y su prudencia ejecutando importantes decisiones de Estado.  Un día el rey decidió poner la última prueba; lo vistió con sus mejores trajes y le encomendó cumplir con los deberes de gobernante mientras él aguardaba en sus habitaciones.  “Hoy dictarás tu primera ley -le dijo-.  Con ella demostrarás si eres digno de lo que te he dado y digno de sucederme”.  Transcurrido poco tiempo el nuevo rey entró a la habitación escoltado por un grupo de soldados.  “Mátenlo -ordenó-. Es un impostor!” Entonces el rey se levantó y, antes de morir le entregó el trono.

El centauro insólito
Jaime Lopera Gutiérrez

Un centauro no tiene validez científica, carece de una descripción definitiva. A medida que progresa nuestro conocimiento de la naturaleza humana y de la anatomía equina, no hay duda que el centauro empieza a ser una cosa impensable, una percepción que se niega a sí misma.

Pero ahí estaba, enfrente mío, con su mirada doliente y obligándome a razonarlo.

Sueño del fraile
Alvaro Mutis

Transitaba por un corredor y al cruzar una puerta volvía a transitar el mismo corredor con algunos breves detalles que lo hacían distinto. Pensaba que el corredor anterior lo había soñado y éste sí era el real. Volvía a transponer una puerta y entraba en otro corredor con nuevos detalles que lo distinguían del anterior y entonces pensaba que aquél también era soñado y éste era real. Así sucesivamente cruzaba nuevas puertas que lo llevaban a corredores, cada uno de los cuales era para él, en el momento de transitarlo, lo único existente. Ascendió brevemente a la vigilia y pensó: “También ésta puede ser una forma de rezar el rosario”.

La fuente de la eterna juventud
Jairo Aníbal Niño

Y cuentan que don Gonzalo Fernández de Vivar y Montero, durante la Conquista, buscó afanosamente por estas tierras la fuente de la eterna juventud. En medio de los pantanos, en la selva, en los páramos, registró el aire, oteó el lugar donde nacen las aguas, e investigó de boca en boca las viejas leyendas. En su caballo pinto vagó muchos años por estos lugares hasta que un día percibió un pequeño cambio; algo así como un anuncio, como un signo. Una transformación del aire, del color de los árboles, del olor del agua. Avanzó hasta un claro del bosque y presenció un espectáculo que lo dejó maravillado. Un tigre, corpulento y feroz, rugido manchadoanaranjado, las garras poderosas y fuertes, el ojo girando, buscando el colmillo donde hincar y destrozar, frente al enemigo que lo esperaba sereno con un algo de quietud en el cuerpo. El tigre gigantesco dio un salto en el aire, rugió, cayó levantando la hojarasca, viró presto a continuar el ataque, hasta que sintió el feroz golpe, la mortal desgarradura, la sangrienta herida en el vientre. La libélula había hecho presa de él; le había dado el golpe mortal y el tigre empezó a morir bajo la vibradora luz de sus alas. Don Gonzalo acarició su barba de 95 años de longitud, espoleó el caballo y penetró en la floresta húmeda. Y aquel día de gracia de San Martín, en medio de frescas hierbas, con pájaros dorados dando vueltas de carnero en el césped, con roedores de ojos plateados durmiendo la siesta en sus orillas, encontró la fuente de la eterna juventud. Bajó de su caballo pinto y, tembloroso, hincó la rodilla en tierra, declarando esa fuente propiedad de Fernando e Isabel de Castilla, sacó de su armadura el gran escapulario obsequio del Papa, penetró en la fuente, avanzó mientras entonaba cantos de alabanza a Dios y María Santísima y murió ahogado en las turbulentas aguas.

Pesadilla
Humberto Senegal

El niño despertó, gritando horrorizado: “¡mamá, mamá, soñé que estabas viva!”

La madre, como todas las noches cuando escuchaba llorar a su espantadizo hijo, acudió a consolarlo, flotando imperceptible y ligera por el amplio cuarto adornado todo con espejos quebrados.

La visita
Javier Tafur González

Tocan a la puerta. Seguro es la misma persona que vino ayer, que vino anteayer, que ha venido todos estos días, que me asedia y me fastidia. Iré a abrirle. Seguramente se sentará en mi silla, cogerá mis libros, fumará en mi pipa. Antes de abrirle me asomaré a la ventana. Sí, ya lo veo, allí está. Ciertamente es el mismo. Puedo demorarme un momento pero volverá a llamar. Terminará por entrar. Lo que me sorprende es que desaparezca cuando entra y siempre sea yo quien hace sus movimientos.

Arcano
Jaime Alberto Vélez

Sólo al acercarse al patíbulo se supo que aquella mujer, que tenía fama de ser bruja, era tan solo una cándida adolescente. De modo que al observar la belleza de su rostro recién descubierto, todos, dudando de la acusación, quedaron conmovidos por su hermosura y decidieron devolverle su libertad, que así, en tres tribunales distintos, había obtenido como por arte de magia.