23 de Junio de 2018
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Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996
Sección: Reseñas Criticas / Critical Reviews

José MARTÍ. El presidio político en Cuba. Último Diario y otros textos. Edición y estudio preliminar a cargo de Celina Manzoni. Buenos Aires: Biblos, 1995.

He aquí un libro que revela aspectos importantes de la vida académica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, a la par que encierra un significado singular, no sólo para los estudiosos de las letras latinoamericanas, sino para un historiador interesado, como quien este escribe, en la Europa moderna clásica o en la cultura de la América colonial (aún cuando el Nuevo Mundo sea visto siempre como una suerte de altera Europa por el comentarista).

1. La obra que reseñamos es un producto nuevo del trabajo que, en el marco del Instituto y de la cátedra de Literatura Latinoamericana, desarrollan la profesora Celina Manzoni y su equipo. De esa labor hemos tenido, ya el año pasado, otro ejemplo equivalente e interesante por igual en El mordisco imaginario, un libro dedicado a la creación crítica del ecuatoriano Pablo Palacio1 . En ambos casos, se trata de resultados bibliográficos de excelencia, obtenidos a partir de las investigaciones y los seminarios internos que suelen preceder a la enseñanza de esos mismos temas en la materia de grado. Este hecho pedagógico, científico y erudito, de una asociación tan íntima de las tareas de investigación superior y de docencia en el grado, es poco frecuente en la Facultad y por ello merece que se le subraye. Por otra parte, los materiales reunidos en el volumen que nos ocupa tienen una trascendencia particular para el desarrollo de los estudios martianos, pues disponemos allí de varios elementos que enriquecen nuestro conocimiento director de la obra de Martí y nuestras visiones críticas: el estudio preliminar de Manzoni; el primer texto significativo del escritor cubano (El presidio político); los dos últimos que él redactó durante la guerra de la independencia de la isla (estos dos convertidos en uno por la compiladora —Último Diario lo llama sobre la base de un criterio fundado en la cronología, en el estilo y en los propósitos de ambas piezas); la carta del poeta-patriota a Manuel Mercado; el debate sobre la recepción de estas obras de Martí hasta 1930 (con los aportes principales del Dr. Ette y de la propia Celina) y, por fin una selección de la crítica martiana correspondiente a los años más activos de la vanguardia en Cuba (1926-29).

2. Pero, como decíamos al principio, la totalidad de este libro plantea a un historiador de la cultura o a un profesor en letras, interesado en la sociología de la literatura, un dilema principal del debate de las ciencias sociales en nuestros días. ¿Cuál es la relación entre texto y realidad histórica, entre aquello que, en términos de José Luis Romero, podríamos llamar la narración de la vida histórica vivida y la propia vida histórica viviente en el pasado?2 Nadie abriga dudas acerca de la persistente opacidad de ese vínculo; sin embargo, ello no obsta para que haya aún quienes creemos en una aprehensibilidad posible de la realidad como un todo y pensamos que lo real es bastante más que una red de textos. Son precisamente escritos del tipo de los de Martí, pertenecientes por completo y de manera evidente al mundo construido de la literatura, los que sin embargo transcienden la trama textual para insertarse en la existencia social más allá de lo simbólico, creando una malla nueva y concreta de relaciones entre los hombres. Celina parte, por supuesto, de la escritura, de los “caminos de papel”; es ella quien nos recuerda cómo Martí señalaba mediante esa expresión su conciencia de la intimidad y, a la vez, de la separación entre el camino de la poesía y el de la acción corporal de la política. Adquiere entonces un nuevo valor el sentido del testimonio en el discurso martiano, pues su forma de transmitir la memoria hace posible que se transparenten, a grandes distancias del espacio y del tiempo, las experiencias colectivas del presidio y de la guerra.

Manzoni corona su análisis descubriendo en las páginas iniciales y finales del Cubano el proceso de construcción de un yo poético que es también un yo histórico, merced a lo cual cabe colocar la obra testimonial de Martí en la gran secuencia que se desprende del hallazgo reciente de François Hartog: la constitución del sujeto en y por medio del relato historiográfico ha sido una de las peculiaridades y constantes de la civilización occidental a partir de la distinción clásica entre griegos y bárbaros que realizó Heródoto3 . Pero volvamos a nuestra pregunta del comienzo de este apartado. ¿Qué hay del texto y de la historia vivida? Las teorías de Roger Chartier y de Louis Marin acerca de las representaciones y sus conflictos pueden echar alguna luz sobre el problema. Chartier ha destacado4 hasta qué punto los trabajos de Marin en torno a la especificidad y al poder característico de las imágenes han terminado por exhibir con fuerza la irreductibilidad del mundo respecto de los textos5 . Y no sólo que las representaciones se diferencian y apartan las unas de las otras cuando muestran lo representado, sino que esos mismos apartamientos nos permiten vislumbrar el subsuelo sobre el cual aquéllas se han tendido, un substrato cuya materia es la coerción de los cuerpos y la violencia. De tal modo, Chartier y Marin han restablecido, en nuestros términos de hoy, la ya secular teoría moderna de la esencia encubridora de la civilización, cuyas múltiples variantes encontramos en la historia del pensamiento europeo desde Lutero, Montaigne, Hobbes y Rosseau hasta Marx, Nietzsche y Freud.

Ahora bien, si algo significa los textos de Martí, ello es el desvelamiento de la crueldad bruta, física, del dolor de la carne y de la violencia, a los cuales las representaciones tienden a transformar en meros enfrentamientos de discursos. Si tomamos las figuras del viejo Nicolás del Castillo y del joven Lino Figueredo en El presidio, ¿hay acaso construcción literaria más evidente que ellas? Y sin embargo, esos relatos desgarran la escritura para dejarnos ver directamente el noumeno de la realidad histórica. Una vez más, el viejo Goethe parece haber tenido razón, pues los historiadores científicos nos anegamos en el gris de las teorías mientras los poetas y los artistas resultan ser más aptos que nosotros para hacer crecer ante los sentidos de los hombres el árbol verde de la vida.

Universidad de Buenos Aires
EMILIO BURUCUA

Buenos Aires, Argentina
1. El maravilloso ensayo de Juan Armando Epple se titula, precisamente, “La otra voz: el discurso memoralístico de la mujer en Chile.” Le agradezco el préstamo.
2. Pienso en la antología sobre el testimonio, The ‘Real Thing’ (Duke 1995), Reading North By South de Neil Larsen (Minnesota 1995), y Teaching and Testimony: Rigoberta Menchú and the North American Classroom. Allen Carey-Webb and Stephen Benz, Eds. (SUNY 1996).