23 de Enero de 2018
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Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996
Sección: Reseñas Criticas / Critical Reviews

Marcos AGUINIS. Todos los cuentos. Buenos Aires: Sudamericana, 1995. 319 p.

Esa maestría novelística que ha jerarquizado la obra de Marcos Aguinis con numerosísimos galardones de proyección internacional ahora se reparte en 19 cuentos, cada uno muy consciente del patrón estructural que da expresión propia y placer a la narrativa breve.

Distribuidos en dos secciones, y siempre consecuentes con la fórmula: principio, medio y desenlace inesperado, estos relatos nacen impulsados por una conciencia humanística abierta a las inquietantes y dolientes vivencias del ser humano y ávida de ilustrarlas ficcionalmente. Al servicio de esta pauta inventiva, surgen cuentos de penetrante contextura psicológica y, como en “El homenaje”, de sobrecogedor impacto. Gestado en forma contrapuntística, en este relato el crecendo trágico de la trama se insinúa, paso a paso, con metronómica inexorabilidad. Contrastada con la inocente credulidad del pequeño Isaac, la descripción de la liturgia pírica, fragua una visión del “homenaje” religioso no menos escalofriante que las aquelárricas pesadillas de Goya. Concebido en esta misma vena de intensidad dramática, en “Pentagrama de fuego” la obsesión pedagógica de un maestro de piano, célebre por su tutoría musical que “absorbía al discípulo hasta metamorfosearlo en una voluntad concentrada” (132), se convierte en el estímulo que acelera la demencia de su pupila más dotada. Aún sin contar con las inescapables y sobrias reflexiones que desata cada tema, ambos relatos merecen distinción aparte por el dominio narrativo ejecutado por Aguinis con estremecedor efectivismo descriptivo.

El imaginario del autor también tiene muy en cuenta los conflictos y vicisitudes del amor connubial. Devoción sin par, erotismo excéntrico e infidelidad burlada son temas que, abordados con supremo ingenio transmutan asuntos convencionales en materia primigenia. En “Lejos del Parnaso”, la mitología es el punto de referencia en la historia de la abnegada Mónica, musa perseverante en el cumplimiento de la vocación poética de su esposo. En “La torre del amor” las exigencias del tálamo conyugal se cumplen en un recinto, réplica arquitectural de un mirador babilónico, erigido por su esposo obsesionado por las prácticas eróticas de antiguos cultos paganos; pero, lo que parece ser un antojo quimérico revela, en el ajuste final, una situación matrimonial muy humana. Mientras que en “Soberbios ojos azules”, una joven adepta en maquinaciones sutiles, maniobra el traspié sexual de un buen hombre de familia, quien cautivado por sus incomparables ojos, azules “como pedazos de cielo profundo” (80), al cabo, es la víctima de un engaño bochornoso.

En tanto que “Delicioso milagro de Cuesta Brava” delínea otra vertiente de amor: un amor al prójimo que desatiende los dictados de una ortodoxia rígida. Aquí, un sacerdote urde el simulacro de un milagro con el robo de un cofre de joyas, con tal de rescatar a su comunidad de la indigencia.

Tampoco le rehuye Aguinis al chispazo cómico o satírico. En “Operativo siesta”, el triángulo familiar: esposo, esposa y suegra es explotado con risibles consecuencias dentro de un escenario repleto de equívocos que, aunque lógicos en la realidad, pierden su verisimilitud y adquieren visos siniestros en la versión periodística.

El rótulo “Siete variaciones sobre el tema de Jonas” da vigencia a la cuentística de la segunda parte de este volumen. En estos relatos, más extensos que los anteriores, el versículo bíblico que encabeza cada uno de ellos funciona como puntal alegórico de las contingencias narrativas. Asimismo, el humor y la gracia, esta vez con sesgo mordaz, vuelven a infiltrarse en el contexto de varios de ellos. En “Las iniciativas del sepulturero”, la prosperidad de Villa Mandarina depende del “negocio necrofílico” (200) que rinde el fluir ininterrumpido de colectas para sepelios. Cuando éstas disminuyen por falta de muertos, el sepulturero se las ingenia para que “el ritmo de entierros” vuelva “a la normalidad” (204). Por su parte, “Importancia por contacto” ridiculiza genialmente al cazador de celebridades, esa índole de persona que sustenta su ego con la fama y la identidad ajena porque la suya carece de lustre.

Otra dirección en la serie de estos cuentos es la compenetración psicológica de carácter políticamente y éticamente conflictual. Por ejemplo, en “Consorcio en la tempestad”, el recelo colectivo que se apodera de los habitantes de un edificio de departamentos es, sin duda, una aproximación alegórica de la Argentina represiva y “sedienta de víctimas” (182).

Pero la fuerza imaginística de Aguinis no se conforma con indagar la problemática de la esencia humana y plantearla con sondeos psicológicos de absorbente poder analítico, puesto que también se deja cautivar por el deleite estético; a menudo, este se cuela engarzado en frases cortas como ésta: “Era tartamudo, sus greñas sucias flotaban como alas y corrían más rápido que un buscapiés” (57); o bien, en imágenes impresionistas listas a dar realce sensorial a la nota descriptiva: “Y en lo alto de la casa se erguía la torre hosca y alucinante; injertada como un dedo ciclópeo que apuntaba locamente hacia las nubes” (147).

Tanto por sus trasuntos dramáticos, con frecuencia en procura de hondas reflexiones con fin ético y moral, y por su expresividad airosa cuajada de metáforas inusitadas, Todos los cuentos reitera con honores la universalidad del género al tiempo que se conquista un nicho permanente en la cosmovisión cuentística.

University of Miami
NÉLIDA GALOVIC NORRIS

Miami, U.S.A.