20 de Enero de 2018
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<<Biblioteca Digital del Portal<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB) 1996, No. 1-4<<Artículo

Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996

INTRODUCCION

Los tres autores, cuyas obras se analizan en este trabajo, son todos contemporáneos, aunque de los tres sólo Luis Britto García —por haber sido seleccionado dos veces para el premio “Casa de las Américas”— ha logrado reconocimiento fuera de Venezuela. Actualmente, ese país es uno de los más prolíficos en cuanto al cuento breve y, de los numerosos escritores que lo practican, Gabriel Jiménez Emán, Eduardo Liendo, y Luis Britto García se destacan por su continua e interesante tradición artística dentro del subgénero.

El cocodrilo rojo de Liendo (1987), Los dientes de Raquel, (1973) y Los 1.001 cuentos de 1 línea (1981) ambos de Jiménez Emán, y La orgía imaginaria (1984) de Britto García, son cada uno colecciones de textos únicos de alta calidad, y comparten semejanzas temáticas y estilísticas. Cada uno de estos autores demuestra una predilección por la creación de mundos imaginativos y por insertar elementos fantásticos e inquietantes en una realidad familiar y cómoda. De esta manera, el lector se ve forzado a emplear su imaginación al ingresar a la lectura y tiene que ser rápido y flexible para poder asimilar estos mundos nuevos y extraños y poder trabajarlos antes de que termine el texto. Debido a la desfamiliarización de la realidad presentada en la obra se crea una distancia que se mantiene a lo largo de toda la lectura del cuento, ensanchando el abismo entre texto y lector y dejando a este último con mayor potencial para una doble experiencia interpretativa e interactiva.

Otra característica común a estas cuatro colecciones de cuentos breves es el final sorpresivo o con un giro insólito, o poco agradable, o la revelación repentina de algún hecho o idea que clarifica un aspecto diferente sobre los eventos narrados. Por eso, con frecuencia los finales de los textos parecen inconclusos; ya sea porque la nueva información es desconcertante y no parece llevar a la anécdota a una solución obvia, o porque sirve para lanzar una dirección totalmente nueva por la cual el cuento podría continuar desarrollándose. En ambos casos, se exige claramente una contribución creativa por parte del lector. Nuestra inclinación más fuerte es, de alguna manera, el descubrir una conexión entre estos finales discordantes y enigmáticos, y el resto del texto, porque nuestra experiencia como lectores nos ha condicionado a esperar que un texto de ficción en prosa es una figura geométrica cerrada en la cual las situaciones que se desarrollan durante el proceso de la narración logran, ya para el final, algún nivel de solución. Los cuentos de misterio son, por supuesto, por su género, los que están en el extremo de la escala, y que siempre exigen una solución final. Aún en la literatura más experimental y no tradicional, donde los finales pueden ser más ambiguos e indefinidos, las preguntas que surgen en la narrativa tienden a ser retomadas y resueltas al concluir. Es por eso que el lector de los cuentos breves de Jiménez Emán, Liendo, y Britto García estarán esperando que las redes echadas en el transcurso del cuento sean recogidas y que el lector haga el esfuerzo por desmitificar los finales perplejos para obtener una comprensión más hermética del texto.

Finalmente, la otra área en común entre los cuatro libros aquí nombrados son sus estilos y estrategias narrativas especialmente en el nivel formal. En el cuento breve moderno latinoamericano los recursos formales son de gran importancia debido a la influencia que pueden ejercer en la interacción del lector con el texto y por eso se los examina con más detalle.