19 de Enero de 2018
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<<Biblioteca Digital del Portal<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB) 1996, No. 1-4<<Artículo

Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996

Gabriel Jiménez Emán: ¿qué extremo está para arriba?

Gabriel Jiménez Emán, hombre profundo con una seria pasión por la literatura, nació en Caracas en 1950 y pasó su adolescencia en San Felipe en el estado de Yaracuy, desde donde viajó a la ciudad de Mérida para estudiar literatura. Al terminar sus estudios universitarios Jiménez Emán salió para Barcelona, España, donde vivió cuatro años y comenzó lo que luego sería una sostenida producción literaria. Muchos de sus primeros ensayos sobre literatura fueron publicados en revistas españolas, especialmente en Quimera para ser más tarde recopilados y publicados en su libro Diálogos con la página.

De regreso a Mérida continuó con su actividad en la escena cultural colaborando en periódicos y revistas, y dirigiendo un taller literario en la Universidad de los Andes por un par de años, luego de cuyo período regresó a Caracas a trabajar en la Cancillería. Actualmente, sin embargo, se dedica exclusivamente a las artes literarias, contribuye regularmente a la mayoría de los diarios y revistas literarias publicadas en la capital y redacta una columna semanal, “Las lecturas al azar”, para la edición dominical de uno de los diarios venezolanos de mayor difusión: Las últimas noticias.

Jiménez Emán ha publicado un gran número de libros desde Narración del doble (poemas en Prosa) en 1968 a Relatos de otro mundo en 1987. Una lista completa de sus obras publicadas incluiría Los dientes de Raquel (cuentos, 1973), Saltos sobre la soga (cuentos, 1975), La isla del otro (novela, 1978), Los 1.001 cuentos de una línea (cuentos, 1980), Materias de sombra (poesía, 1982, ganador del premio Monte Ávila en ese género) y Diálogos con la página (ensayos, 1984). Además, es traductor ávido de la poesía británica y norteamericana moderna y ha trabajado en los poemas de Brian Patten, Bob Dylan y John Lennon.

Como se puede observar por las fechas de publicación de los dos libros que vamos a examinar, Los dientes de Raquel y Los 1.001 cuentos de una línea, Gabriel Jiménez Emán ha tenido un continuo interés en el estilo del cuento breve y su potencial literario. Su colección de cuentos Relatos de otro mundo es una combinación de cuentos breves y cuentos largos. El subtítulo dado a esta sección apunta a reflejar el tema que predomina en estos dos libros: la confusión que reina cuando se echan abajo las distinciones entre mundos aparentemente contrarios. Sin duda, los tres epígrafes que Jiménez utiliza como prólogo al comienzo del primero de los nombrados, son indicios muy ciertos de lo que el lector tanto en los Dientes como en Los 1.001 cuentos puede esperar encontrar más adelante.

El primer epígrafe es de Séneca (“Epístolas a Lucilio”, 13) y sugiere la idea que la fantasía tiene un impacto más perturbador en nuestra sensibilidad que la propia realidad. De este modo avisa al lector que los siguientes textos son obras de fantasía que van a resonar profundamente en nuestro interior. Debajo de ese epígrafe, aparece el poema de John Keats “Fancy” y lo que posiblemente sea más significativo es el verso “At a touch sweet Pleasure melteth,” que parece avisarnos que el placer y la imaginación no van a coexistir aquí. Los cuentos de fantasía pueden ser muchas cosas, pero más inquietantes que dulcemente placenteros. El último epígrafe es una traducción de Robert Escarpit, el filósofo francés. El pasaje es fascinante por las muchas cosas que revela. Prefigura el tema predilecto de Jiménez Emán, las fronteras indeterminadas entre lo real y lo imaginado. Nos anuncia los cambios venideros, los incansables cambios de vientos que van a derribar el tranquilizador pero frágil status quo. Habla también de la noción de la participación del lector: “Cada uno descubrirá su soledad y todos descubrirán su extrañeza”. En otras palabras, dice a los lectores que será nuestro trabajo el descubrirnos a nosotros mismos en los próximos textos.

Aunque Jiménez Emán explora una variedad de temas en Los dientes de Raquel y Los 1.001 cuentos, el que más le intriga es discernible en los cuentos donde los sueños se mezclan con el desvelo, la vida con la muerte, es decir, los cuentos donde nuestras expectativas sobre estos estados (¿diferentes?) se cuestionan y donde los lectores nos debemos esforzar por determinar en qué creemos. Un ejemplo de esta preocupación temática se ve en el cuento breve “El juicio” de Los dientes de Raquel. El personaje principal está esperando el fallo de un grupo de jueces que lo miran con “miradas.... clavadas negramente en él”. El veredicto se pronuncia: “Lo condeno a vivir para siempre —dijo uno de los esqueletos” (15).

El giro imprevisto de esta última oración destrona en el sistema de valores del lector la primacía de la vida sobre la muerte. La nueva perspectiva en la que estos valores se sitúan nos hace ver que quizá una razón porque estimamos tanto la vida es simplemente porque ésa es la condición en la que actualmente nos encontramos. En el mundo de los esqueletos, sin embargo, es la muerte lo que se conoce y por eso es lo que más se desea. Lo que no se desafía en “El juicio” es la noción que ninguna de las dos, la vida o la muerte, sea exactamente un duro castigo porque nos roba uno del otro; en cambio, simplemente se cambian las perspectivas para que el lector experimente confusión sobre la verdadera naturaleza de cada una.

Esta inseguridad temática entre el estar vivo o muerto, dormido o despierto, es común aproximadamente a un tercio de los cuentos breves en Los dientes de Raquel y Los 1.001 cuentos. Para Jiménez Emán, el reino de los sueños es el nexo que vincula numerosas posibles realidades. Es la zona gris donde las fronteras se disuelven y las puertas se abren a nuevos mundos. El narrador en “Un simple chapuzón en el mar” de Los 1.001 cuentos (74) describe el ser despedazado por tiburones y observa las partículas minúsculas de su carne flotando en las aguas profundas del mar, uniéndose a la vida marina, sin embargo, un poco después él explica cómo lo sacaron entero del mar, su intento de suicidio frustrado. Tanto en “Calor” como en “Documento de muerte” (Dientes, 19-49) los narradores cuentan cómo experimentaron sus propias muertes, y las preocupaciones triviales que los atormentaban después, cómo estar mejor preparados para cuando vuelva a aparecer la muerte. Los protagonistas masculinos principales en “Potens” y “Nuevo miembro de la familia” en (Los 1.001 cuentos, 53 y 47) son capaces de tener experiencias sexuales durante el sueño, la inconsciencia y aún la muerte que de otra manera les serían inalcanzables. Y la mujer en “El cuadro en el estanque” (Los 1.001 cuentos, 41) se desliza de manera imperceptible de una realidad a otra; cae exhausta en su cama mientras mira una pintura de una mujer sentada en el césped al borde de un arroyo. El narrador describe con gran fluidez la cama blanda y atrayente, los sonidos de la brisa fresca, las flores delicadas, las aguas cristalinas. Los dos mundos están entremezclados en la bruma, separados, pero uno solo. Y tal como ocurre en todos los textos de Jiménez Emán que comparten esta cualidad indeterminada, cada instancia de pasar de un lado a otro crea una puerta abierta, un abismo por el cual el lector puede entrar en el texto y forjar su propia interpretación, contestándose a sí mismo la pregunta ¿cuál es el final?

Muchos de los cuentos breves en estos dos libros comparten otra característica espiritual semejante a la ambigüedad de la vida y la muerte, es decir, concretamente la imagen del espejo eternamente reflejado que se ve en los temas y estructuras de un número de textos como éste:

Los dientes de Raquel
Raquel mordió una manzana y todos sus dientes quedaron en ella. Fue a su casa con la boca sangrando a avisarle a su mamá. La mamá vino corriendo asustada a buscar los dientes de Raquel, y cuando llegó, los dientes se habían comido la manzana.
La mamá quiso recogerlos, pero los dientes se levantaron y se comieron a Raquel y a su mamá.
Después, los dientes volvieron a la boca de Raquel, quien muy hambrienta corrió a pedirle a su mamá que le comprara una manzana (Los dientes de Raquel, 61).
En este cuento breve el potencial infinito de la trama vuelve sobre sus pasos indicando la inexplicable mezcla de la realidad con la irrealidad, y el hecho de que el texto no da ninguna indicación clara sobre cuál de las situaciones de Raquel es la “verdadera”,  inicia en el lector un proceso de cuestionamiento de su propio criterio por la interpretación y comprensión de los hechos que lo rodean.

En el cuento “El soñante” (Los 1.001 cuentos, 43) se describe una situación de pesadilla, un cuento que nos hace recordar “Continuidad de los parques” de Cortázar. El personaje principal identificado sólo como “señor” experimenta la siguiente serie de hechos reflejados:

1) Pasa una noche terrible, intranquila pensando en que tiene que levantarse temprano a la mañana siguiente para tomar un avión.

2) Sube al avión a las 6:00 de la mañana e inmediatamente se duerme en su asiento y sueña que se está despertando para tomar el avión después de una noche muy intranquila. Lo pierde, sin embargo, llega justo a tiempo para saludarlo mientras despega.

3) Vuelve a su cuarto, se duerme y no recuerda ningún sueño, se despierta muy descansado y sale a comprarse un café y el periódico.

4) En el periódico, lee sobre un accidente de avión, y con gran horror se da cuenta que ése era el vuelo en el que él supuestamente debiera haber estado.

5) Con el periódico en la mano, va al aeropuerto, sólo para que le digan que está equivocado, que no hubo ningún accidente. El empleado le dice que tiene que haber estado soñando.

6) Entonces, se da cuenta de que sí estaba soñando, y justo se despierta en el momento en que el avión empieza a caer para estrellarse.

¿Cuál fue el sueño? ¿Será que el hombre termina siendo otra fatalidad aérea o es que todavía está en la cama soñando pesadillas? ¿Dónde termina un mundo y dónde comienza el otro? El estilo de la trama se desdobla infinitas veces y cada evento abre la puerta a una consecuencia, que produce otra y así sucesivamente, tal como en el jardín de los senderos que se bifurcan de Borges. El narrador se niega a tomar la autoridad para llenar los vacíos de comprensión o decirnos donde se dibujan las líneas divisorias. Eso será tarea del lector. Tomando en cuenta que los cuentos breves de Jiménez Emán son densos e indeterminados, muchas veces una condición fuertemente agravada por su condición escueta, ese “espejo infinito” puede verse como si nos brindara la posibilidad de extensión. La repetición interminable continúa el cuento en la mente del lector, y al volver a pasar por cada ciclo también se vuelve a revivir y experimentar todos los demás elementos de la trama, estructura y estilo magnificando de ese modo su impacto original y aún destacando o solidificando su significado.

La alienación del ser es otro tema frecuente en los cuentos breves de Los dientes de Raquel y Los 1.001 cuentos de 1 línea. En muchos cuentos hay ejemplos en la relación distante que tiene un personaje con un objeto o parte corporal que existe parcial o completamente independiente del mismo. “El hombre de los pies perdidos”, “Mis pantalones sin mí”, “El televisor y las noches”, “Señora de manos muy hermosas” y “El sombrero del turista” son todos cuentos dentro de esta tipología. En otros textos, presenta la alienación como una separación esquizofrénica en más de una faceta o componente de la psique del individuo. Este tema aparece en dos cuentos excelentes: “El triángulo” y “Perseguidor invisible”. En ambos casos, el narrador observa y describe las acciones de otro, sin embargo, ya para el final, todos los indicios indican que tanto uno como el otro son el mismo ser.

Este tema de la divisibilidad, en cierto sentido, se reproduce en el acto de lectura, si se acepta la idea de que el lector participe de un texto tanto emocional como intelectualmente, en especial, cuando proporciona él mismo el material para llenar los vacíos. Toda la experiencia lectural resulta de las contribuciones de distintas partes.

Otra forma en que los cuentos breves de Jiménez Emán motivan la participación del lector es a través de los giros inesperados de la trama, que son una característica distintiva de su estilo narrativo. Utiliza cuatro recursos para sorprender y desafiar al lector —la desfamiliarización, la inversión, la sorpresa y lo fantástico— que se examinarán brevemente en los siguientes párrafos.

Muchos actos cotidianos, como cobrar (“Juan y su salario”), el ir de compras (“El coletazo”) y el golpearse el dedo en una puerta (”La señal en la uña”) están desfamiliarizados en las páginas de los libros de Jiménez Emán, aislados y examinados por ojos totalmente diferentes. Por supuesto, los lectores proporcionan su propia comprensión de estos fenómenos del texto y la combinación de estas perspectivas disímiles dan lugar a una nueva y única experiencia de lectura.

Las jerarquías tradicionales de autoridad se invierten en “Última hora”, donde un periodista analiza y juzga a un científico. También figura la inversión en el cuento ya mencionado, “El juicio”, uno de los tantos en que la vida es la pena y la muerte es la recompensa. Otra trama invertida se revela, en forma muy interesante, en el “Jorobado”, donde el amigable jorobado sufre soledad y desesperanza inaguantables una vez que los moradores del pueblo dejan de burlarse de manera cruel e insensible.

La aparición súbita de parte de una información totalmente sorprendente y no anticipada, ocurre comunmente en estos cuentos breves. Ya se han hecho todos los preparativos para los funerales del personaje principal en el cuento “Julieta”, pero “en el momento en que iban a enterrarla, Julieta salió de la urna y dijo: ‘Yo no he muerto’ y todo el mundo se murió (Dientes, 13)”. Sorpresas de esta índole son frecuentes en las obras de Jiménez Emán. El lector aprende rápidamente a no relajarse, a no tomar nada por sentado o a primera vista y, especialmente, a no llegar a conclusiones sobre el cuento hasta alcanzar su final. Intencionalmente o no, ésta es una forma de asegurarse que el lector preste especial atención a través de todo el relato hasta llegar a su conclusión.

La cuarta forma en que los cuentos de Jiménez Emán toman un giro inesperado, son los elementos ilimitados con los que forma mundos subreales y fantásticos. Desde luego, lo fantástico es su sello en la ficción breve: un hombre que se convierte en lagarto, un personaje que camina con la cabeza recién cortada en una canasta, alguien que sin pensarlo dos veces se arranca ambos brazos y luego abraza a su mujer, zapatos que por sí solos salen a dar paseos nocturnos, éstos son los elementos que pueblan las páginas de Los dientes de Raquel y Los 1.001 cuentos de 1 línea. Estos elementos fantásticos pueden ser usados de manera diferente en uno u otro cuento, produciendo una gran variedad de efectos; sin embargo, siempre exigen la participación del lector en la lucha por completar los vacíos de incredulidad que provocan las divergencias de un mundo cómodo y conocido.

Estos cuatro recursos: desfamiliarización, inversión, sorpresa y lo fantástico crean un gran número de vacíos que el lector encuentra mientras está inmerso en el acto de leer. Como estos giros funcionan en el contexto de la creatividad artística, es posible evitar que se tornen previsibles o comunes y pierdan en consecuencia su potencial para mantener al lector en un estado de desequilibrio. Además, en la literatura de Jiménez Emán algo es sorpresivo o inesperado en parte porque está yuxtapuesto a lo cómodo y familiar, como aún esperado. El lector prefiere continuar por este camino conocido y la apariencia repentina de un elemento perturbador interrumpe el flujo de la historia, creando un vacío, y por lo tanto necesita algún tipo de reconciliación, que sólo el lector puede ofrecer.

Es evidente en los dos cuentos ya mencionados que existe la predilección por los personajes anónimos. Sólo una minoría de los protagonistas de Jiménez Emán tiene nombre, y usualmente ése es todo su despliegue. Se establece un precedente por el cual el lector no espera que los personajes tengan señales definitivas establecidas por el narrador. Se podría decir que al nombrar a un personaje, se aumenta la distancia con el lector, porque un nombre brinda mayor grado de individualidad tanto a una persona como a una cosa. Con apenas una indicación de género para distinguir a un personaje, el lector tiene más libertad y habilidad para asumir su identidad dentro del texto y de esa forma experimentar más íntimamente los hechos, pensamientos y sentimientos. Además, dado que el elemento de lo fantástico es mucho más marcado en los cuentos de Jiménez Emán, la vaguedad de los personajes tiene un efecto más pronunciado porque realza el tono extraño, intangible y misterioso de los textos. De hecho en los cuentos donde se entrecruzan los caminos de más de un personaje, el sentido de destinos combinados y de fronteras disueltas es acentuado por la confusión que provoca la ausencia de elementos identificadores como los nombres.

Especialmente en textos tan cortos como en los cuentos breves no se puede prescindir de los títulos por las claves interpretativas que contienen. Los títulos juegan un papel marcadamente significativo en los relatos de Gabriel Jiménez Emán, a veces dándonos la información suficiente para hacer más accesible el texto. Tal es el caso de “Sorpresas de un decapitado”: debido al título estamos más preparados para una revelación que el personaje principal cargue felízmente en una canasta su propia cabeza. En otras instancias, los títulos nos dan, tácitamente, información sobre qué elemento de la historia es el más importante. Son los dientes que reciben primera mención en el cuento “Los dientes de Raquel”. El título borgesiano “Archivo de olvidos” (¿no es que el propósito de un archivo es ayudarnos a recordar, y no a olvidar? ) prefigura un texto paradójico e intrincado. Si nos pica la curiosidad y estudiamos por un momento el extraño título “Nietseknarf”, descubriremos que al leerlo al revés es un palíndromo casi perfecto de “Frankenstein”, y el saberlo contribuye a otro nivel de significado que cubre en particular ese texto. Por último, los títulos “Los 1.001 cuentos de 1 línea” y “La brevedad” tienen correspondencia directa tanto en la estructura como en el contenido de los respectivos textos, porque mientras ambos tratan el tema mencionado en sus títulos también, en términos físicos, son obras de extrema brevedad.

Muchas veces el narrador, en estos cuentos breves, reconoce la presencia de un lector implícito. La forma epistolaria de “Última carta de Ambrose Bierce” naturalmente presupone la existencia de un lector ficticio. El sinfín de preguntas en “Preguntas para seguir viviendo”, también implican un interlocutor. En algunos casos, el narrador va más allá del sólo hecho de reconocer un público lector para comunicarle instrucciones sobre cómo se debe percibir total o parcialmente el texto. Las instrucciones dadas al lector, pueden ser más o menos obvias y pueden incluir recursos como estilo directo, preguntas retóricas, observaciones parentéticas, voz narrativa en segunda persona singular y referencias intertextuales, para nombrar sólo unas pocas. Los siguientes fragmentos ilustran lo indicado:
Esta no es una historia de ciencia-ficción. Es sencillamente la historia de un astronauta que después de haber viajado por el espacio en un cohete —entiéndaseme: por un espacio real, en un cohete real— llega a la luna (“El astronauta distraído”, Los 1.001 cuentos, 29).

Una gallina rara, de esas que se alejan de las demás después de comer y se pegan a los alambres del gallinero a hacer la digestión y a reflexionar sobre su triste destino, no es conocida por todos. Cualquiera que la vea ahí, con el pico entre los alambres, susurrando una inaudible canción de amor, debe, por reglas del alma, conmoverse. Busquémosle un nombre para identificarnos con ella. Finia, por ejemplo (“La triste historia de Finia, una gallina enamorada”, Dientes, 53).
La primera línea de “El astronauta” se dirige a un lector implícito. Establece parámetros sobre cómo leer y cómo no leer el texto y muestra concientemente su propia condición al crear realidades ficticias propias. Al decir que no es un cuento de ciencia-ficción, deja sin contestar sobre qué tipo de cuento se trata y logra despertar el interés del lector en resolver el misterio. Los comentarios sobre cuán “reales” son el espacio y el cohete, se dirigen directamente al lector implícito e intentan sofocar toda tendencia a comprender las palabras que no sean de una cierta forma recomendada.

La cita de Finia parece mucho más sutil. La oración inicial demanda que el lector distinga a Finia del resto. Nos dice que es única para luego explicar la clase de diferencia que tiene a través de la frase inicial “de ésas que”. Nos hace recordar ese tipo de gallina en particular y luego ubicar a Finia entre las demás. El narrador tiene confianza en nuestra habilidad de hacerlo porque aunque su tipo “no es conocida por todos” (somos un grupo élite), la frase “de ésas que” implica que tenemos alguna experiencia previa, que podemos y debemos poder recordarlo. Más adelante en el párrafo le hace al lector implícito una sugerencia algo más directa: debido a las “reglas” del comportamiento humano estamos obligados a conmovernos al ver a Finia (y “verla” tal como ya se ha establecido).

Obviamente, el reconocimiento de las instrucciones, para el lector implícito, logra alcanzar su forma más explícita en el pedido del segundo párrafo de que nombremos a la gallina y que luego nos identifiquemos con ella. El lector, atraído por cada uno de estos detalles, se involucra con el texto en una relación más íntima y participativa.

Aunque abunden instancias discursivas y manipulación del lector implícito, estos ejemplos serán suficientes para establecer su presencia y los efectos intencionales en la literatura de Jiménez Emán. La naturaleza de los escritos, con una fuerte dosis de lo fantástico, ambiguo y desconocido, puede a veces crear vacíos imposibles de llenar. Estrategias como las que acabamos de examinar, aunque no eliminan los vacíos, sirven para guiar al lector por caminos preconcebidos en los cuentos, limitando, hasta cierto punto, las posibilidades interpretativas que contienen, y a la vez intentando prevenir que un texto sea demasiado inaccesible.

Los cuentos breves de Gabriel Jiménez Emán, son considerablemente menos condicionados que los de Eduardo Liendo en El cocodrilo rojo, y en consecuencia el potencial interpretativo es mayor. El texto a partir del título de una de las colecciones, sirve como un ejemplo apropiado: “Quiso escribir los 1.001 cuentos de una línea, pero sólo le salió uno” (56). ¿Qué información concreta se da aquí al lector que pueda utilizarse para armar el marco de referencia? Muy poca por cierto: no hay identidad, ni del narrador, ni del tema, tampoco hay información temporal o espacial en la cual se puedan situar los hechos, tampoco hay pautas psicológicas y hay muy poca materia prima o sea palabras para trabajar. ¿Es que todos los cuentos están conectados a un nivel profundo y místico, como si formaran parte de una sola familia con un número infinito de miembros? ¿O es que alguno de los cuentos contiene las semillas y la esencia de otros mil cuentos? Cualquier interpretación (vaya uno a saber cuantas más) es justificable y se puede hacer lo mismo con muchos de los otros cuentos breves de Jiménez Emán. Mientras menos delimitado sea un texto, más tiene que trabajar el lector para contribuir a una comprensión satisfactoria del mismo. Los cuentos breves de Los dientes de Raquel y Los 1.001 cuentos de 1 línea son en su mayoría, extremadamente indeterminados, plagados de lagunas creadas a través de todas las estrategias y estilos literarios aquí presentados. A menudo, los cuentos son desconcertantes y no es posible una comprensión fácil de los mismos. En las piezas menos logradas, el riesgo que el lector no se sienta motivado a invertir más tiempo para comprenderlas es mayor. Pero cuando los cuentos están bien escritos, son intrigantes y plenos de materia prima como para prometer un ejercicio interpretativo fructífero y el lector aceptará el reto a pensar, contribuir y completar los huecos semánticos y estructurales, gozando así de un mayor sentido de placer y de participación en el acto de leer.