26 de Abril de 2018
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<<Biblioteca Digital del Portal<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB) 1996, No. 1-4<<Artículo

Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996
I

Al menos tres antologías de cuentos breves se han publicado en castellano en los últimos años. La primera, traducida del inglés, es Ficción súbita (subtitulada Relatos ultracortos norteamericanos; Anagrama, Barcelona, España, 1989). En la introducción, sus editores, Robert Shapard y James Thomas, dan la short-short story como un tipo de narración novedosa en Estados Unidos, floreciente en los ochenta y sobre el que la crítica apenas ha dicho nada aún. Las opiniones de diversos escritores, recogidas en las páginas 241-273, ofrecen algunos puntos de vista interesantes, que habría que integrar en un estudio detallado de la producción venezolana: afinidad con la poesía, aunque el “relato ultracorto” sea distinguible del poema en prosa (no dicen, sin embargo, en qué consistiría exactamente la distinción); imprescindibles tensión, precisión, control absoluto del texto; frecuente sorpresa final; formalmente puede ser variadísimo; como narrativa, es el formato más arriesgado y el que produce mayor número de fracasos; en su origen, tiene que ver con algunas características de nuestra época: falta de tiempo para leer, ritmo urgente de la vida urbana, saturación informativa que hace deseable lo mínimo y esencial.

Dos de los autores interrogados coinciden en un planteamiento muy sugestivo. Para Paul Theroux, el cuento breve “En la mayor parte de los casos contiene toda una novela” (242); y, según Mark Strand, “Puede hacer en una sola página lo que una novela en doscientas” (262). Esta potencialidad diegética sería un parámetro quizás definitivo —aunque no exento de subjetividad— para medir la calidad de los cuentos breves. No está de más recordar que nuestro Gabriel Jiménez Emán viene a decir lo mismo en “La brevedad”, uno de los textos de Los 1.001 cuentos de línea (1981): “Me convenzo ahora de que la brevedad es una entelequia cuando leo una línea y me parece más larga que mi propia vida, y cuando después leo una novela y me parece más breve que la muerte”.

La extensión que otorgan al relato ultracorto los editores y muchos de los encuestados en Ficción súbita sería, sin embargo, desmesurada en el marco latinoamericano y en el específicamente venezolano, pues ellos admiten hasta las cinco páginas impresas, de 400 palabras cada una, o sea, un tope máximo de dos mil palabras —que abarcaría, por cierto, quizás el 90% de los cuentos publicados en Venezuela en los últimos decenios1 .

Más ajustadas resultan las dimensiones de los otros dos muestrarios: Brevísima relación. Antología del microcuento hispanoamericano (Editorial Mosquito Comunicaciones, Chile, 1990) de Juan Armando Epple y La mano de la hormiga. Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas (Edición Fugaz, Madrid, 1990) de Antonio Fernández Ferrer. Ambos coinciden en señalar el espacio de una página como el límite de la producción breve (al igual que lo hacía la revista mexicana El Cuento), aunque Epple incluya textos que alcanzan, a veces, página y media y hasta dos páginas.

Tampoco en Venezuela hay un criterio definido respecto a la extensión del cuento breve, así como se ha estudiado poquísimo su naturaleza y posibilidades. Considerando trabajos sueltos y bases de concursos, oscilaríamos entre las 200 palabras que propone Armando José Sequera y las dos cuartillas del premio respectivo de la I Bienal Nacional de Literatura “Mariano Picón Salas” de Mérida.

Lo que tenemos claro son sus orígenes. Si, a escala continental, se señala como iniciadores del cuento breve a autores como Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Virgilio Piñera, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Carlos Monsiváis, Edmundo Valadés y otros, en Venezuela su fundador indiscutido es Alfredo Armas Alfonzo de El osario de Dios (1969): lo afirman Domingo Miliani y Sequera —este último agrega, como pionero, a Ramos Sucre—, en sus ponencias incluidas en Una valoración de Alfredo Armas Alfonzo (Casa Ramos Sucre-CONAC, Cumaná, 1987). De hecho, antes de El osario de Dios encontraríamos apenas un puñado —acaso una docena— de relatos de una o dos páginas en la narrativa venezolana del siglo XX, y para colmo varios de ellos pertenecen también a Armas Alfonzo, en libros como Tramojo (1953) y La parada de Maimós (1968). Es probable, además, que las características de los 158 textos breves que componen El osario de Dios (ocupando de dos líneas a dos páginas) hayan marcado igualmente a gran parte de la producción breve venezolana: lirismo, fantasía, humor, violencia, estilización de un paisaje y una historia y, no menos, posibilidad de doble lectura: tanto cada cuento por separado como articulado en un conjunto que sería, casi, una “novela en fragmentos”.

Subrayar la sugerencia dejada al paso por Sequera, es decir, considerar a Ramos Sucre de La Torre de Timón, El cielo de esmalte y Las formas del fuego, pionero venezolano del cuento breve, brindaría también una perspectiva enriquecida para el abordaje de este formato. Quizás, por cierto, vaya siendo hora de volver a leer a Ramos Sucre al menos también como narrador, librándolo amistosamente del “secuestro” en que lo han tenido los poetas desde los años sesenta. En tal caso, en un centenar de textos de 1925 y 1929, extendiéndose de media página a dos páginas, hallaríamos toda una serie de rasgos definitorios del cuento breve actual; lenguaje densamente lírico; fantasía, violencia y crueldad; atmósferas oníricas; cierto hermetismo; múltiples referencias culturales recreadas con valor diegético; presencia de mujeres espectrales o alucinantes, en un erotismo asociado con frecuencia a la muerte; y desde luego, el mismo carácter genéricamente limítrofe de su literatura, que si participa de lo poético y de lo narrativo, dejando prácticamente al lector en libertad para definirlo o degustarlo según su punto de vista, podría entenderse también a veces como ensayo-ficción.

La publicación de El osario de Dios pareció dar la señal de partida, en 1969, para un tipo de relato que —repito— era hasta entonces cuasi inexistente, si exceptuamos al fronterizo Ramos Sucre. Así, al año siguiente se multiplica de pronto la presencia de lo mínimo: casi todos los textos de Rajatabla de Luis Britto García; varios cuentos de Ordenes2 de José Balza y de Imágenes y conductos de Humberto Mata; seis minicuentos publicados por Ednodio Quintero en el “Papel literario” de El Nacional (3/8/70). Notemos que coinciden representantes de tres generaciones o promociones en este súbito asalto a la extrema concisión; notemos, además, que la inmediatez de sus ediciones descarta o relativiza bastante cualquier influencia de los unos sobre los otros y, en estos precisos casos, de Armas Alfonzo sobre los más jóvenes —no así, por cierto, de Ramos Sucre.

Una coincidencia de muy otro tipo es la epocal, que me llevaría, a riesgo de parecer “sociologista”, a preguntarme si se ha cerrado un ciclo —sociopolítico, cultural, literario— con la “pacificación” de las guerrillas, el aplastamiento de la renovación universitaria y las totalizaciones narrativas como País portatil (1969) de Adriano González León, abriéndose otro en que lo breve y lo fragmentario dominan a cambio de la imposibilidad de articular —o de inventar— un nuevo sentido o, si se quiere, un nuevo sueño.