19 de Septiembre de 2018
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<<Biblioteca Digital del Portal<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB) 1996, No. 1-4<<Artículo

Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996
ANEXO

LOS VIAJEROS DESPREVENIDOS SE ADMIRAN DE UNA LARGA CARAVANA
Que mi cuerpo se deje en el espacio, fue su última voluntad.

Hubo que hacer los trámites, y para sorpresa nuestra, no era el primero: quienes no habían podido ir en vida al cosmos, era lógico que solicitasen eso.

Los viajeros desprevenidos se admiran de una larga caravana, como de ataúdes espolvoreados de cristales, que generalmente se cruzan en el camino de los cohetes cuando éstos se dirigen a Marte.

Armando José Sequera, Me pareció que saltaba  por el espacio
como una hoja muerta.
Caracas: CELARG, 1977.


EL SR. SCOTT MIRA UN PÁJARO EN EL ESPACIO
Un pájaro con aires de príncipe se paró en la cabeza del Sr. Scott. El Sr. Scott en esos momentos estaba parado delante de un espejo y, ante la increíble belleza del pájaro, quedó inmóvil.

El pájaro no reflejaba (en el espejo) intenciones de irse, así que él no quiso romper con el encanto.

Mientras más se observaba en el espejo, al Sr. Scott le fueron subiendo al corazón unas inmensas ganas de amar. “El pájaro (pensó él) siente en estos momentos la fuerza de mi amor. Voy a hablarle”.

Cuando el Sr. Scott abrió la boca, el pájaro dio dos hermosos aletazos y levantó el pico, como buscando cantar. Scott no se creyó capaz de soportar tal emoción.

Pero el pájaro no cantó. Entonces el Sr. Scott tuvo la idea más inteligente de todas: atraparlo. Estar con él significaba darle validez a la vida. Levantó el brazo derecho cuidadosamente, pero en el sitio del pájaro había un interminable, un desconcertante vacío.

Ahora el espejo no reflejaba la imagen del pájaro, y el Sr. Scott prefirió pensar que todo aquello era el producto de su imaginación.

Al pensarlo se dio vueltas, y sintió que las alas de un pájaro levantaban el vuelo para siempre.

Gabriel Jiménez Emán, Los dientes de Raquel.  Mérida: La Draga y el Dragón, 1973.


MATEO 19, 14
Los niños.

Le ofrecí a uno, como prueba de aprecio, un helado. Algo malhumorado, se aproximó y tomó el obsequio con recelo. El muchacho no dio muestras de agradecimiento, todo lo contrario, lanzó contra mi mano extendida una feroz dentellada.

En cuestión de segundos sus compañeros, aún más indispuestos, se arrojaron sobre mí con toda la violencia que no cabía esperar de ellos. El dolor se hizo insoportable y tuve que apartarlos a la fuerza. En la calle desierta nadie habría podido prestarme ayuda.

El grupo, cada vez mayor, cada vez más incontrolable y enardecido, infundió en mí tal terror que acabé emprendiendo la huida.

No supe cómo, pero en pocos minutos, lograron acorralarme. Sin otra escapatoria posible, subí apresuradamente a uno de los árboles que encontré en mi camino. Demasiado enfurecidos, los niños no lograban alcanzarme.

El silencio habría sido total si no dejara escuchar, persistente, hostil, el chasquido escalofriante de sus dientes.

Pasaron las horas.

La ropa ensangrentada no podía protegerme del frío. Un cansancio denso y profundo recorrió lentamente mi cuerpo.

La lluvia dispersó la jauría que me esperaba allá abajo.

Cuando anocheció hice el intento de llegar a tierra, pero ciertos suspiros y rumores en la oscuridad me hicieron desistir de semejante idea. No tenía valor suficiente para arriesgarme de esa manera.

Miguel Gomes, Visión memorable. Caracas: Fundarte, 1987.


UN DÍA LIBRE
Eran dos mujeres, lo mínimo para un argumento. Una sola, otra con marido. La primera triste, sin sangre, muerta de frío. Claro, la otra enorme, cubierta de niños. Lo curioso es que no se conocían. Pero siempre que les preguntábamos, obtuvimos respuestas parecidas, porque se las habían aprendido. Teníamos que esperar que salieran de la pantalla y que se fueran a cambiar las ropas. “De todos modos, la vida es simple, yo no sé por qué tú te enrollas tanto. Si al menos te pusieras a lavar los pantalones, tenderlos y saber decir con elegancia estoy cansada. Que tener que estar esperando a que llegue el hombre de tu vida y amanecer siempre lo mismo. No, lo que quiero cuando sea vieja es tener un día libre para ir a visitar el cementerio. No por mamá. A esa la debí matar de puro disgusto. Sino porque, mira, te puedes parar donde tú quieras y escoger la lápida que ninguno te va a hacer desprecios, ni tampoco eso de ¿mire, qué hace usted aquí, sin permiso? y ¿por qué mejor no se pone a trabajar? etcétera. No me vas a negar que lo mejor de los días libres es pararse encima de los muertos”.

Iliana Gómez Berbesí, Secuencias de un hilo perdido. Cumaná: UDO, 1982.


DIÁLOGO DE LOS AMANTES VENCIDOS
Ella: Me duele la espalda. Y el dolor lo tengo aquí, en este anillo de la columna.

El: ¿Mi mano te aliviaría?

Ella: No lo creo. Necesito más bien un masaje. Tienes que ir de abajo hacia arriba, aplicando con fuerza los nudillos en mis vértebras.

El: Mi mano es torpe—recuerda. Y temo hacerte daño.

Ella: No importa. Todo sea por aliviarme.

(...)

Ella: Creo que estoy peor.

El: Te lo dije: mi mano es torpe.

Ella: Me duele decírtelo pero ya no te aguanto arriba. Tu barriga me pesa mucho y siempre termino hundida en el centro de la cama.

Antonio López Ortega, Naturalezas menores. Caracas: Alfadil, 1991.


LOS DEDOS DE LA MUERTE
Desperté esta extraña y triste mañana y me encontré con que todos mis dedos estaban convertidos en largos lápices. Asombrado me estrujé la cara ante la duda de si estaba totalmente despierto y lo que conseguí fue rayármela por todas partes. Caminé durante largo rato por el cuarto y una vez recuperado de la sorpresa y resignado a mi nueva y absurda fisonomía, decidí que debía buscar la manera de adaptarme a ella. En una página en blanco de mi diario intenté registrar tan traumática metamorfosis, pero me di cuenta que cada dedo, o mejor (oh, tantos años llamando dedos a las partes más delgadas de mis manos), que cada lápiz escribía algo distinto: El lápiz pulgar, en trazos gruesos, escribió sobre la muerte de alguien. El meñique, el más débil de todos, apenas trazó una endeble línea recta y se acostó sobre ella. El índice dibujó un sol negro de polos achatados y se quedó señalando hacia él. El medio, con firme grafía, anotó: “El centro y no el fin de la vida es la muerte, hacia ella todos convergemos: nos arrastra una pasión centrípeta”. El anular se quejó de su condición de reo y maldijo el anillo que hace tantos años lo aprisiona. Los lápices de la mano izquierda lo único que hacían era garabatear, como borrachos, pero de pronto todos a la vez escribieron la misma frase, por lo que hube de leerla cinco veces: “Mañana, amo nuestro que siempre nos has esclavizado, amanecerás convertido en tintero y te vamos a beber”. Yo, aterrado, para no darles oportunidad a su venganza, me los clavé de un solo golpe en la garganta.

Earla Herrera, A la muerte le gusta jugar a los espejos.  Caracas: CELARG, 1978.


SINFONÍA INACABADA
Escuchaba una sinfonía y se suicidaba, noche tras noche, pura rutina. Con los años se fue perfeccionando en ambos oficios. De un Mendelssohn (sencillamente otoñal) a un Mozart (jubiloso); del torpe disparo en la sien (tan periodístico) a la secreta modestia del cianuro (excesivamente filosófico); de un Bach sobrio (decencia ritual) a un Stravinsky (prófugo y bestial); de una exacta combinación química (simulación de la inocencia) al enorme juego de la decapitación progresiva (placer oriental de los sentidos).... Y así Dvorak, Paderewski y tantos otros. Y así el puñal, el viaducto y tantos otros.

Todo terminó —dicen— cuando una tarde cayó, quién sabe si por descuido, un punto de polvo sobre el decimoquinto surco de un disco (el Bolero de Ravel —según aseguran sus detractores) y ya la aguja jamás se detuvo. Sólo eso, la na el Bolero de Ravel —según aseguran sus detractores) y ya la aguja jamás se detuvo. Sólo eso, la navaja una y otra vez lero de Ravel, —según aseguran sus detrac) sólo eso la navaja una y otra vez sobre las venas ro de Ravel según y ya la aguja ja.

Alberto Barrera, Edición de lujo. Caracas: Fundarte, 1990.


SUBRAYE LAS PALABRAS ADECUADAS
Una mañana tarde noche el niño joven anciano que estaba moribundo enamorado prófugo confundido sintió las primeras punzadas notas detonaciones reminiscencias sacudidas precursoras seguidoras creadoras multiplicadoras transformadoras extinguidoras de la helada la vacación la transfiguración la acción la inundación la cosecha. Pensó recordó imaginó inventó miró oyó talló cardó concluyó corrigió anudó pulió desnudó volteó rajó barnizó fundió la piedra la esclusa la falleba la red la antena la espita la mirilla la artesa la jarra la podadora la aguja la aceitera la máscara la lezna la ampolla la ganzúa la reja y con ellas atacó erigió consagró bautizó pulverizó unificó roció aplastó creó dispersó cimbró lustró repartió lijó el reloj el banco el submarino el arco el patíbulo el cinturón el yunque el velamen el remo el yelmo el torno el roble el caracol el gato el fusil el tiempo el naipe el torno el vino el bote el pulpo el labio el peplo el yunque, para luego antes ahora después nunca siempre a veces con el pie codo dedo cribarlos fecundarlos omitirlos encresparlos podarlos en el bosque río arenal ventisquero volcán dédalo sifón cueva coral luna mundo viaje día trompo jaula vuelta pez ojo malla turno flecha clavo seno brillo tumba ceja manto flor ruta aliento raya, y así se volvió tierra.

Luis Britto García, Rajatabla. Caracas: Bárbara, 1970.


CACERÍA
Permanece estirado, boca arriba, sobre la estrecha cama de madera. Con los ojos apenas entreabiertos busca en las extrañas líneas del techo el comienzo de un camino que lo aleje de su perseguidor. Durante noches enteras ha soportado el acoso, atravesando praderas de hierbas venenosas, vadeando ríos de vidrio molido, cruzando puentes frágiles como galletas. Cuando el perseguidor está a punto de alcanzarlo, cuando lo siente tan cerca que su aliento le quema la nuca, se revuelca en la cama como un gallo que recibe un espuelazo en pleno corazón. Entonces el perseguidor se detiene y descansa recostado a un árbol, aguarda con paciencia que la víctima cierre los ojos para reanudar la cacería.

Ednodio Quintero, Cabeza de cabra y otros relatos.  Caracas: Monte Ávila, 1993.


LA FRANCIA
Hoy es el primer amanecer en París. Una neblina triste sale de la boca de los franceses. Mucha gente corre abrigada hacia el Louvre y se detiene compungida e impresionada. Sobre el filo de las barandas, varios perritos están guindados por el cuello. Leo la prensa, oigo la radio y veo la televisión. Me entero de que una gran ola de asesinatos se ha desatado contra los perros. En las calles, en los sótanos, entre los matorrales se encuentran sus cadáveres. La policía investiga. Y después de tanto detener e interrogar, descubre que son los niños maltratados de Francia que están ejecutando a sus rivales.

Edilio Peña, Más allá de las ramblas. Caracas: Monte Ávila, 1983.


[INDICE] [I] [II] [III] [CODA] [NOTAS] [BIBLIOGRAFÍA] [ANEXO]