Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996
2. Del minicuento y otros géneros
Efectivamente, entre los minicuentos podemos encontrar algunos con apariencia
de ensayo, o de reflexión sobre la literatura y el lenguaje, recuerdos, anécdotas,
listas de lugares comunes, de términos para designar un objeto, fragmentos
biográficos, fábulas, palíndromos, definiciones a la manera del diccionario,
reconstrucciones falsas de la mitología griega, instrucciones, descripciones
geográficas desde puntos de vista no tradicionales, reseñas de falsos inventos
y poemas en prosa. Pero aunque tengan cualquiera de estas formas siguen teniendo,
primordialmente, un carácter narrativo y ficcional. Siguen siendo un cuento.
Su género, entonces, es indiscutiblemente el narrativo, pero se vincula simultáneamente
con muchos otros géneros, aunque con ninguno de ellos en propiedad.
El des-género, o carácter proteico del minicuento, ha sido analizado frecuentemente
por la crítica. Al respecto, Koch (1986a, 112) observa que Arreola no
ha tratado conscientemente de establecer un nuevo sub-género sino que,
justamente, intenta lo contrario: hacer un tipo de literatura que no tenga
nada que ver con las corrientes y que sea inclasificable e incasillable. En
el manifiesto de la revista Zona de Barranquilla (citado por Valadés,
1990, 28) consideran al minicuento como un híbrido literario, un cruce entre
el relato y el poema. Según este manifiesto el minicuento no tiene fórmulas
ni reglas, es incasillable y por eso permanece silvestre e indomable.
Epple (1990, 17), por su parte, desarrolla una interesante teoría sobre las
confusiones genéricas en los minicuentos, proponiendo que el minicuento, se
asienta en un género u otro como simple vehículo coyuntural de una escritura
que se está rearticulando entre formas discursivas tradicionales que todavía
no abandona y nuevas formas todavía no decantadas. Según este autor, los minicuentos
se vinculan intertextualmente con dos tipos de formas: simples (en el sentido
de Jolles), orales, y otras más cultas o librescas.
Los distintos autores relacionan los minicuentos con diversos géneros: Koch
con el ensayo, el poema en prosa, la viñeta, la estampa, la anécdota, la ocurrencia
y el chiste y las anotaciones de diario. Fernández Ferrer con el cuento popular
brevísimo, el chiste, los tantanes, la anécdota, la fábula, la parábola, las
tradiciones. Juan Armando Epple con el caso, la anécdota, el chiste, la reelaboración
de mitos, la fábula, la parodia, la alegoría, el relato satírico, la greguería,
el anti-relato y el cuento. Sequera con el chiste, el breve de prensa, el
juego de palabras, el poema en prosa, el aviso clasificado, la oración (religiosa),
el apunte, la definición de diccionario, el rótulo de museo, la anécdota,
la receta de cocina, la literatura de las medicinas, las instrucciones de
manual, la noticia de prensa, la carta al correo sentimental y el horóscopo.
Por supuesto, cualquier lista de esta índole nunca sería exhaustiva. El minicuento
tiene como rasgo diferencial el carácter proteico, por ende siempre estará
relacionado con algún otro género. El minicuento es transgenérico por naturaleza.
Wilfrido Corral (1985), al hablar de la literatura de Monterroso propone una
serie de categorías: desplazamiento de géneros, imbricación, fronterizo, empotrado,
transgresión, disolución, mezcla de géneros, que implican o que un género
se apropia de otro o la coexistencia de dos géneros en un mismo texto. Es
posible que sea esto lo que sucede con el minicuento. Son cuentos entremezclados
con cualquiera de los géneros literarios y no literarios, escritos u orales
que puedan adoptar una forma muy breve. En todo caso es evidente que hay una
transgresión de géneros, buscada o no, consciente o no, pero un afán de salirse
de los géneros establecidos.
El des-género, o carácter proteico no es solamente uno de los rasgos diferenciadores
del minicuento, sino también de su inmediato antecesor, el cuento. Mathews
(1993) sostiene que: el cuento no debe carecer de forma, pero su forma
puede ser cualquiera que el autor guste, mientras que Enrique Anderson-Imbert
postula que: los cuentos son como los autos y pueden tener distintas
carrocerías.
En los orígenes del cuento podemos encontrar una serie de formas arcaicas
tradiciones, poemas en prosa, fábulas, fabliaux, alegorías, parábolas,
baladas, apólogos, chistes, fantasías, anécdotas, milagros, episodios, escenas,
diálogos, leyendas, notas, artículos, relatos, crónicas, que según Anderson-Imbert
(1979) de sustantivos pasaron a ser adjetivos: cuento legendario, mítico,
costumbrista, poético, tradicional, alegórico. La diferencia entre el proteicismo
del minicuento y el del cuento estriba en que en el cuento tradicional, las
formas utilizadas están insertas en la narración, esto es, en el desarrollo
del cuento se incorporan otras formas no narrativas. Mientras que en el minicuento,
por ser tan breve, no hay manera de insertarlas, sino que son el cuento.
En resumen, el cuento suele utilizar elementos de distintas formas
para narrar su historia, en el minicuento el cuento puede tener distintas
formas.
Podríamos pensar que el cuento en su origen estuvo vinculado a una serie de
géneros y subgéneros, pero con el transcurso del tiempo las estrategias narrativas
estilizaron estas influencias hasta hacerlas menos perceptibles, menos evidentes.
Quizás lo mismo esté pasando con el minicuento, que sea un sub-género en formación
de hecho no tiene más de un siglo y que esta sea la razón por
la que sus relaciones con otros géneros sean tan obvias.

