20 de Junio de 2018
Portal Educativo de las Américas
  Idioma:
 Imprima esta Página  Envie esta Página por Correo  Califique esta Página  Agregar a mis Contenidos  Página Principal 
¿Nuevo Usuario? - ¿Olvidó su Clave? - Usuario Registrado:     

Búsqueda


<<Biblioteca Digital del Portal<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB) 1996, No. 1-4<<Artículo

Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996

2. Raíces modernistas del microrrelato

2.1. Como acabo de sugerir, pueden encontrarse algunos ejemplos de estas formas narrativas brevísimas a raíz de la profunda revisión de prácticas escriturarias que puso en marcha el Modernismo hispanoamericano. En ese momento histórico, lo que llamamos limitadamente Modernismo y la noción más amplia y general de “modernidad” parecen unirse de manera fecunda.

Ya Rubén Darío, figura clave del Modernismo, experimenta con formas análogas a las que hoy englobamos en esta categoría. Ante todo, con los doce “cuadros” en prosa que, bajo el título general de “En Chile”, aparecen en una revista de Valparaíso en 1887 y se incorporan a Azul..., de 1888 (Darío 1950: 40-50). Es verdad que en estos textos puede reconocerse el influjo del “poema en prosa” baudeleriano; mas también lo es que, como suele ocurrir en esta forma, a veces surge un elemento anecdótico o seudo autobiográfico que establece cierta afinidad con lo narrativo estricto. Repárese, por ejemplo, en los cuadros “Naturaleza muerta” (1950: 48) y “El ideal” (50).

Aparte de esas composiciones, y en un plano de mayor pertinencia para lo que ahora consideramos, aparecen ciertos textos narrativos darianos formulados de manera desusadamente sucinta. Me refiero a “La resurrección de la rosa” (Darío 1950: 176), “Palimpsesto (I)” (199) y “El nacimiento de la col” (207). Las tres composiciones tienen menos de una página de extensión; no por ello son, nítidamente y en el sentido moderno, microrrelatos, aunque se les acercan bastante. Siguen un modelo que podemos identificar con la parábola, especialmente en el caso de “Palimpsesto (I)” —y también en el de “Palimpsesto (II)” (288-90), de extensión mayor—, lo cual tiende a alejarlas del tipo que nos interesa. Por otra parte, manifiestan algo que las acerca a nuestra atención, a saber la intención —sobre todo en los “palimpsestos”— de reescribir tópicos culturales antiguos, en estos casos vinculados con la aparición del Cristianismo.

2.2. Esta intención de reescritura reaparece, en forma mucho más perfilada, en un escritor de orígenes modernistas, el mexicano Julio Torri (1889-1969). Su primer libro, Ensayos y poemas, traduce desde el título el ademán cauteloso de quien está a punto de pisar territorios insuficientemente definidos (Torri 1917). Conviene aclarar que no hay allí “poemas”, en el sentido de composiciones en verso; todos los textos del volumen están en prosa. Unos tienen claro carácter ensayístico; en otros, la condición poemática sólo puede defenderse en relación con el “poema en prosa”, con notable aproximación a lo que hoy llamamos microrrelato. A este segundo caso pertenece la famosa composición que abre el volumen, “A Circe” (Torri 1917: 11-12; Torri 1964: 9), que dice así:

¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.

¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.
Una revisión de Ensayos y poemas permite encontrar otros textos que podemos considerar microrrelatos, como no ha dejado de advertir la crítica (Koch 1981). Destacamos sobre todo: “El mal actor de sus propias emociones” (1917: 21-23), o, modificado el título en la segunda edición, “El mal actor de sus emociones” (1964: 11); “La conquista de la luna” (1917: 31-34; 1964: 13-14); “De funerales” (1917: 71-72; 1964: 23), antecedente del subtipo que llamo del “discurso sustituido” (véase 4.2); un breve relato sin título (1917: 101-103; 1964: 32); “Leyendas mexicanas” (1917: 149-151), luego llamado “Fantasías mexicanas” (1964: 43). Un examen similar del segundo libro de Torri, De fusilamientos (1964: 47-91) permitiría aducir más ejemplos; claro está que las composiciones de este libro son, por lo general, muy posteriores a las que incluye el de 1917.

2.3. En tercer lugar, quisiera referirme a otro modernista, el argentino Leopoldo Lugones (1874-1938) como autor de cuentos brevísimos o microrrelatos. Éstos se encuentran en Filosofícula, conjunto de breves narraciones o apólogos que, según la advertencia preliminar “es modesto y ligero; lo cual, a despecho de las graves palabras, no le impide ser filosófico” (Lugones 1924: 7).

El autor se refiere al libro también con los conceptos de “paseo” y “divagación sin trascendencia” (8): se subraya así cierta actitud lúdica que agrada encontrar en el severo y contemporáneo apologista de “la hora de la espada”. Pues en la vida de Lugones, personaje multifacético, 1924 es no sólo el año de este libro, sino también el de los Cuentos fatales, el de los Estudios helénicos y el del Romancero (tan ásperamente acogido este último por los jóvenes vanguardistas de entonces), además de ser el centenario de la batalla de Ayacucho, oportunidad en la que este escritor hizo una encendida defensa del militarismo. Quizá este torbellino de publicaciones y apariciones públicas haya incidido en el olvido posterior del libro que ahora nos ocupa, para el cual vale aún la equilibrada opinión de Guillermo Ara (Orgambide y Yahni 1970: 395): “cautiva por la cordial tonalidad de su sabiduría, por el tinte de sutil ironía y la tranquila confianza en el espíritu del hombre. El libro es único en este autor que en otro nivel, naturalmente más inmediato, hizo de la palabra un instrumento ardoroso y punzante”.

Un ejemplo de narración brevísima en este libro es el reexamen o recreación de un mito helénico, bajo el título de “Orfeo y Eurídice” (Lugones 1924: 47-48):
Hallo una contradicción, dijo el filósofo, entre la inexorable ley, conforme a la cual ningún mortal volvía del Hades, y el retorno de Eurídice, concedido por el dios infernal a Orfeo, cuando éste lo apiadó con la lira.
—Más aún, confirmó el filósofo, si se considera que la ley del Hades no incumbía al dios, sino al destino cuyo carácter impersonal excluye la compasión.
—El dios fue a la vez piadoso y sutil, enseñó el poeta, y eso se ve en la condición que puso a Orfeo: no volverse para mirar a Eurídice, hasta no haber abandonado el infierno. Pues hallándose realmente enamorado de ella Orfeo, el dios sabía con seguridad que no resistiría al ansia de verla.
Hay otros relatos similares en estas páginas: no pretendo dar una lista completa. Señalaré solamente que las fuentes de esta tarea de reescritura parecen ser tres: la tradición evangélica, la de algunos mitos clásicos y la de las Mil y una noches. Las piezas más interesantes son las relacionadas con la primera, por las variaciones que Lugones introduce —no siempre dentro del marco de la ortodoxia— en temas fundamentales de nuestra cultura. Algunos ejemplos, muchos de ellos de extensión menor a una página: “Jesús y la samaritana” (112), “El libre albedrío” (113), “El espíritu nuevo” (114), “El antiguo racionalismo” (115-16), “La dicha de vivir” (118-19), “El dueño de la pollina”, un poco más extenso (120-22), “El reino de los cielos” (123-24)... Exploración de una suerte de “evangelio apócrifo”, reescritura laica de motivos sacros, estos textos pueden leerse uno por uno y también formando parte de una serie o conjunto mayor, tendiente a constituir el libro íntegro como objeto de consideración estética.

Los ejemplos aducidos de Rubén Darío, Julio Torri y Leopoldo Lugones ratifican la potencialidad del Modernismo como campo de experimentación verbal; en este caso concreto, parece indudable la función que el movimiento tiene, por lo menos, como semillero de antecedentes del microrrelato contemporáneo.