21 de Enero de 2018
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<<Biblioteca Digital del Portal<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB) 1996, No. 1-4<<Artículo

Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996

INTRODUCCION

Tomar un cuento y sentarse a leerlo: es evidente que este gesto garantiza un cierto lapso de contacto íntimo de ese texto con el lector que le permite ingresar paulatinamente el universo ficcional a su propia experiencia; un cuento, en última instancia, aseguraría al lector un cierto tiempo de abandono de las preocupaciones cotidianas en beneficio de unos instantes de esparcimiento.

Edgar Allan Poe, uno de los que abrió el campo de la teorización en torno al cuento moderno, afirmaba, en su célebre reseña a Twice Told Tales (1842)1 de Nathaniel Hawthorne, que “ el cuento en prosa [...] es la breve narración cuya lectura exige de una a dos horas”. Es evidente que si pensamos en el cuento hispanoamericano de nuestro siglo, esta “medida” y esta particular forma de medir, el tiempo de lectura, ha perimido en favor de un criterio editorial, que acude a la cantidad de palabras para definir esta forma narrativa. Es así que Horacio Quiroga (1878-1937), uno de los seguidores de la doctrina de Poe, habla de una extensión promedio del cuento de unas tres mil quinientas palabras. Sin embargo, su propia producción desdice este parámetro. Pienso en “El hombre muerto”2 o en el clásico “A la deriva”3 de entre mil y mil quinientas palabras respectivamente. Desde luego, aquí entran en colisión las convicciones teóricas acerca de lo que es o debe ser un cuento y la producción concreta para la que se le otorgaba, en el caso de Quiroga, un determinado espacio en un periódico para la publicación. Frente a esta situación creada por la necesidad, aparecen por esta misma época, otros textos de mínima extensión producidos voluntariamente a la luz de algún proyecto innovador, inaugurando en el cuento una modalidad que hoy ha alcanzado plena vigencia e incluye un importante capítulo en la historia del cuento hispanoamericano contemporáneo. Me refiero al texto que abre Ensayos y poemas (1917) de Julio Torri. En el marco del surgimiento de las vanguardias en Hispanoamérica, “A Circe” inaugura esta modalidad de piezas buriladas sobre la cabeza de un alfiler:

¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.
¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.
Es evidente que este texto se arma sobre otros, se inserta en una serie que el lector se ve obligado a completar. El empleo de la invocación, el uso del epíteto, el armado del texto denuncian una prosapia clásica que desdice su sustancia temática. En sesenta y siete palabras, despacha todo un mito, otorgándole el destino de los mitos clásicos en la modernidad: “Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí”4 .

El breve texto de Vicente Huidobro que transcribimos a continuación, desde otra perspectiva, organiza un entramado que resuelve en unas pocas líneas las posibilidades de un desarrollo in extenso:

Tragedia
María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.
Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.
Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y la reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.
¡Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo!
Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.
Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda5 .
Entre el mito clásico y la urdimbre de un acontecimiento doméstico, estos dos breves relatos marcan un rumbo preciso en el temprano siglo XX. Que Julio Torri provenga del Ateneo de la Juventud y Vicente Huidobro, el autor de “Tragedia”, de las filas de las primeras vanguardias intuidas en América y adiestradas posteriormente en Europa, no constituye un acontecimiento casual en la configuración del relato breve en Hispanoamérica.

Y una y otra vez volvemos a una formulación imprecisa: “relatos breves”. Esto se debe al hecho de que se ha desplegado un enorme esfuerzo onomástico para denominar producciones de diversa índole, esfuerzo que genera, al contrario de su objetivo, una gran confusión al momento de dar cuenta crítica y teóricamente de estos textos.

El criterio en que descansan estos esfuerzos es embolsar relatos de una determinada extensión —aunque tampoco se han puesto de acuerdo acerca de cuál es la extensión que se le exige a un texto para dejar de ser cuento y ser minicuento o microrrelato6 — teniendo en cuenta únicamente este recuento de palabras que mencionáramos más arriba, y luego se comienza a extraer de este corpus de sospechosa procedencia los datos para tipificar esa escritura cuya peculiaridad es caber en unas pocas líneas. Es evidente que la pericia del pescador no descansa en recoger con una red de finísima trama un conjunto de guijarros y presentarlos como peces. Por otra parte el travestismo de estos textos surge justamente en el hecho de moverse en el margen de una ley, su capacidad para generar significados descansa también en este lugar de precaria estabilidad en el cual se sitúan.

En alguna parte —y el dato no lo puedo constatar, pero la anécdota viene a cuento— he leído acerca de un concurso de “minicuentos” —mis comillas son absolutamente insidiosas— que fuera ganado por un cartero que recortó un aviso clasificado. El texto rezaba: “Vendo cuna sin estrenar”. ¿Es esto un cuento? ¿constituye una narración?. Si descansara en cualquier periódico, perdería su condición de cuento. El cuento implica la presencia de un espacio y de un lector que puedan organizar desde su propia experiencia los datos dispersos en estas cuatro palabras. Un sujeto vende un objeto. El objeto no ha sido usado: un sujeto con una carencia y un exceso. Una cuna para quien no tenga un bebé es demasiado. En la fisura entre “cuna” y “sin estrenar”, en el espacio entre la primera persona, que se encarga de la venta, y el ominoso “sin estrenar” se despliegan todas las posibilidades del cuento. Pero hay aún más: el relato existe porque implica un concurso literario: en el corte y la inserción en un lugar otro, que implican la presencia de un lector, de un autor y de un contexto literario que lo contenga se dibuja el perfil exacto de un cuento. No sólo es una cuestión de contenido, también es una cuestión de continente: en un libro de cuentos, en la nómina de un concurso literario este texto adquiere una determinada categoría. Por ejemplo, nadie dudaría de que el autor de este cuento es el cartero de la anécdota y no el autor del aviso: ese autor se vuelve narrador, una figura convencional dentro del texto narrativo, y pierde su condición de sujeto histórico para volverse personaje involuntario de este cuento. La mano que recorta y transpola el texto de un lugar a otro ejerce el acto autorial: produce el cuento, arma el cuento y ordena nuestra experiencia de lectores en un sentido. El gesto del cartero produce el cuento porque nos señala un plus de sentido, nos obliga a buscar ese plus. No obstante, no podemos estabilizar una única historia para este texto. Queda pendiente la posibilidad de que no haya cuento alguno: en esta duda sistemática radica la razón de ser de estos textos. Si en nuestro horizonte de lectores no estuviera esta duda, el cuento se volatiliza para volverse guijarro en nuestra red de pescadores.