19 de Diciembre de 2018
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<<Biblioteca Digital del Portal<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB) 1996, No. 1-4<<Artículo

Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996

Las sirenas no cantaron para mí

Destrucción de la estatua, desestabilización del género, desmembramiento de los sistemas de comunicación, Confabulario es un libro armado como una gigantesca biblioteca —o tal vez debería decir contra una gigantesca biblioteca, o a contrapelo—, trabajo sobre el corte y el armado, repaso de la biblioteca universal, cruce con los modelos de los medios masivos de comunicación. Parecería que nada que involucre a la palabra escrita le es ajeno.

Hagamos una recapitulación de todo lo expuesto. Hemos hablado acerca de textos que dentro de un corpus de cuentos implican una ruptura de los márgenes admitidos por preceptivas y poéticas formuladas en un momento lejano de la producción actual. Arreola, consciente de esta distancia elige, como modo de realizar la palabra literaria, la brevedad. Si la brevedad implicó en un principio una obligación editorial: la posibilidad de disponer de un espacio dado para publicar un cuento, esta relación económica entre el texto, su soporte material y el lector revirtió sus líneas de poder. Sin embargo, el poder de que dispone el escritor no ha sido ejercido como mandato. Por el contrario, se renuncia a la posibilidad de ejercer una coacción sobre el lector, en el sentido de transformarlo en receptor pasivo de enseñanzas, de persuasiones que según modelos preestablecidos les permitan comportarse con coherencia, pertinencia y eficacia, tal como postulan los mass media, o tan siquiera, de enfrentarse a un texto donde el narrador maneja sus personajes como un dios.

El criterio ordenador comienza en el género y va estableciendo sucesivas particiones y compartimientos: género y espacio se instalan como bases del conflicto: si el género nos mune de un lugar clasificatorio e instala un orden de las categorías; el espacio materializa ese orden y nos permite descansar: vuelve material el orden mental. En el espacio se organiza la materia. Y el texto literario como elemento material, y tal como se intuye en el siglo XX, es extensión, desarrollo, tinta y papel. Al pie del siglo XXI, la letra vaga de pantalla en pantalla por los vericuetos de Internet: una enorme cantidad de información está virtualmente a nuestra disposición: toda la Enciclopedia Británica en un CD. El libro pierde lentamente su fuerza de gravedad; el espacio de la letra se vuelve una entidad virtual: frente a esta situación se planta el enigmático ser de estos textos que como agujeros negros devoran lo que los rodea y nos dejan rodeados de enigmas, buscando modos de cubrir las ausencias, las oblicuidades, de instalar el desarrollo en el insidioso espacio de la letra.

En Arreola se advierte una economía verbal creciente. Esta característica lo acerca a la escritura borgeana; pero mientras en los textos de Borges tenemos siempre la sensación de que nada sobra, y también de que nada falta, en la escritura de Arreola los textos se perciben como partes de un cuerpo mayor. Este carácter fragmentario es el rasgo que obliga al lector a arbitrar modos para llenar los espacios en blanco del texto, a urdir estrategias de lectura que superen la mansa pasividad.

Por otra parte, estos textos más que con una relación sintagmática, funcionan con una relación paradigmática: cada signo despierta a su condición de signo y establece un sistema de relaciones no reguladas desde el exterior lo que dispara el texto hacia una multiplicidad de significados posibles, ningún elemento desde el interior del sistema que el texto elabora nos permite construir verdades últimas.

Entre el mito clásico y la urdimbre del acontecimiento doméstico: la escritura de Arreola parecería cubrir todas las actuaciones de la letra en una producción que se arma desde lo fragmentario y que emplea todos los recursos posibles para arrancar a la lengua su mayor carga de ambigüedad. El mito clásico y el acontecimiento doméstico reunidos, como se lee en “Flor de retórica antigua” (C. 38): “¿El menudo de res en bandeja y las flores en búcaro? De ninguna manera. Góngora presentó juntas las rosas y las tripas, jugando ingeniosamente con sus distintos olores y matices, arrastrado por su lirismo a un sincero trance definitorio de canónigo metaforista”. Rosas y tripas que en extraña convivencia establecen la metáfora que define el relato breve contemporáneo y que encuentran en Confabulario un magistral y temprano compendio. Allí se consolidan y concretan las líneas dispersas cuya productividad podemos advertir a fines de los noventa.

Bestiarios, cuentos, alegorías, textos de los medios masivos, cada una de estas formas con sus leyes y sus territorios en el campo de la literatura: una persuasión que no se ejerce, una enseñanza que no llega, una anécdota que no se formula es una forma de ser al margen de las leyes, pero siendo.

Estos textos son bestiarios, alegorías, cuentos: se los puede leer desde cada una de estas formas, y también se los puede leer libremente, inventando nuevos modos de cubrir las páginas no ya cómodamente instalados en un sillón, sino en guardia, porque nos asaltan, como nos asalta cada mañana la realidad, ineluctablemente seguros de que las sirenas no cantarán para nosotros.