Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996
Las sirenas no cantaron para mí
Destrucción de la estatua, desestabilización del género, desmembramiento de
los sistemas de comunicación, Confabulario es un libro armado como
una gigantesca biblioteca o tal vez debería decir contra una gigantesca
biblioteca, o a contrapelo, trabajo sobre el corte y el armado, repaso
de la biblioteca universal, cruce con los modelos de los medios masivos de
comunicación. Parecería que nada que involucre a la palabra escrita le es
ajeno.
Hagamos una recapitulación de todo lo expuesto. Hemos hablado acerca de textos
que dentro de un corpus de cuentos implican una ruptura de los márgenes admitidos
por preceptivas y poéticas formuladas en un momento lejano de la producción
actual. Arreola, consciente de esta distancia elige, como modo de realizar
la palabra literaria, la brevedad. Si la brevedad implicó en un principio
una obligación editorial: la posibilidad de disponer de un espacio dado para
publicar un cuento, esta relación económica entre el texto, su soporte material
y el lector revirtió sus líneas de poder. Sin embargo, el poder de que dispone
el escritor no ha sido ejercido como mandato. Por el contrario, se renuncia
a la posibilidad de ejercer una coacción sobre el lector, en el sentido de
transformarlo en receptor pasivo de enseñanzas, de persuasiones que según
modelos preestablecidos les permitan comportarse con coherencia, pertinencia
y eficacia, tal como postulan los mass media, o tan siquiera, de enfrentarse
a un texto donde el narrador maneja sus personajes como un dios.
El criterio ordenador comienza en el género y va estableciendo sucesivas particiones
y compartimientos: género y espacio se instalan como bases del conflicto:
si el género nos mune de un lugar clasificatorio e instala un orden de las
categorías; el espacio materializa ese orden y nos permite descansar: vuelve
material el orden mental. En el espacio se organiza la materia. Y el texto
literario como elemento material, y tal como se intuye en el siglo XX, es
extensión, desarrollo, tinta y papel. Al pie del siglo XXI, la letra vaga
de pantalla en pantalla por los vericuetos de Internet: una enorme cantidad
de información está virtualmente a nuestra disposición: toda la Enciclopedia
Británica en un CD. El libro pierde lentamente su fuerza de gravedad; el espacio
de la letra se vuelve una entidad virtual: frente a esta situación se planta
el enigmático ser de estos textos que como agujeros negros devoran lo que
los rodea y nos dejan rodeados de enigmas, buscando modos de cubrir las ausencias,
las oblicuidades, de instalar el desarrollo en el insidioso espacio de la
letra.
En Arreola se advierte una economía verbal creciente. Esta característica
lo acerca a la escritura borgeana; pero mientras en los textos de Borges tenemos
siempre la sensación de que nada sobra, y también de que nada falta, en la
escritura de Arreola los textos se perciben como partes de un cuerpo mayor.
Este carácter fragmentario es el rasgo que obliga al lector a arbitrar modos
para llenar los espacios en blanco del texto, a urdir estrategias de lectura
que superen la mansa pasividad.
Por otra parte, estos textos más que con una relación sintagmática, funcionan
con una relación paradigmática: cada signo despierta a su condición de signo
y establece un sistema de relaciones no reguladas desde el exterior lo que
dispara el texto hacia una multiplicidad de significados posibles, ningún
elemento desde el interior del sistema que el texto elabora nos permite construir
verdades últimas.
Entre el mito clásico y la urdimbre del acontecimiento doméstico: la escritura
de Arreola parecería cubrir todas las actuaciones de la letra en una producción
que se arma desde lo fragmentario y que emplea todos los recursos posibles
para arrancar a la lengua su mayor carga de ambigüedad. El mito clásico y
el acontecimiento doméstico reunidos, como se lee en Flor de retórica
antigua (C. 38): ¿El menudo de res en bandeja y las flores en
búcaro? De ninguna manera. Góngora presentó juntas las rosas y las tripas,
jugando ingeniosamente con sus distintos olores y matices, arrastrado por
su lirismo a un sincero trance definitorio de canónigo metaforista.
Rosas y tripas que en extraña convivencia establecen la metáfora que define
el relato breve contemporáneo y que encuentran en Confabulario un magistral
y temprano compendio. Allí se consolidan y concretan las líneas dispersas
cuya productividad podemos advertir a fines de los noventa.
Bestiarios, cuentos, alegorías, textos de los medios masivos, cada una de
estas formas con sus leyes y sus territorios en el campo de la literatura:
una persuasión que no se ejerce, una enseñanza que no llega, una anécdota
que no se formula es una forma de ser al margen de las leyes, pero siendo.
Estos textos son bestiarios, alegorías, cuentos: se los puede leer desde cada
una de estas formas, y también se los puede leer libremente, inventando nuevos
modos de cubrir las páginas no ya cómodamente instalados en un sillón, sino
en guardia, porque nos asaltan, como nos asalta cada mañana la realidad, ineluctablemente
seguros de que las sirenas no cantarán para nosotros.

