17 de Octubre de 2018
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<<Biblioteca Digital del Portal<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB) 1996, No. 1-4<<Artículo

Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996

Divisamos la isla de las sirenas

Quedan todavía los textos más breves, y por lo mismo, más esquivos. En el subsector “Cláusulas” (C. 21) de “Cantos de mal dolor” (C. 13-24) se lee: “Soy un Adán que sueña en el paraíso, pero siempre despierto con las costillas intactas”. En una orientación que inaugura Augusto Monterroso con “El dinosaurio”42: “Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí” y que retomará el mismo Arreola en “Cuento de horror”: “La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones”43.

Luego de leer estos textos, queda en el lector  la sensación de que estos han sido expresados en menos palabras que las suficientes. Este manejo económico de la palabra nos podría llevar a señalar que los mecanismos que se producen en su interior son similares a los que se producen en el chiste; por ejemplo, con él comparten la brevedad, una brevedad entendida del modo que lo hacen Theodor Lipps y Richard María Werner:

El chiste dice lo que ha de decir; no siempre en pocas palabras, pero sí en menos de las necesarias; esto es, en palabras que conforme a una estricta lógica o a la corriente manera de pensar y expresarse no son las suficientes44.
Pero la eficacia del chiste descansa en un ahorro del trabajo intelectual por parte del oyente, mientras que esta escritura supone el desnudamiento de escondidas analogías y el desarrollo de una tarea intelectual que desborda las funciones del chiste. En ningún momento estos textos despiertan la abierta carcajada. No hay una percepción feliz de las incongruencias humanas; se parodizan sus maneras, ademanes y gestos, pero muchas veces para demostrar que ellos son todo, que el disfraz es el auténtico rostro en el gran teatro del mundo.

El manejo de la lengua también nos recuerda el que se produce en el chiste. Dice André Jolles que en él se desarrolla el doble sentido:
es decir que la intención de comunicación del lenguaje se “desnuda”, que la unión entre el que habla y su auditor está “deshecha” momentáneamente. Es justamente ese desanudamiento el que busca alcanzar el juego de palabras, el juego sobre las palabras45.
Hemos señalado dos rasgos aparentemente coincidentes con el chiste: la brevedad y el doble sentido. Pero la brevedad de nuestros textos surge de un movimiento de fragmentación que no está en aquéllos, y no es el doble sentido el que orienta su significación —lo que permite el reposo intelectual en el chiste, ya que en este segundo sentido descansa su eficacia—, sino su plurisemia o ambigüedad que dispersa la interpretación sin permitir su clausura.

De todos modos, lo que sí persiste es la actitud humorística ante la adversidad que deja como sedimento la rebelión. Así lo entiende Freud, que afirma:
El humor no es resignado, sino rebelde; no sólo significa el triunfo del yo, sino también del principio del placer, que en el humor logra triunfar sobre la adversidad de las circunstancia reales46.
También la lengua se comporta como una lengua especial que llevará un mensaje cifrado: “La lengua especial restituye el sentido de las cosas, su imbricación interna y su significación profunda; es entonces tan plurívoca como el universo visto desde el interior”47. Se ha roto la univocidad de la lengua común incorporándosele el gesto verbal del enigma: apertura y clausura. De este modo, este texto se ubicaría en un espacio a mitad de camino entre la adivinanza48, una forma simple, y una forma literaria como el cuento policial.

Los elementos organizados se transforman en su propio paradigma; en el eje de la contigüidad aflora el emergente como la punta de un iceberg en el que los componentes sumergidos establecen, a su vez, un sistema de relaciones no regladas, favoreciéndose así una entropía de la que surgen todas las interpretaciones posibles ad infinitum.

Aquí el individuo que sabe no es quien formula el enigma, como en las adivinanzas o en los oráculos; tampoco es un personaje, como el criminal que “cifra su identidad y su crimen, pero que abre en el ciframiento la posibilidad misma del descubrimiento —el del detective, del descubridor que resuelve la adivinanza y franquea la clausura”49. Quien debería asumir la responsabilidad de este acto de habla y ubicarse en la zona del “conocer” es una figura: la del narrador. Pero tal narrador nunca aparece.

Unas últimas reflexiones a propósito de la brevedad. Por su intermedio podemos aproximar esta escritura a la del proverbio, pero los separa una actitud distinta. En el universo del proverbio descansamos. Dice Jolles al respecto:
en ese universo podemos alejar todas las consecuencias y conclusiones fatigantes que la experiencia nos impone cada vez que nos incita a pensar en conceptos y aspira a volverse conocimiento; nosotros descansamos en él cuando nos fastidian las ligazones internas de un orden moral del universo; es nuestro universo de cabeza fría50.
El proverbio clasifica y archiva la experiencia y nos permite reposo, estos textos desordenan nuestra visión del mundo y nos impiden bajar las armas: nos alertan.