22 de Abril de 2018
Portal Educativo de las Américas
  Idioma:
 Imprima esta Página  Envie esta Página por Correo  Califique esta Página  Agregar a mis Contenidos  Página Principal 
¿Nuevo Usuario? - ¿Olvidó su Clave? - Usuario Registrado:     

Búsqueda


<<Biblioteca Digital del Portal<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB) 1996, No. 1-4<<Artículo

Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996

Mi destino es cruel

Me detengo ahora en un grupo de textos que reescriben otros distantes en el tiempo. Tomo uno que data de 1952 y aparece en la primera versión de Confabulario: “Los alimentos terrestres”. Me interesa destacar el especial empleo que se hace del intertexto. La pieza comienza con comillas que se cierran al finalizar el cuerpo de la misma. Está compuesta de fragmentos de cartas escritas en primera persona. Repite cincuenta y tres veces en tres páginas y media (unas ochocientos cincuenta palabras), el mismo esquema: carencia —pedido de reparación, reparación— agradecimiento. El recurso se inscribe dentro de lo que Gerard Genette18 llama “frecuencia narrativa”, es decir, es una repetición anafórica o icónica: se muestra ‘n’ veces lo que aconteció ‘n’ veces. Toda la pieza nos hace pensar en los cuentos infantiles de nunca acabar; aquí no hay un narrador, aparece en su lugar un compilador y editor del texto —figura virtual que hay que deducir—.

La figura del peticionante va creciendo, o menguando, según desde dónde se lo considere: pedido, ruego, súplica, y cuando se cumple con lo requerido, servilismo: “Cuanto a lo que Vuestra merced me ofrece de no desampararme en los alimentos, le beso las manos tantas veces como ellas contienen de maravedís...” (C. 122). Cuento de nunca acabar, este texto tiene un final: la identificación del redactor de las cartas y de la fuente de donde se extrajeron: Don Luis de Góngora y Argote, Epistolario. El título original aparece desplazado, reposicionado: sitio de la pertenencia y de la rúbrica, espacio de propiedad que se vuelve referencia. Lo aparente es que se ha hecho una selección sin tocar nada en el material, pero la elisión del contexto donde se inscriben los fragmentos, el corte y el espacio en blanco organizan una lectura otra; arman un nuevo significado y desplazan la cuestión de la autoría y de la autoridad en el texto.

La indicación al pie vale como desenlace: profunda ironía, carcajada dolorosa que reúne el origen del texto con su título19 : “Los alimentos terrestres”, versión española del título de la obra de André Gide: Les nourritures terrestres (1897)20. Allí aparece un epígrafe tomado de El Corán, II, 23: “He aquí los frutos con que nos alimentamos en la tierra”. Este juego múltiple de intertextualidades que se desplazan y arman un contexto distinto, llega a desdecir lo que en el contexto primario significaban y establece un juego de espejos. Entre lo que dice el texto y lo que se dice del texto al reorganizar los materiales se instala el abismo. Contorno difuso del cuento que no termina de concretarse allí, en el lugar patente de la escritura; texto latente que obliga al repaso de la biblioteca.

Por otra parte, el texto tematiza la imagen social del escritor: las figuras del barroco fueron recuperadas por las vanguardias latinoamericanas y Góngora constituye la doble imagen del poeta superior sujeto a las contingencias de lo inmediato: frente al concepto de autor se contrapone la imagen del sujeto histórico cuyas peripecias vitales condicionan el espacio de la indigencia.

Trabajo similar se realiza en “Epitafio”21 ( C. 107-108) —texto que data de 1950— Arreola repite el procedimiento: nos muestra la vida real (no literaria) de un autor. El texto no menciona el nombre del personaje cuya vida se repasa. Sobre el lector se produce la inquietud acerca de la identidad del biografiado: nuevamente el título establece las pistas para desentrañar el enigma. Allí y en la repetición de las frases “Nació en un tiempo malo” y “Vivió en un tiempo malo”. “Rogad a Dios por él ”: ¿Por quién debe el lector pronunciar esta plegaria sin nombre? Esta pregunta sin respuesta se instala en la mente del lector.

Entre el título y la repetición se convocan las palabras de otro epitafio: “L’épitaphe Villon”: “Mais priez Dieu que tous nous veuille absouldre”. Este epitafio en forma de balada, lo hizo Villon para él y sus compañeros cuando iban a ser ahorcados —finalmente él fue absuelto—. Por otra parte, un epitafio no es más que una inscripción sobre una sepultura, y normalmente los epitafios no se dedican a mostrar lo más bajo del personaje sepultado ni a justificar sus faltas. Pero Arreola con su “Epitafio” reproduce el tono del de Villon, que pide a sus hermanos mortales que no sean duros y que ruegen a Dios por ellos (los ahorcados). Aquí el “Epitafio” de Villon opera como piedra liminar, como modelo fundante desde donde se erige el edificio del texto arreolano.

Villon era escritor y aventurero, se desconoce la fecha exacta de su desaparición, aunque se sabe con certeza que nació en 1431, como dice el “Epitafio”: “Cuando el resplandor de la hoguera de Juana de Arco alumbraba rostros aterrorizados”. Se le dedican muy pocas palabras a su obra, importa más él y su tiempo, él en su tiempo: “rodó siempre de miseria en mísera. Conoció el invierno sin fuego, la cárcel sin amigos, y el hambre pavorosa en los caminos de Francia” (C. 108).

Estos dos textos que venimos de repasar muestran una actitud coincidente: se muestra al artista del costado más humano y más abyecto y la lengua se amolda y se traviste del habla del personaje tratado. Este mimetismo condensa la capacidad expresiva y amplía los horizontes de lectura: porque si bien el texto es contemporáneo, sus materiales están elegidos de épocas muy distantes, suenan anacrónicos. Tanto la selección de la forma que lo aproxima a la balada, como la textura lingüística descentran al texto de su época y de su modo de producción, a la vez que nos proponen el enigma del sujeto al que se canta, el lector debe reorganizar los datos: hay una concepción de escritura y de lectura como armado, escritura que se acerca al enigma.

Otro texto sobre el que deseo detenerme es “El lay de Aristóteles”. Se sirve de una pieza del mismo nombre, “Lai d’Aristotle” (1225-1230?), del poeta normando Henri D’Andeli. Compuesto en forma de rondeles22, el poema explota el topos del sabio deshonrado por la perversidad de una mujer y reposa sobre una fábula escolar de origen oriental. Se refiere a un episodio en que el sabio, luego de haber reprendido a su alumno, Alejandro Magno, por su debilidad con Filis, se deja seducir por ella hasta el punto de permitirle que lo cabalgue enjaezado como un caballo. Desde lo alto, lo contempla el discípulo23.

Este tópico sirve a Arreola para ilustrar una concepción sobre la Armonía:

Pero una noche Aristóteles soñó que caminaba en la hierba a cuatro pies, bajo la primavera griega, y que la musa cabalgaba sobre él. Y al día siguiente escribió al comienzo de su manuscrito estas palabras: Mis versos son torpes y desgarbados como el paso del asno. Pero sobre ellos cabalga la Armonía (C. 118).

Quiero destacar en los tres últimos textos que acabamos de revisar la tematización de la cuestión del artista y el desplazamiento de las consideraciones estéticas hacia actitudes de vida, la recuperación de usos del lenguaje y modos de escritura aparentemente en desuso: escritura como lectura  de otros textos, armado de una biblioteca subtextual que envía señales hacia un lector que pueda advertirlas y recuperarlas, que pueda compartir el acto de la producción textual: escritura y lectura como co-fabulación, o confabulación —para recuperar lo que evidentemente sugiere el título del libro arreolano—. Por otra parte, se advierte la voluntad sistemática de liberar a los textos de las fronteras genéricas entre prosa y poesía, entre cuento y canto: la escritura arreolana hipersatura las normas establecidas, los modos de representación y deconstruye textos de la literatura universal reorganizando versiones inesperadas.

Es evidente que la imagen social del escritor que de algún modo se historiza en estos textos está destinada al desguasamiento del busto, al desmembramiento de la estatua: Góngora, consagrado en vida, y sometido a la sobrevivencia; Villon, desgraciado en la vida y en la muerte; Aristóteles, hundido en un cono de sombra durante la Edad Media, y recuperado como leyenda. Si sus escrituras los justifican en el campo del Arte, su vidas y sus luchas los humanizan. El modelo de mundo que se desprende de tal literatura esconde una concepción de arte que se vuelve posibilidad última de recupero del hombre. Pero aún así, la historia muestra que el arte no necesariamente salva a los individuos.