19 de Octubre de 2018
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<<Biblioteca Digital del Portal<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB) 1996, No. 1-4<<Artículo

Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996

Mas no me hice amarrar al mástil

Ubicada en un lugar de privilegio, la escritura de Juan José Arreola (México, 1918) viene a insertarse en medio de este panorama de las letras hispanoamericanas. Su obra perpetra una escritura desconcertante que obliga a la letra a sus máximas capacidades expresivas: punto de absoluta densidad, se repliega y abroquela, para luego estallar en la mente del lector. En una corriente escrituraria que inaugurara Julio Torri en México, su primer libro Varia invención (1949)7 esgrime piezas antologéticas en las que la extrema brevedad se vuelve el rasgo más evidente: “Nabónides”, “El faro”, “El asesino”, “Interview”, “Eva”, “Monólogo del insumiso”, “El soñado”, “La migala”. Desde este punto inicial, la escritura de Arreola es ejemplo paradigmático de lo que se puede hacer en prosa en una mínima extensión.

No se trata aquí de revisar cronológicamente toda su obra, sino de señalar en que medida su escritura concentró los rumbos posibles en el relato breve. Para hacer esto me voy a detener en Confabulario total8 : summa de la obra arreolana en narrativa breve. Publicado en 1952, fue sometido a sucesivas incorporaciones hasta transformarse en un compendio de todo, o casi todo lo que se puede hacer en prosa en unas pocas líneas.

Los títulos de los libros que preceden a Confabulario Varia Invención, Bestiario, Confabulario— pasan a designar secciones del volumen, a los que se incorporan nuevos títulos que designan nuevos sectores: “Cantos de mal dolor”, “Prosodia” “La hora de todos”. Una lectura panorámica sobre el índice, donde se consignan las diversas partes, abre un camino productivo ya que desde allí, aparentemente, se programa la lectura dentro de un orden formal.

Este trabajo sobre el armado del libro se vincula con una concepción de los espacios y no con una relación de procedencia, puesto que cuando se arma, en 1962, el volumen general Confabulario, los textos migran de un libro a otro, y lo que originariamente aparece publicado en el libro Varia invención pasa a formar parte del sector “Confabulario” y viceversa.

En una primera instancia, los títulos de las partes no aluden a la sustancia temática de los textos, sino que apuntarían a un orden surgido de las estructuraciones desde las cuales pensamos al lenguaje y a la literatura: bestiario, canto, prosodia, cláusula. Esta primera impresión nos acerca a la idea de título concebido como un anaquel que ordena la biblioteca, criterio ordenador del rótulo que indica una preocupación de índole genérica, modal, formal, una necesidad de ubicar el texto en un campo de la lengua, la escritura, el género, que establece pactos de lectura y señala un rumbo que la exigua concreción verbal parecería desdecir. Pues entre la visión panorámica del índice y la lectura concreta de cada pieza se abre un espacio donde cabe la vacilación y la lectura polemiza con los órdenes establecidos e instala el principio del caos9 . Se genera entonces un vaivén desaforado entre el texto concreto y la parte que lo contiene, entre la parte y el libro que lo incluye: el título, que apela a modos, géneros, formas, en vez de informar al texto, lo deforma, lo desplaza: cantos que no son cantos, bestiarios que no lo parecen, cuentos de mínima extensión.

Las menciones titulantes instalan la cuestión en la mente del lector. Al costado de las teorías y las poéticas correspondientes se produce una práctica que va corriendo los mojones genéricos, modales, formales de un lugar a otro. El género se vuelve un significante flotante que reclama de la habilidad de lectura de un público que no puede descansar en la letra escrita.

Luego están los títulos concretos de cada texto: la cuestión genérica se desplaza hacia el genos y la progenie. El árbol genealógico de cada texto se vuelve pasible de reconstrucción: insólitas filiaciones y hermandades que van del género a la letra, de la letra al texto, del texto a la biblioteca, de la biblioteca al anaquel. En otra parte, ya he hablado del carácter emblemático10 de estos textos. Con esta denominación intento referirme a la capacidad de esta escritura de suscitar la copresencia de una escritura otra: no sólo producción, sino reproducción, relato en el sentido etimológico de la palabra.

En todos los casos, los títulos no operan como amarras, no anclan el texto, sino por el contrario, lo liberan a la deriva lecturaria donde al lector lo acosa el constante peligro de naufragar.