23 de Enero de 2018
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Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996
ENTRELÍNEAS*
Martha Cerda
(México)

Yo soy la tía. En todo cuento que se respete una tía es algo indispensable; puede ser la mala, la rica, la solterona o la alcahueta, y yo no soy la excepción. Tengo bigote, me visto de negro y soy soltera; todo lo veo, todo lo oigo y sin mí no podrían vivir América, Agamenón y Rosendo. Ellos son mis gatos, por supuesto, y caminan de puntillas por el texto o se esconden debajo de la cama donde Julio y Laura no hacen el amor, o se quedan detrás de una puerta y escuchan...“¿Tía?” Yo me atuso los bigotes y me froto las manos antes de contestar: “¿Sí?” El grito proviene de la imaginación de Laura, quien no se atreve a confesar la angustia que la lleva a mirarse al espejo una y otra vez; por fin me dice: “Tía, ¿crees que aún soy atractiva?” Yo, sentada en un rincón del cuento, veo pasar a Agamenón despacito, con la cola en alto. Laura tiene cuarenta años y el atractivo de una mujer que se siente deseada, sólo un estúpido, como Julio, su marido, no se da cuenta. Ahora veo pasar a América y a Rosendo, juraría que se van riendo y casi podría adivinar de quién. Laura, con la mirada prendida del espejo, contiene el aliento y saca el pecho, sonríe. Hace mucho que no la veía así, ensimismada, inalcanzable...Agamenón de mira de reojo desde la orilla de la página, quiere saltar a la siguiente, adelantarse a la narración. “¿Agamenón?, ¿Agamenón?, espera, Agamenón. Dos cuartillas más adelante lo encuentro husmeando a otro personaje. Parece sacado de un cuento de hadas, mas lo cierto es que lo conozco desde hace tiempo, cuando Laura era niña. Es el enamorado perfecto, veinte años amándola a pesar de su propia mujer y de Julio. Laura llega corriendo de la hoja anterior: ” Tía, ¿cómo lo supiste?” Yo finjo indiferencia mientras tejo una bufanda para Rosendo. América está embarazada y no sé de cuál de los dos, pero ése es material para otro cuento. Laura ve a Ricardo, recorre su rostro sin disimulo, se detiene en la boca que habla en el lenguaje de ella, en los ojos que la revisten de mujer, que le recuerdan a Julio, el ciego de Julio...“Tía, yo no tengo la culpa de que Ricardo me siga queriendo, ¿verdad?” América pasa descaradamente con su vientre abultado. Comprendo que algo ha sucedido, algo que no estaba escrito. Ricardo se acerca, su ansiedad de refleja en las pupilas de Agamenón: “Yo no debería estar en esta historia, tía, si la pudiéramos contar de nuevo, sin Julio...” Yo carraspeo, desbarato la bufanda y comienzo otra vez. Rosendo puede esperar.

 

* Martha Cerda, La señora Rodríguez y otros mundos (México: Joaquín Mortiz, 1990): 77-78.