19 de Julio de 2018
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Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996

MALDONADO Y GABRIELA*
Hernán Lavín Cerda
(Chile)

Maldonado escribió casi sin fuerzas y con una letra apretada y menuda como granos de arroz: “Perdóname, Gabriela, el destino es así y mi determinación ya está tomada” y ¡clic!, ¡clic!, la bala se quedó tiesa, no sale, y el gatillo huero y el fulminante apagado. A Maldonado le corrían gotas de sudor por la frente y estaba pálido y frío como la Virgen del Carmen.

Enfundó la pistola y abrió la persiana. Miró su reloj, eran las 11. Echó sus seis balas sobre la colcha verde y las tocó, las dio vuelta, estaban frías, las volvió a tocar y pensó en Gabriela. Se sentía un pobre pajarraco: “Soy un pobre pajarraco a quien a diario despluman, soy una triste rata de oficina. No podemos, Gabriela, seguir así, desplumándonos; sería un suplicio si siguiéramos viviendo juntos. Hasta ahora tú has sido la reina del carnaval. Pero mañana. Yo soy, tú lo sabes, un neurótico de siete vidas, un insufrible gato con botas, el dueño del veneno”.

Ahora suena el timbre y doña Blanca le pasa el telegrama. El lo abre, temblando: “Perdóname, Maldonado, el destino es así y mi determinación ya está tomada”. El siente cómo ella se lleva el cañón del revólver a la sien derecha y gatilla ¡paf! y el fulminante da su alarido y estalla una nube negra y hay un espeso olor a carne chamuscada y “Adiós Maldonado, perdóname, no me guardes rencor, yo no podía vivir así, tú lo sabes, hasta nunca, tuya,
 
Gabriela”.
 
* Hernán Lavín Cerda, La crujidera de la viuda (México: Siglo XXI, 1971): 55.