13 de Diciembre de 2018
Portal Educativo de las Américas
  Idioma:
 Imprima esta Página  Envie esta Página por Correo  Califique esta Página  Agregar a mis Contenidos  Página Principal 
¿Nuevo Usuario? - ¿Olvidó su Clave? - Usuario Registrado:     

Búsqueda



Colección:
Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996
PALIMPSESTO*
Rubén Darío
(Nicaragua)

Cuando Longinos salió huyendo con la lanza en la mano, después de haber herido el costado de Nuestro Señor Jesús, era la triste hora del Calvario, la hora en que empezaba la sagrada agonía.

Sobre el árido monte las tres cruces proyectaban su sombra. La muchedumbre que había concurrido a presenciar el sacrificio iba camino de la ciudad. Cristo, sublime y solitario, martirizado lirio de divino amor, estaba pálido y sangriento en su madero.

Cerca de los pies atravesados, Magdalena, desmelenada y amante, se apretaba la cabeza con las manos. María daba su gemido maternal. Stabat mater dolorosa!

Después, la tarde fugitiva anunciaba la llegada del negro carro de la noche. Jesús temblaba en la luz al suave soplo crepuscular.

La carrera de Longinos era rápida, y en la punta de la lanza que llevaba en su diestra brillaba algo como la sangre luminosa de un astro.

El ciego había recobrado el goce del sol.

El agua santa de la santa herida había lavado en esta alma toda la tiniebla que impedía el triunfo de la luz.

A la puerta de la casa del que había sido ciego, un grande arcángel estaba con las alas abiertas y los brazos en alto.

¡Oh, Longinos, Longinos! Tu lanza desde aquel día será un inmenso bien humano. El alma que ella hiera sufrirá el celeste contagio de la fe.

Por ella oirá el trueno Saulo y será casto Parcifal.

En la misma hora en que en Haceldama se ahorcó Judas, floreció idealmente la lanza de Longinos.

Ambas figuras han quedado eternas a los ojos de los hombres.

¿Quién preferirá la cuerda del traidor al arma de la gracia?

 
* En Mensaje de La Tribuna de Buenos Aires, 16 de septiembre de 1893. En E.K. Mapes, Escritos inéditos de Rubén Darío (New York: Instituto de las Españas, 1938): 6-7.