10 de Diciembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (134-135) I,II
Año: 2000

Introduction

La asociación existente entre nutrición y rendimiento escolar es un tema central del debate sobre intervención social en América Latina. El análisis del caso de los comedores barriales sostenidos a través de la subvención estatal en los barrios de una localidad de los Andes del Noroeste Argentino nos proveen de un ejemplo de como las prácticas de alimentación prevalecientes entre la población asociada a través del discurso sociológico a la carencia y al riesgo, así como las culturas locales asociadas a través del discurso de la comunicación social al consumo cultural pueden resultar problemáticas para lograr una inserción adecuada de los niños a su contexto social, entre ellos la escuela. La especificidad histórica y cultural de la relación existente entre los hogares andinos y el Estado Argentino nos muestra la distancia existente entre quienes ven al amor maternal como un objeto destinado a producir identificaciones a través de la internacionalización de imágenes construidas sobre el consumo adecuado y sobre el cuerpo ideal. Estas formas de utilización del consumo y del cuerpo son impensables para los andinos. Allí el consumo y el cuerpo no son entidades fijas y manipulables, sino que ambos son relacionales y por lo tanto su carácter es contextual es decir depende de las relaciones sociales en las cuales se inscriben. En este contexto, las prácticas alimentarias y las formas de consumo cultural específicas que las definen juegan un papel central en la redefinición del amor maternal y de la agencia femenina tan asociados por el discurso psicológico y pedagógico al éxito escolar.

En el año 1997 los habitantes de la Quebrada de Humahuaca ubicada en la provincia argentina de Jujuy lamentaban que la región ya no fuera recordada en el resto de la Argentina por sus contribuciones culturales. Estas se hacían visibles en el desarrollo de una tradición culinaria, textil, alfarera, musical y literaria propia identificada con la persistencia de una cultura indígena que supo darle sus mejores hijos a la nación. En contraste con ello, en la última década la imagen de la región, especialmente de la pequeña ciudad de Humahuaca ubicada a 3000 m de altura, había comenzado a transformarse. Un conjunto de artículos publicados en diarios y revistas de circulación nacional hablaban de los bajos rendimientos escolares de la población infantil de la zona y la asociaban en parte a las dificultades que encontraban los maestros para comunicar conocimientos a niños desnutridos. Resultaba curioso la forma en la cual la desnutrición y la asociación de ésta con el rendimiento escolar podían ser utilizados para mostrar de forma elocuente que los problemas de aprendizaje de los niños encontraban su explicación en la identidad y en la cultura.

En los informes de los organismos gubernamentales y no gubernamentales citados en los artículos periodísticos, la desnutrición era asociada por los agentes técnicos y por los pobladores a la imposibilidad que los niños desnutridos o mal alimentados desarrollaran un cuerpo, un intelecto y actitudes acordes a las esperadas en las escuelas contemporáneas. Estos niños eran miembros de hogares indígenas cuyas madres eran campesinas, o jornaleras rurales pobres y cuyos padres eran obreros, generalmente desocupados, que habían migrado del campo o de los socavones de las minas a la ciudad en busca de oportunidades de trabajo. La situación de carencia material impedía a los desocupados comprar alimentos y darles de comer a sus hijos. Así la pobreza y la imposibilidad de acceso a una alimentación adecuadas limitaban las oportunidades de los niños indígenas de transformase en adultos educados, capacitados para proyectarse a sí mismos como ciudadanos dispuestos a asumir responsabilidades económicas y políticas o simplemente los niños corrían el riesgo de morir. Para sobrevivir y para aprender estos niños debían ser separados de las condiciones que amenazaban su vida y/o su desarrollo. Separados de sus hogares y reunidos en comedores comunitarios los niños y sus madres recibirían los alimentos específicos que garantizaran su derecho a la superviviencia física y a un desarrollo intelectual apropiado. Asimismo el hecho de reunirse para cocinar y para comer permitiría recrear las relaciones entre los vecinos sobre nuevas bases: la solidaridad con el prójimo, la organización comunitaria y la lucha por el derecho a la vida, a la salud y a una educación de calidad.1

En este artículo exploraremos las formas en las cuales las identidades de las personas y de los grupos, particularmente las identidades de clase y étnicas, están intrínsecamente ligadas al espacio social a través de una dinámica de cercanía o de distancia, visibles en las prácticas alimentarias y en el buen comer. Aún cuando resulta inaceptable, separar a los niños de sus hogares, en ciertos casos la separación del niño es vista como favorable para garantizar el desarrollo y el rendimiento individual del niño. Sin embargo, los resultados contrastantes de la separación de los niños de sus hogares y de su inclusión en dos comedores llamaron mi atención. Mientras en la mayor parte de los comedores, los niños y las madres mostraban ambivalencias respecto de la paticipación comunitaria y ponían límites a su compromiso con el trabajo conjunto en los comedores infantiles; un grupo de niños y sus padres se mostraban dispuestos a involucrarse en las actividades barriales y consideraban que la participación era aconsejable, dado que, en una situación de emergencia, los niños pertenecientes a hogares con padres desempleados, contaban con la alimentación y el cuidado necesarios para cumplir con sus responsabilidades escolares. Estas diferencias demandaban una explicación: ¿Cómo era posible que cuánto más se ocupaba el Estado de combatir a la desnutrición, los padres y los maestros de los niños se quejaban sobre el hecho de que los niños llegaban a la escuela nerviosos o cansados y no podían aprender? ¿Por qué los padres a la vez que aceptaban la necesidad de enviar a los niños a comer a los comedores barriales y de recibir cajas de alimentos mostraban resistencias frente a la posibilidad de dar continuidad a esta experiencia? ¿Por qué un grupo de padres apoyaba la permanencia de sus hijos en los comedores?

El análisis que a continuación presento muestra que estas actitudes contrastantes constituyen una respuesta a la suposición de que los cuerpos y las identidades de las personas son autónomas y que su desarrollo se puede controlar desde afuera. Los padres y promotores sociales que criticaban la experiencia de los comedores, no pudieron revertir a través de su trabajo cotidiano, en los comedores así como en los diversas etapas de gestión de las políticas sociales, un conjunto de supuestos culturales occidentales conforme a los cuáles los cuerpos y las identidades poseen contornos claramente definidos y que son independientes entre si. Esto llevó a que las diferencias sociales, visibles en la estética corporal y en las prácticas alimentarias y de administración, preparación y presentación de los alimentos, se transformaran en mecanismos de producción de discriminaciones en los comedores mismos. En este caso las diferencias corporales y culturales fueron utilizadas para separar y para desautorizar aquello que es visto como perteneciente a una estética propiamente indígena y campesina, la estatura baja, los cuerpos robustos, el gusto por la grasa, el consumo descontrolado en situaciones festivas y el consumo regulado durante los días hábiles, la confrontación directa y la crítica abierta. Estas formas de presentación de las personas de sus conceptos de bienestar implícitos en las prácticas alimentarias, en sus formas de consumo, en sus gustos, en sus prácticas de administración y en los principios de autoridad que las sustentan, fueron vinculadas a la pobreza, al atraso cultural y al desamor de las mujeres. Más aún, las diferencias planteadas en estos términos se utilizaron para justificar jerarquías de autoridad y de control que en la práctica se basaban en un acceso desigual a la educación, a los medios masivos y a las formas de control social verticales institucionalizadas tanto en la escena privada como en la escena política pública.

En el segundo caso, los padres y los promotores de la experiencia lograron contestar a esta imagen de irreversibilidad y la fijeza de los contornos que definen las identidades y las diferencias entre las personas, visibles en el cuerpo, en las costumbres y en las posibilidades de acceso a bienes y servicios sociales y a las prácticas de control social implícitas en prácticas institucionalizadas que producen discriminación racial, cultural, sexual e intergeneracional.2 Generando un clima de gusto y de respeto por lo que es visto como propio, de responsabilidad individual y colectiva frente al cuidado del cuerpo y del intelecto y garantizando el acceso a conocimientos culinarios alternativos, ellos lograron rearticular a sus propias convenciones sociales aquellas producidas desde el Estado. Esto los llevó a hombres y a mujeres a generar críticas y a plantear nuevas demandas en torno al derecho al trabajo, a una alimentación garantizada por el Estado a diversas edades y especialmente demandas referidas a la ausencia absoluta de mecanismos de control horizontales respecto del poder político y de las burocracias estatales.