18 de Agosto de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (134-135) I,II
Año: 2000

Conclusiones

Comencé este artículo preguntando por qué cuanto más se ocupaba el Estado por los derechos de los niños de acceder a una nutrición, a una salud y a una educación adecuada, sus familiares mostraban tensiones y ambivalencias frente a las intervenciones sociales.

Mostré las dificultades de implementación de los programas basados en el supuesto de la necesidad de intervenir de forma integral y de promover la dependencia mutua de los agentes estatales y de los beneficiarios. La cobertura integral mentada en los proyectos, en la práctica quedaba minada por la aplicación de criterios de selección de los beneficiarios, que en lugar de trabajar sobre los hogares y sobre los barrios o comunidades de vecinos, operaban sobre algunos individuos a quienes estaban especialmente dirigidos. Los resultados de ello fueron que los vecinos desarrollaron una serie de tácticas, basadas en negar información, utilizar influencias o mostrarse inmunes frente a los controles ministeriales, para que las familias, especialmente los mujeres responsables de la crianza de los niños, no fueron sometidas al estres adicional que supone tener que seleccionar quiénes tenían el derecho a comer y quiénes no.

Demostré además que la perspectiva multicultural mentada en los proyectos, no tenía en cuenta ni las prácticas de intervención social institucionalizadas en los organismos ejecutores tanto centralizados como descentralizados (dependencias nacionales, provinciales y municipales), ni de las familias beneficiarias. Demostré que la accesibilidad y la naturaleza de los recursos puestos a disposición de los beneficiarios no está basada ni en criterios de continuidad necesarios para garantizar la nutrición de los niños beneficiarios, ni de calidad de los alimentos distribuidos. Por el contrario, la intervención social se basa en criterios asociados al cálculo electoral y al cálculo económico que no ve en la intervención social un mecanismo inversión de recursos y de equiparación del consumo, sino de restricción de gastos respecto de los estándares de consumo que el propio estado propone. Esto obligaba a las familias a utilizar los recursos (alimentos) recibidos de forma inadecuada, respecto de las propias necesidades alimenticias de los niños, así como de las necesidades de vivir en una familia donde la alimentación no genere desigualdades entre los hermanos y entre las generaciones.

Mostré además que el concepto de consumos culturales es un concepto problemático si no se tienen en cuenta las relaciones sociales en las cuales su uso se inscribe. Mientras que las culturas alimenticias son siempre locales, la responsabilidad de quién, cómo y para qué tienen que alimentar a las personas varía culturalmente. Las mujeres campesinas se enorgullecen de su fertilidad, de los cuerpos robustos de sus hijos, de su capacidad para interactuar en diversos circuitos comunicativos, el hogar, el comedor, la política, para proveer al hogar y a la comunidad. A diferencia de ello, la intervención social es una práctica que implica, el control externo del desarrollo del cuerpo y de la personalidad del niño sobre la base del cálculo que supone la desconexión de la madre y de alguno de sus hijos de su contexto inmediato de relaciones. Asimismo, las mediciones del peso y de la talla, que se suponen neutrales, es decir, independientes del contexto cultural en el cual operan, constituyen dispositivos utilizados para elaborar imágenes sobre el cuerpo, en las cuales el peso, el tamaño, la consistencia y el estatus socioeconómico de la persona permiten clasificarla dentro de los parámetros de normalidad o dentro de una zona de riesgo de contraer patologías crónicas.

De ello se desprende que en los discursos de intervención social el cuerpo es un artefacto cultural cuya forma puede manipularse con el objeto de producir individuos autónomos e independientes del medio social en el cual los cuerpos y las personas que los portan están involucradas. Así, el cultivo del cuerpo y de la personalidad que lo posee y que se desarrolla en el interior del primero, es responsabilidad de la madre, del padre, de los familiares o de la comunidad a cargo. Becker considera que esta capacidad de proyectar al cuerpo y a la personalidad, así como de moldearlos conforme a un ideal utilizado a la vez como mecanismo de control, está respaldado en la noción de autonomía e independencia del individuo. En este sentido el discurso de intervención social se asemeja al discurso de la cultura popular masiva, que propone imágenes del cuerpo ideal, que se pueden alcanzar con dietas estrictas, con disciplinas corporales (ejercicios), con la ingesta de suplementos alimentarios (vitaminas, etc.) y así colaboran con el proceso de construcción de la imagen del cuerpo y de la personalidad ideal basadas en el control.41

En oposición a estas concepciones del individuo autónomo e independiente, en los Andes el cuerpo y la personalidad son relacionales y por ello dependen siempre del contexto. La personalidad está situada en cuerpos, pero ambos dependen de las relaciones y pueden coincidir o no con el individuo. Mientras los discursos de intervención social y la cultura popular mediática están obsesionadas con la forma ideal del cuerpo y de una personalidad que busca adaptarse al modelo ideal a través de dietas, disciplinas corporales y del cálculo, los andinos están ocupados en producir relaciones. Las actividades de los andinos están fundamentalmente orientadas a las relaciones familiares y comunales. Los andinos experimentan sus cuerpos y su intelecto, pero su conciencia de sí mismos y de los otros, está sustancialmente definida también en términos de su participación en la red de parentesco, vecinal y de su interacción con los espíritus del paisaje. Esta consustanciación se produce también a través de alimentar y ser alimentado. Para los andinos los cambios operados en el cuerpo y en las sustancias que lo componen, no dan cuenta de hasta qué punto la persona se adapta a los parámetros corrientes del cuerpo sano o del cuerpo ideal. El interés por las transformaciones del cuerpo, del apetito y del estado de “ánimo” de las personas está relacionado al cuidado, a la nutrición y al grado de contención emocional que obtiene de su medio social. De este modo el cuerpo de los andinos es el lugar donde se puede ver, ya no el trabajo del individuo y de la madre, sino el trabajo de la familia, de la comunidad y de los espíritus del paisaje. Esto es especialmente visible en el cuidado extremo que reciben los chicos y los visitantes de otras regiones del país, vistos como especialmente ingenuos frente a las fuerzas sobrenaturales del paisaje.

En este contextos el amor maternal, no designa un conjunto de prácticas individuales destinadas a que el niño internalice controles sociales basados en modelos de autoridad e ideales externos que prestigian a la persona. Por el contrario, el amor maternal, designa a un conjunto de prácticas que las mujeres en su carácter de esposas, madres, vecinas y trabajadoras articulan para garantizar la subsistencia y el desarrollo de las nuevas generaciones. Estas prácticas suponen modelos de autoridad y jerarquías también, ya no basadas en la internalización de controles sociales inicialmente externos que operan sobre el individuo para garantizar su autonomía. La naturaleza del amor andino está asociada a la mutualidad y a la rivalidad existente entre los diferentes o entre los opuestos, visibles en la relaciones de parentesco por afinidad que unen a los esposos entre sí; así como en las jerarquías que rigen las relaciones de parentesco por consanguinidad, visibles en el respeto existente entre padres e hijos y entre las distintas generaciones y los espíritus que habitan el paisaje. El ejemplo de los resultados de la inserción escolar provisto por las nuevas generaciones habla a las claras de la capacidad de los andinos de interactuar en diversos circuitos comunicativos. Sin embargo, esta interacción supone siempre la generación de nuevas diferencias. El problema de cómo las diferencias generadas a través del sistema escolar son recontextualizadas en otros ámbitos de actividad, el hogar, el vecindario, la escuela misma o el trabajo es complejo, dado que un buen rendimiento escolar individual, no garantiza ni la inserción exitosa en el circuito del consumo mercantil a la vez que resulta problemática en el circuito de consumo basado en la reciprocidad.