22 de Abril de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (134-135) I,II
Año: 2000

Los conceptos que orientan los programas alimentarios

Como sugiere Harvey aún cuando la existencia de un cuerpo autónomo pueda parecer un artefacto evidente para las culturas occidentales, las prácticas alimentarias, especialmente aquellas destinadas a combatir la desnutrición demuestran la debilidad de este supuesto. Los cuerpos no son abstractos, ni una representación de la persona que está dentro de él y que se desarrolla a través de estímulos y/o del control social externo, sino que el cuerpo de las personas está siempre involucrado en relaciones: “...los cuerpos nunca representan simplemente, y aún muertos no pueden ser disociados de la compenetración mutua de las personas. La identidad autónoma del individuo occidental es consistentemente minada, porque la práctica humana es intrínsecamente relacional...”.3

La cuestión de la representación es central en el caso de la asistencia alimentaria. La desnutrición, usualmente definida como una condición de debilidad física, de incapacidad intelectual y de apatía emocional, es vista también como sintomática de situaciones de carencia material, de inseguridad afectiva y de descuido personal.4 La responsabilidad de la buena nutrición es usualmente atribuida a las mujeres y a un conjunto de agentes institucionales destinados a brindarles apoyo a través de su intervención. Los diagnósticos y los estudios tienen como objetivo mostrar a través de estadísticas antropométricas5 que los niños de hasta 5 años que no alcanzan una relación adecuada entre peso y talla para su edad están en situación de riesgo de padecer retardos o enfermedades crónicas por desnutrición; a través de estadísticas sobre Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) que la infraestructura de sus hogares es inadecuada; a través de estadísticas sobre asistencia escolar que los niños entre 2-5 no asisten al preescolar de forma generalizada; y a través de estadísticas sobre recursos humanos y dinero invertidos por las familias y las instituciones sanitarias y educativas, que los mismos no están utilizados de forma adecuada como para dar una cobertura integral desde el nacimiento hasta los 6 años (PROMIN).6

En los diagnósticos se muestra cómo estas situaciones de escasez material de los hogares y de cobertura inadecuada de los servicios sociales serán contrarrestadas con inversiones en infraestructura sanitaria y preescolar, en capacitación comunitaria especializada que permitan la incorporación de los beneficiarios, los agentes educativos y sanitarios, las mujeres y los niños de ciertas edades a programas sociales integrales. Es claro en estos diagnósticos, propuestas y folletos de intervención, que la antropometría es valorada porque permite la construcción de indicadores a costos bajos, simples de manejar, a través de prácticas socialmente aceptadas en diversos contextos, como la medición del peso y de la talla, que además permiten controlar el estado nutricional de la población conforme al paso del tiempo.7 También es claro que las estadísticas sobre el dinero invertido en los beneficiarios, en la infraestructura, en el personal y en el instrumental técnico, tienden a generar controles sobre las inversiones. Finalmente hay consenso en cuanto a que los programas deben apuntar a mejorar la comunicación de forma tal que a pesar de la existencia de lenguajes especializados y de actitudes diferentes frente a la nutrición y al cuidado de los niños, las personas involucradas en ello puedan entenderse y relacionarse entre sí.8

Para ello, los programas nacionales contemplan la ejecución de diagnósticos locales sobre conocimientos, actitudes y prácticas visibles en la operacionalización del concepto de consumos culturales, de referentes locales y en el impartir conocimientos sobre modelos elaborados por la psicología evolutiva y del constructivismo pedagógico que permitirán llevar adelante el ajuste de los criterios nutricionales, del cuidado de los niños y de las formas de liderazgo y de comunicación utilizados en la ejecución de los programas.9 La visibilidad de las prácticas culturales y de los conceptos que la orientan es un problema complejo. En la folletería de los programas, se muestran registros fotográficos sobre las experiencias previas de mujeres que viven en los barrios pobres del país y sobre su contexto, escuelas rurales, comedores barriales, centros de salud.10 Paulatinamente estas mujeres y sus hijos comienzan a disponer, a través de la intervención focal programada, de artefactos tales como balanzas, material didáctico, incubadoras, alimentos, locales limpios y ornamentados con los accesorios que los caracterizan: ollas de barro, techos de chapa, vestimentas típicas, platos de acero; y de agentes estatales (médicos, psicólogos, etc.) que garantizan la accesibilidad a altas tecnologías, controles periódicos y familiaridad tanto con el instrumental técnico así como con los agentes especializados. Esto permite vincular de forma virtual a estas mujeres con condiciones materiales de subsistencia y con la disponibilidad de artefactos, estéticas y espacios reconocibles como sintomáticos de situaciones que articulan el desarrollo técnico, con el bienestar social y con las diferencias sociales y culturales. Sin embargo, la repetición de imágenes similares a lo largo de la publicación produce el efecto inverso, en lugar de dar cuenta de la especificidad de las intervenciones a partir del registro de diferencias, dan cuenta de la uniformidad y de la unilateralidad de la gestión de los programas.

Son las prácticas y las formas de visualización los dispositivos que muestran la debilidad de las narrativas que evocan el multiculturalismo y la descentralización cuando están basadas únicamente en mediciones, fotografías y modelos normalizados. En este sentido, la antropometría, el cálculo costo-beneficio, la pedagogía, la psicología social y las artes visuales son válidas para controlar, comunicar y para estimular la imaginación y generar conocimiento, pero su uso no puede ser disociado de las relaciones sociales en las cuáles las mismas son producidas y consumidas. Por ejemplo, la provincia de Jujuy no envió los datos del registro antropométrico para efectuar el diagnóstico y el diseño del programa alimentario, sin embargo la nación intervino en barrios de la capital de la provincia y en una localidad rural andina.11 Los programas sociales proponen la gestión participativa, la dependencia mutua y la labor sobre los prejuicios existentes entre los agentes especializados y los beneficiarios mismos; pero el análisis de estas relaciones queda liberado al diagnóstico realizado sobre la base de test normalizados o a la “experiencia de trabajar juntos”, que conforme a los registros fotográficos, estadísticos y a las narrativas utilizadas para explicarlos y reflejar lo sucedido en las experiencias anteriores, privilegian la uniformidad y la generalidad, perdiendo de vista la especificidad y la historicidad de la relación existente entre los distintos agentes estatales y los beneficiarios.

Si bien estas políticas ponen de manifiesto el hecho real que la desnutrición y el fracaso escolar no son problemas de naturaleza individual, sino que sus causas son múltiples y suponen la interdependencia de las personas, y así colaboran en que todos los involucrados reconozcan esta situación, ello no ayuda tampoco. Las imágenes arquetípicas de las provincias, proporcionadas en los diagnósticos y en los proyectos, como lugares caracterizados por la pobreza, la desnutrición y el fracaso escolar pero dispuestos a competir por fondos y a seleccionar beneficiarios genera tensiones y ambivalencias. Los objetos de estas tensiones y ambivalencias no suelen expresarse en entrevistas formales o en cursos de capacitación, sino que estos surgen en charlas informales, de los comentarios al margen, las protestas, la apatía, las tácticas de reversión de sistemas de autoridad y de control, las cuales son sólo accesibles a través de la observación participante de la vida cotidiana. La apatía y el rechazo son respuestas difíciles de comprender a través de instrumentos que privilegian una sola perspectiva aquella que busca la uniformidad. Estas tensiones y ambivalencias frente a métodos de relevamiento normalizados y la preferencia por los canales “informales” como los mencionados frente a las instituciones oficiales, tienen una larga historia tanto en la provincia de Jujuy como en el resto del país. Asimismo este tipo de preferencias y las formas de comportamiento que los expresan, son considerados como parte de la idiosincrasia nacional, asociada a los dobles discursos. Estos se basarían por un lado, en el cinismo del sistema político oficial que privilegia el asistencialismo y el clientelismo político antes que las intervenciones integrales; pero también en la apatía, la ignorancia y en el instrumentalismo de los pobres. En este sentido, las narrativas de visibilidad y de generación de espacios comunicativos, basadas en artefactos como “la experiencia de trabajar juntos”, en impartir conocimientos sobre modelos analíticos y/o en cuestionarios normalizados no son neutrales tampoco, sino que nos muestran una perspectiva de la interconexión existente entre pobreza, desnutrición, dinámicas de relación e intervención social focalizada en términos de variables o dimensiones que, sin embargo, quedan sin analizar de forma rigurosa12 y que desembocan en el tercer “prejuicio”: el control tecnocrático implementado por las burocracias estatales internacionalizadas.

El caso de los Andes nos provee de un ejemplo de especificidad cultural e histórica, de las tensiones y las ambivalencias sociales respecto de la intervención estatal focalizada en las provincias argentinas. Asimismo nos provee de prácticas sociales innovadoras a partir de las cuales los andinos responden a estas intervenciones adaptando aquello que les sirve y rechazando aquello que consideran inadecuado para sostener su estilo de vida. Este camino no es fácil, sino que supone descrédito, restricción de beneficios y constricciones, pero también muestra la posibilidad de generar distancias respecto de estructuras de control supuestamente promotoras del multiculturalismo; a la vez que genera cercanía entre quienes están involucrados en la articulación de relaciones sociales. Los Andes nos proveen de un contra-ejemplo icónico del significado que tiene el buen comer y el buen beber en términos de la crítica cultural y de la memoria histórica visibles en el amor y en el cuidado maternales.