19 de Junio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (134-135) I,II
Año: 2000

El comedor del Barrio Santa Bárbara

Conforme a los datos recolectados por el Hospital de Humahuaca en el barrio Santa Bárbara vivían un total de 1184 personas, en 220 hogares familiares. De ellos 42 eran consideradas “familias críticas”.28 Pero solamente 24 familias enviaban a sus hijos al comedor y estaba en discusión si realmente todas ellas eran familias “críticas”. ¿Por qué las mujeres se muestran ambivalentes frente a los comedores? ¿Qué tipo de igualdad proponen las políticas de participacipación comunitaria y qué efecto tienen estas sobre las relaciones de complementariedad, confrontación y sobre las jerarquías que caracterizan a las relaciones hogareñas y comunitarias en los Andes?

En concordancia con los datos suministrados por las madres que participaban del comedor de Santa Bárbara, los funcionarios que ejecutan el Programa Alimentario destinan $1.684 por mes para un comedor que atienden a 116 beneficiarios, niños menores de 12 años, mujeres embarazadas y 2 ancianos.29 Cada almuerzo le cuesta entonces al erario público $ 0,605.30Además del dinero, las familias cuyos miembros son desocupados y tienen más de 3 hijos menores de 12 años, tienen derecho a recibir una caja de “Suplemento Alimentario” cada 4 semanas. Para una familia que enviaba tres hijos al comedor durante 6 días a la semana, el comedor suponía una subvención mensual de $43,56, es decir, $14,52 por hijo, además de las cajas de alimentos. La canasta familiar que elabora el INDEC en Argentina, estima que una pareja con dos hijos, necesita un mínimo de $1.200 por mes para vivir. Este cálculo supone que el 30% del presupuesto familiar se destina al rubro alimentación, es decir, $90 mensuales por persona independientemente de su edad.

El comedor de Santa Bárbara había sido producto de una iniciativa vecinal surgida en el año 1995. Durante 1994 habían llegado nuevos migrantes a Humahuaca provenientes exclusivamente de las Minas Pirquitas y El Aguilar, quienes no tenían trabajo. Los vecinos habían pedido al Obispo que les prestara la capilla del barrio para dar de comer a los niños y a la Municipalidad que intercediera ante la provincia para que les otorgaran fondos para comprar alimentos. Si bien la capilla era grande, no había espacio suficiente para albergar 220 niños. Asimismo, la administración del presupuesto, la disponibilidad de utensillos de cocina y la distribución de alimentos entre los comensales eran procedimientos complicados si no se contaba con la infraestructura adecuada y el personal especialmente entrenado para ello. Por esas razones, los padres de la zona alta del barrio, propusieron abrir un nuevo comedor en la casa de un vecino. Ellos podían disponer del espacio y a cambio de ello instalarían la luz. Luego de dar batalla durante varias semanas en el Municipio y en la Iglesia, consiguieron que les instalaran la luz y que les permitieran dividir el presupuesto entregado al comedor original en dos parte, y así abrieron el Comedor de Santa Bárbara Norte.

Conforme a las tradiciones locales, las personas que enviaban a sus hijos al comedor de la zona Norte del barrio habían conformado dos grupos o barras que confrontaban y cooperaban entre sí. Las tensiones y la confrontación existente entre ambos grupos era vista por las autoridades eclesiales y municipales, como parte del “individualismo” y del “caciquismo” de los koyas, que en la práctica frena el trabajo comunitario. En el caso del Comedor de Santa Bárbara, “el grupo de lo s 5”, estaba formado por 5 integrantes, una pareja y 3 mujeres jefes de hogar, enfrentados al resto de las vecinos (19) agrupados en “ el grupo de Don Vargas”. Don Vargas era el esposo de una de las madres que colaboraba con el comedor. Conforme a las tradiciones locales, no es el individuo quien se dedica a los trabajos comunales sino la pareja. Por lo tanto, durante el período en el cual la Señora de Vargas estuvo a cargo del funcionamiento del comedor, su esposo comenzó a colaborar. Este grupo también estaba conformado por mujeres jefes de hogar como por parejas. Mientras que el “grupo de los 5” se mostraba abierto para conversar y a discutir conmigo los pormenores de las batallas cotidianas en el comedor, los miembros del “grupo de Vargas”, eran algo más tímidos y sólamente algunas mujeres accedieron a explicarme la situación por temor a no ser tomadas en serio o a ser duramente criticadas. Las 24 madres se habían dividido en 5 grupos y cada grupo estaba a cargo de la administración del comedor durante 10 semanas al año. Sin embargo, los grupos de cocina rotaban cada semana para que las “Señoras” pudieran disponer de tiempo para trabajar y para dedicarse a sus hijos.

Contrariamente a la ideología eclesial, las confrontaciones no estaban asociadas únicamente a la posibilidad de hacerse visible a través de la participación comunitaria, como paso previo a la obtención de un cargo público rentado. En los Andes la organización social prehispánica no se basaba en casicazcos que separaban a un individuo, imbuído de autoridad, basada en el carisma, en lazos de sangre, compadrazgo, en el mérito académico, etc., del resto del grupo social. Por el contrario, ésta se basaba en el principio de la complementariedad y de la rivalidad existente entre las distintas comunidades o Ayllus distribuidos en el territorio. A su vez los Ayllus estaban conformados por unidades domésticas, que constituyen la unidad productiva y reproductiva básica. Los Ayllus competían entre sí por los recursos pero también realizaban intercambios entre sí. Las rivalidades existentes entre los Ayllus eran dramatizadas en batallas rituales conocidas como Tinkus, que se celebran hasta la actualidad.31

En los Andes argentinos actuales, este modelo de organización no está representado en comunidades o Ayllus indígenas como en Bolivia o Perú, sin embargo, los habitantes de los hogares de las localidades rurales suelen rivalizar y cooperar entre sí. Este tipo de forma de organización basada en la competencia y en la rivalidad es reconocida por ellos como parte del “estilo” local. Esta se hace visible en la organizaciones de los trabajos comunales y en la preparación de las fiestas relacionadas al tanscurso del año agrícola y a las fiestas patronales que reúnen a personas provenientes de los distintos hogares que conforman la localidad y de localidades vecinas. La organización de los trabajos y de estas fiestas comunales está a cargo de dos parejas de una localidad específica, que pertenecen a distintos grupos de parentesco. Durante el año ambas se ocuparán de obtener los recursos necesarios para mantener la infraestructura común a través del trabajo comunal (reparación y contrucción de canales, represas, escuela, capilla, cementerio, etc) y de las gestiones ante las autoridades, así como de la organización de las fiestas. La orgainzación de los trabajos y de las celebraciones supone tensiones respecto de los recursos que los hogares individuales están dispuestos a invertir en las actividades comunales, respecto de aquellos destinados a la infraestructura y al consumo familiar. Interesa destacar que estos cargos son rotativos y cada hogar tiene no sólo la oportunidad, sino la obligación de ocuparse de la organización de actividades.

Conforme a los usos locales, en el marco de la rivalidad existente entre el “Grupo de los 5” y el “Grupo de Vargas”, se dirimían cuestiones a cerca de: la forma de administrar los escasos fondos del comedor; la distribución del trabajo entre los padres y las madres; la determinación de un menú nutritivo y sabroso; la generación de mecanismos justos para la selección de los comensales; la mejora del edificio; la inclusión de momentos de diversión y esparcimiento para los miembros de los hogares; el ideal del cuerpo y del desarrollo intelectual y afectivo de los niños.

Conforme al grupo de los “Grupo de los 5”, Vargas, su esposa y el resto de las Señoras que componían el grupo, formaban parte de una administración fraudulenta que además no tenía en cuenta las pautas alimentarias impartidas desde el Ministerio de Salud y Acción Social. Vargas era un padre de familia que tenía un puesto de trabajo en el hospital de Humahuaca, conforme a los criterios establecidos por la Iglesia y por la Provincia, tener un miembro ocupado en el hogar, suponía que sus hijos no tenían derecho a asistir al comedor.32 Sin embargo, Don Valeriano, Promotor eclesial y ex maestro provincial a cargo de la administración de los comedores impulsados desde la Iglesia, había utilizado sus influencias para que los hijos de Vargas fueran admitidos. Por todas estas razones Vargas, desde la perspectiva del “Grupo de los 5” era visto como un “pícaro”, que aprovechaba sus influencias en beneficio propio. Compraba los ingredientes en comercios más caros y ofrecía carnes estofadas con verdura en lugar de ofrecer comidas más elaboradas, como carnes empanadas y ensaladas de verduras frescas33. Para mantener contentas a las madres permitía que se llevaran el almuerzo a sus casas, asimismo organizaba fiestas, donde no sólo repartía regalos comprados con los fondos del comedor, sino que invitaba a los padres a comer y a celebrar bebiendo chicha34 y vino. Así “mantenía calladas” a las mujeres de su grupo. En lugar de fomentar, el gasto en extravagancias, actitudes machistas y una administración en beneficio propio, la administración del “Grupo de los 5” había desarrollado un conjunto de “tácticas”35 que les permitieron ahorrar dinero en la comida para invertirlo en la construcción de un nuevo edificio. Además de practicar una política de ahorro forzoso en el comedor, habían conseguido el apoyo de políticos locales, quienes les habían suministrado chapas y materiales de construcción para que los padres levantaran el local, mientras que el Intendente Municipal les había adjudicado un lote para levantar el edificio, en cuya construcción habían trabajado todos los padres, incluso el mismo Vargas.

A diferencia de ellos, la Señora Martínez, defendía la administración de Vargas. Ella opinaba que Vargas respetaba a las “Señoras” humildes como ella, que vivían en casas pequeñas y que no tenían esposo que contribuyera con ellas en el cuidado de los niños y en los trabajos comunales. Ella había abandonado a su esposo, quien desde hacía unos años había comenzado a beber. Desde que lo despidieron de la Mina Pirquitas, no conseguía un puesto fijo y cuando trabajaba, el dinero que obtenía, lo gastaba en invitaciones a beber en lugar de restringir el consumo personal y trabajar para la comunidad. Las actividades sociales de su esposo habían desembocado en fuertes restricciones al consumo familiar y sus hijas se habían transformado en niñas delgadas, que no podían concentrarse en la escuela y ella en una mujer enfermiza y debil. Desde su llegada al barrio enviaba a sus hijas al comedor y solía trabajar en la cocina durante 9 horas diarias conforme al reglamento. Apoyaba abiertamente la gestión de Vargas, porque tenía en cuenta las decisiones y los gustos de las mujeres respecto del menú, compraba las cantidades indicadas y además propiciaba la participación de las mujeres en cursos de capacitación culinaria, donde las mujeres se enteraban de las “novedades” en materia de nutrición. A las “Señoras” les gustaba enterarse de nuevas posibilidades, pero sólo ocasionalmente podían adaptar las sugerencias de las nutricionistas porque sólo ocasionalmente disponían de alimentos como yugurt, leche, pan rallado, polenta, avena, carnes blandas y verduras frescas. Corrientemente disponían de carnes de cordero o de vaca fresca o disecada, maíz o mote, papas, ajíes condimientos y colorantes varios. Estas mujeres vivían permanentemente preocupadas por la demora de las entregas de alimentos o temían la suspesión definitiva de la subvensión estatal a los comedores. Esto provocaba ambivalencias respecto a qué cocinar dado que temían que los niños se acostumbraran a comer alimentos que luego ellos no podían adquirir y comenzaran a rechazar aquellos que tenían a su alcance.

La “Señora” Martínez criticaba duramente al “ Grupo de los 5”, porque sus miembros, en lugar de trabajar en el comedor, pagaban a las mujeres “verdaderamente humildes” como ella para que cocinaran y pretendían, además, tomar ellas las decisiones indicando qué comprar, cómo cocinar, cómo administrar y cómo atender a los chicos y al esposo, como habitualmente lo hacían las “patronas”, para quienes en definitiva trabajaban estas mujeres. Doña Martínez repetía que ella enviaba a sus 3 hijas al comedor movida por la “necesidad” ya no de “participar” o por el interés de “aprovecharse” o para “entretenerse”, sino porque no tenía trabajo, ni esposo que proveyera al hogar. Ella consideraba que los chicos que asistían al comedor, tenían dificultades para socializarse porque aún cuando el menú se realizaba conforme a las pautas nutricionales recomendadas por el Ministerio de salud en combinación con las locales, los chicos extrañaban a sus padres y a sus hogares. Distanciados de sus hogares y en un contexto extraño, si los niños no eran tratados con cuidado, no sólo no aprendían los modales necesarios para conducirse en la mesa, sino que se alimentaban mal y volvían tensionados a sus casas. Ella y sus hijas habían sido alimentadas modestamente con mate de diversas hierbas, pan de trigo, papas, ocas, mote, ají, carne de oveja, verduras y frutas de estación.36 Mientras su esposo trabajaba las niñas se desarrollaban felizmente, eran robustas y aprendían con facilidad como conducirse en la mesa, respetaban los modelos de autoridad y las jerarquías hogareñas y aprendían las lecciones impartidas en la escuela.

Cuando comenté “al grupo de los 5” las críticas de la Señora Martínez, respondieron que la Señora Martínez era mujer débil que no había podido controlar las expectativas de consumo de su esposo. Cuando comenté que su esposo tenía conductas adictivas y que era violento con ella y con sus hijas, quienes estaban desnutridas y atravesaban estados depresivos, comentaron que la Señora Martínez era una mujer del campo y como tal en lugar de ocuparse de alimentar a los niños, se ocupaba del esposo, de las ovejas, del vehículo, de las fiestas y por esa razón, sus hijas estaban desnutridas y eran intelectualmente “subdesarrolladas”.