12 de Diciembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (134-135) I,II
Año: 2000

Carencia, cultura y amor maternal

En Humahuaca los porcentajes de niños en situación de riesgo desnutrición alcanzan, conforme a las estimaciones de los agentes sanitarios, al 20% de la población infantil. Para combatir la desnutrición infantil los miembros de las iglesias católica local decidieron incorporar a sus actividades de asistencia social, la asistencia técnica a los vecinos que se organizaban en comedores infantiles.23 Las conceptualizaciones sobre el cuidado y el amor maternal contrastantes presentes en los comedores comunitarios organizados por los vecinos en la ciudad de Humahuaca van a ilustrar las formas alternativas en las cuáles la visión de estas mujeres sobre la consistencia del amor maternal es utilizada en las experiencias de organización. Los comedores funcionan de forma continua desde el año 1995 y en el año 1997 se habían transformado en un espacio de actividad cotidiano. El interés del contraste reside en que en la Iglesia católica, institución que articulaba la relación entre los organismos de financiamiento estatales y los hogares ha sido consecuente a lo largo de varios siglos, especialmente durante las últimas décadas, en su contribución material y espiritual para afianzar los lazos familiares y comunitarios en la región. Como veremos a continuación las concepciones sobre el espacio y las distancias sociales propuestas por los distintos agentes en los comedores son centrales para entender el problema de la evolución y el desarrollo físico, intelectual y emocional de los niños. Más aún el ejemplo de los comedores nos conecta con representaciones del cuerpo, de la autoridad y de la identidad individual y comunitaria diferentes a aquellas presentes en los discursos de intervención social focalizada.

Conforme a las explicaciones de los agentes escolares, sanitarios y religiosos,24 las madres eran las responsables directas de la crianza de los niños. Por lo tanto el éxito o el fracaso de las políticas destinadas a combatir la desnutrición y con ello los problemas de integración de los niños a la escuela y al resto de la sociedad, dependía en gran medida de la comprensión y de la disponibilidad de estas mujeres de colaborar en la transformación de su propia situación de carencia material. Los maestros, sacerdotes y médicos comentaban, con matices diversos, que las “mamás pobres” estaban sobre exigidas. Pero también habían generado un consenso respecto a que las “mamás indígenas”25 solían mostrar actitudes de apatía incompatibles con el amor maternal, la independencia femenina, la racionalidad económica y reñidas con una política destinada a fomentar el derecho de los niños a una salud y a una educación adecuadas.

Estas últimas no se interesaban por colaborar en los comedores y tenían una visión puramente instrumental respecto de los recursos puestos a su disposición por el Estado y por la Iglesia. Aún cuando aceptaban que era difícil contrarestar los efectos de una cultura colonial muy imbuída de una moral religiosa basada en el sometimiento de las mujeres a los deseos de los varones, las veían como especialmente inmunes a una sexualidad controlada, no por el deseo masculino, sino por medicamentos y dispositivos sanitarios. Asimismo los suplementos alimentarios que obtenían, en lugar de reservarlos a los niños, los distribuían a toda la familia, especialmente al esposo. También comentaban que los escasos recursos disponibles en los comedores solían ser invertidos en la organización de celebraciones comunales, en las cuales, junto a sus parientes y vecinos bebían y comían de forma descontrolada. En estas ocasiones, no sólamente se mostraban dispuestas a invertir trabajo y recursos, sino que además recuperarse de las fiestas les llevaba varios días, durante los cuáles no se ocupaban de los niños. Más aún a las celebraciones solían asistir miembros de partidos políticos, ocasión en la cual, a través del consumo abundante de comida y sobre todo de bebida, se sentían especialmente estimuladas. Como efecto del estímulo producido por la bebida, rompían las distancia que caracterizaban las relaciones entre el pueblo y las autoridades en estados de sobriedad y aceptaban intercambiar un conjunto de recursos materiales que no solucionaban el problema de fondo, a saber, la pobreza, el desempleo y la accesibilidad a la educación y a la salud, por votos.

Estos comentarios idiosincráticos sobre las actitudes de las mujeres andinas frente al deseo sexual, al cuidado maternal, a la administración de los recursos domésticos y a la participación política y comunitaria eran respondidos en la práctica con los siguientes argumentos. Ellas comentaban que su economía del tiempo era ajustada porque tenían que articular trabajos comunales, con trabajos domésticos y con el trabajo asalariado o campesino. Aceptaban las cajas de alimentos,26 pero dado que las entregas no se cumplían en los plazos pactados, la imprevisibilidad imponía cálculos rigurosos durante los períodos de escasez y un consumo inmediato cuando abundaban porque los alimentos tenían vencimientos cercanos.27 Cuando los comestibles eran aptos para el consumo humano, los procesaban y redistribuían entre todos los miembros del hogar porque les resultaba impensable decidir qué miembros debían ser alimentados y qué miembros no. Estas restricciones las llevaban a economizar leche u otros nutrientes utilizando mayores cantidades de agua a las recomendadas. Si tenían varios hijos mayores de 12 años, que asistían a la escuela secundaria o trabajaban, no estaban dispuestas a escoger entre quiénes serían favorecidos con la posibilidad de asistir al comedor y quienes no, por esta razón o bien preferían llevarse la comida distribuida en los comedores a sus casas para compartirla, o bien preferían que los niños menores no fueran al comedor para evitar que las diferencias de edad produjeran desigualdades y tensiones entre los hermanos. Conforme a la experiencia de estas mujeres, las actividades de selección de beneficiarios a nivel doméstico, en lugar de dar cuenta del amor maternal, daban cuenta de la distancia existente entre quienes planifican políticas y quienes las implementan en la práctica. Las mujeres y los niños criticaban también que la comida distribuída en los comedores no alcanzaba para cubrir las necesidades de alimento de un niño beneficiarios dado que los niños continuaban pidiendo comida y ellas no tenían para darles.

Finalmente, los rituales vecinales destinados a celebrar el transcurso del año agrícola, las fiestas patrias y/o las fiestas familiares daban cuenta de la dependencia mutua existente entre los hogares, la comunidad y la sociedad nacional caracterizado por una cultura política también específica. Se mostraban dispuestas a reunir y a preparar abundantes cantidades de alimentos y bebidas para las fiestas de manera de poder invitar a sus comensales sin tener que limitar las cantidades a consumir como lo hacían cotidianamente. Con ello querían mostrar en ocasiones altamente ritualizadas que el esmero, el cuidado y el deseo de compartir es aquello que caracteriza a quienes se interesan por la sociabilidad y por recrear la cultura local. Finalmente, las autoridades políticas, sólo se acercaban a los comedores en períodos electorales, en los cuales los políticos mismos los agasajaban con comida y bebidas y se esperaba que ellas las prepararan. Si ellas no aprovechaban estas ocasiones para elevar sus críticas y formular sus demandas individuales y colectivas, no tenían otras oportunidades de conexión estrecha, de acercamiento y de confrontación con las autoridades locales. Estas últimas trabajaban también para su beneficio personal, pero se acercaban a los barrios altos y compartían sus comidas y por ello debían soportar críticas y dar cuenta de qué habían hecho durante su gestión cara a cara.

Los criterios de selección que orientan las políticas sociales estatales y los criterios de distribución que orientan a la cultura política nacional eran conflictivos para estas mujeres también. Es cierto que las personas que ven amenazada su propia reproducción y la de sus hijos están sometidas a una situación de estrés emocional, pero la apatía y las resistencias de estas mujeres responde a cuestiones menos visibles que el machismo y el clientelismo político. El exceso de estres se relaciona con decisiones que necesariamente requieren de distancia y de desapego afectivo. Por más obvio que esto paresca, justamente estas actitudes de desapego y de distancia respecto de las relaciones y de la propia situación de privación que reclaman las intervenciones sociales, es aquello que desconecta la continuidad de la experiencia de estas mujeres, de las personas, para quienes tanto las situaciones de carencia material, como las situaciones de descontrol festivo resultan desconocidas o impensables. Esto último da cuenta de los límites que la cultura impone a la configuración de representaciones sobre quienes somos nosotros y quienes son los otros; aún para aquellas personas conscientes de que las diferencias económicas, sociales, culturales y políticas pueden ser utilizadas para generar desigualdad. Pero focalicemos ahora en qué sucedía efectivamente en los comedores barriales de Humahuaca.