18 de Junio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (134-135) I,II
Año: 2000

Los barrios altos

Finalmente encontramos la gente que vive en los barrios “altos”. Se trata de personas que obtuvieron terrenos o “lotes” en tierras fiscales que la Municipalidad destinó a los “pobres” que llegaban a la ciudad. Desde finales de los 80 y por causa de los despidos masivos el afluente de población del campo y de las minas a la ciudad implicó la emergencia de una nueva masa de votantes. La reacción de los políticos locales fue distribuir tierras libres de mejoras para la autoconstrucción de viviendas y la generación de una infraestructura barrial financiada por la gente misma a través de la formulación de proyectos comunitarios. Las viviendas son bajas con paredes de adobe marrón y techos de chapa. Las mismas se componen de “casas” o habitaciones cada una destinada a un miembro de la familia y siempre hay alguna destinada a las visitas y a los Santos y Vírgenes que viven en el lugar. Aunque en la práctica todos usan la infraestructura disponible en cada habitación, cada vivienda cuenta con una o más casas de unos 12 m2 de superficie con una ventana pequeña. Sólo quienes accedieron a proyectos financiados por el estado nacional construyeron una cocina y un baño conforme a los estádares de comfort vigentes en las clases medias. El resto de los pobladores pueden contar o no con una cocina de gas dentro de la vivienda y siempre cuentan con un horno de leña fuera de su casa y en lugar de baño instalado poseen letrinas. Esto hace que los habitantes de las casas, gentes “humildes” se avergüencen de sus casas, porque no pueden ofrecer “comodidades”.21

En la medida que la gente obtiene materiales para la construcción como producto de trabajos eventuales, de su participación en proyectos de autoconstrucción o de su participación en campañas electorales emprenden obras de mejora de la vivienda. En las obras trabaja la pareja y eventualmente reciben “ayudas” de vecinos o compadres. En el caso de mujeres con hijos y sin pareja suelen recibir “ayudas” de parientes masculinos, hermanos, padre o primos. No todas estas viviendas poseen instalación de agua, electricidad y cloacas y cuando disponen, se trata de infraestructura precaria que suele romperse con asiduidad. En invierno las casas son heladas porque no están aisladas del medio y no tienen ningún sistema de calefacción. Poseen pequeños jardines donde la gente acumula materiales de construcción y hace su horno panadero y sus pequeños altares destinados a celebrar la tierra. En cada habitación la gente instala todo tipo de muebles, 1 ó 2 camas, mesa, sillas, roperos, heladeras, cocinas y un sin fin de cajas con mercaderías de consumo cotidianos destinadas a la venta o al olvido. Los habitantes de estas casas tienen sí títulos de propiedad sobre el terreno, esto es algo central para personas desenraizadas de sus lugares de origen.

En contraposición a los barrios del “centro” que poseen calles asfaltadas, las calles de los barrios “altos” son mejoradas. Cada barrio cuenta con una capilla donde suelen hacer celebraciones y/o reunirse para resolver problemas de infraestructura urbana. Las obras de infraestructura emprendidas en el centro del pueblo son encaradas por personal rentado de la municipalidad y son vistas como mejoras al servicio de todos y como una forma de conservar el patrimonio histórico. En cambio, la infraestructura de los barrios alejados, está a cargo de la “participación” de la gente misma y es vista de forma ambivalente como una muestra de la solidaridad y de la mutualidad, pero también de la demanda voraz e insaciable de los humildes respecto del Estado.22

Los habitantes de estos barrios están en situación de transitoriedad permanente en cuanto a sus lugares de residencia y a su inserción laboral. Intentan hacer actividades por cuenta propia pero no todos logran establecerse en una actividad para garantizar la reproducción de sus vidas y la de sus hogares. Asistieron a la escuela primaria durante dos o tres años de su vida o durante los siete años que dura la formación primaria. Miran con ambivalencia los servicios de salud pública porque son mal atendidos o porque los ven desmantelarse paulatinamente. Comen todos los días porque la diversificación de actividades y los lazos de parentesco les permiten hacer frente a los cortes de flujo de dinero o de mercaderías provenientes del Estado o de los grupos mejor posicionados de la ciudad. Sin embargo, en los últimos años habían proliferado “comedores” promovidos por la gente misma, la Iglesia católica y el Municipio, donde pueden enviar a sus hijos. Dada la presión ejercida sobre estas redes, la gente se veía obligada a restringir el consumo, de forma tal que su subsistencia comenzó a ser puesta en juego.

El último grupo de hogares catalogado por la gente misma como los verdaderamente “pobres”, están habitados por personas cuyos lazos sociales son algo diferentes a los convencionales. Independientemente de los ingresos del hogar las “madres solteras” que no cuentan con una pareja estable y los “abuelos”, ancianos que no cuentan más que con “la ayuda” de sus hijos, son vistos como personas que constantemente desequilibran los lazos sociales porque demandan constantemente la intervención de los miembros de otros hogares. Justamente porque estas personas no quieren ser humilladas suelen evitar acercarse a las instituciones, ya que la organización de sus hogares es objeto de crítica social constante. Las mujeres que trabajar fuera del hogar y que crían hijos son vistas como especialmente necesitadas, pero también como una amenaza para la integridad de los hogares “bien constituidos”. Asimismo, los “abuelos” gozan de prestigio por sus conocimientos pero son considerados una carga social porque no pueden abastecerse.

Analía, tiene 33 años, colabora activamente con el Comedor barrial, trabaja en el Hotel como lavandera, tiene 4 hijos y su esposo se fue del hogar en busca de trabajo. Ella considera que tuvo “mala suerte” con su pareja porque el padre de sus hijos no se hacía cargo de la crianza. Cuando ella quería acercarse a la Iglesia con vistas a obtener “ayuda”, él la acusaba de estar buscando contactos con otros hombres y los agentes eclesiales de estar sometida a su esposo. Había dejado de asistir a la Iglesia católica porque había obtenido un puesto como lavandera en un hotel, pero colabora con el comedor y se acercaba al Municipio para recibir ropa y leche para los chicos. Analía participa de las reuniones en el barrio donde se muestra conversadora, abierta y colaborativa con las mujeres y con los varones. Estas actitudes que dan cuenta de la cercanía desaparecen ni bien llegan los sacerdotes, las monjas y los agentes estatales. Agacha la cabeza, no habla, repite con el resto aquello que hay que repetir y se muestra ausente. En una oportunidad luego de asistir a un curso en el cual se habló sobre el machismo, le pregunté si los conocimientos impartidos le habían servido para pensar sobre su propia situación. Ella me dijo “son así mandones y brutos” pero a ella no le gustaba hablar de ello en el grupo de mujeres, porque la gente comenzaba a generar chismes y a manipular tanto su intimidad como la de su esposo. Por esta razón ella prefería asistir a las procesiones y hacer “promesas” a la Virgen, quien le garantizaba discreción frente al dolor ajeno.