24 de Abril de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (134-135) I,II
Año: 2000

Los programas alimentarios desde una visión del “pensamiento nutricional”

Otro aspecto a considerar es en qué medida los alimentos que en conjunto entregan los programas alimentarios son consistentes con el perfil epidemiológico de la población beneficiaria. A veces explícita y otras implícitamente, los programas suelen referirse a sí mismos como estrategias orientadas a mejorar la Seguridad Alimentaria por medio de la distribución de alimentos. Volviendo al concepto de Seguridad Alimentaria, que no debe remitirse solo a la cantidad sino también a la calidad de la dieta que permita “una vida sana”, se entiende que la “canasta alimentaria” de los programas debería responder a algún tipo de diseño de intervención nutricional.

En un intento por reflejar numéricamente el “pensamiento nutricional” subyacente en los programas, en los cuadros siguientes se observan en primer término el grado en que los alimentos distribuidos por los principales programas cubren las recomendaciones nutricionales diarias de la población a la que benefician y en segundo lugar la adecuación de las prestaciones alimentarias a valores normativos de densidad nutricional.

La densidad nutricional es un indicador de la calidad de una dieta en la medida en que relaciona la cantidad de micronutrientes con las calorías totales. Si de esa relación surge un valor inferior a cien se interpreta que la composición de la dieta consumida no permite cubrir las recomendaciones de micronutrientes.

Por lo tanto, el mejoramiento de dietas insuficientes en nutrientes, como es el caso de la epidemiología nutricional de hogares pobres, requiere consumos de alimentos de buena calidad. Si la densidad nutricional de la dieta consumida por las familias es baja, el aporte de programas alimentarios debería privilegiar alimentos de densidad nutricional superior a cien a fin de complementar y mejorar la calidad de la dieta. (Ver cuadro # 4)

De los cuadros anteriores se entiende que, con la excepción del ProHuerta y parcialmente la entrega de leche del PMI, los programas cubren marginalmente las necesidades de los nutrientes más críticos en la epidemiología prevalente mientras que aportan cantidades significativas de calorías y proteínas; en el caso de los comedores escolares, si bien los índices de densidad nutricional aparecen con valores altos, la irregularidad que caracteriza al servicio alimentario termina diluyéndolos sustancialmente. (Ver cuadro # 5)

Los cuadros anteriores, particularmente el último, referido a la densidad nutricional (concepto asociado a “calidad de dieta”) pueden interpretarse mejor si se lo contrasta con la densidad nutricional de las dietas familiares, las que fueron analizadas y se presentan en el cuadro siguiente con la información de consumo de la última Engho, referida a los hogares de aproximadamente el segundo quintil de la distribución del ingreso per cápita del hogar. (Ver cuadro # 6)

Del cuadro y de su comparación con el anterior surge que la densidad nutricional de la dieta familiar es pobre en relación con las metas de densidad de niños (menores de dos años) y que los programas alimentarios, lejos de complementar y mejorar los niveles de calidad, aportan un perfil de dieta similar, de lo que se desprende una baja potencialidad de impacto nutricional.

El cambio propuesto en los programas materno-infantiles, de reemplazo de leche entera y cajas familiares de alimentos por leche fortificada con hierro, zinc y vitamina C puede ser un ejemplo ilustrativo del caso contrario, el de un programa con un claro sentido y pensamiento de intervención nutricional, que complementa la dieta de su población beneficiaria aportando un perfil nutricional que mejora sensiblemente la calidad de la dieta. (Ver cuadro # 7)