19 de Junio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (134-135) I,II
Año: 2000

Introducción

La introducción del concepto de "resiliencia"1 en las ciencias sociales y en los ámbitos de intervención social, ha abierto nuevas perspectivas para abordar algunos de sus problemas clásicos, como los referidos a los temas del desarrollo infantil y del aprendizaje. Al enfocar el hecho de que la adversidad no deriva irrevocablemente en individuos dañados, se ha mostrado que la conformación de éstos depende no simplemente de factores condicionantes como, por ejemplo, los recursos económicos, la alimentación, el nivel educativo de los padres, la estimulación materna o la disponibilidad de material lúdico, sino, fundamentalmente, de los mecanismos y las dinámicas que ordenan el modo cómo ellos se relacionan (Rutter 1985).

En dicho marco, se han mostrado casos de personas que, habiendo crecido en condiciones adversas, logran ser competentes en diferentes dominios y presentan características que los emparentan, no con sus pares, sino con aquellas provenientes de ambientes más prósperos. Efectivamente, los individuos “resilientes” se destacan por poseer un alto nivel de competencia en distintas áreas, ya sea intelectual, emocional, buenos estilos de enfrentamiento, motivación al logro autosugestionada, autoestima, sentimientos de esperanza, autonomía e independencia, entre otras. Y esto ha podido ser así incluso cuando el área afectada es una tan básica para la vida, como la nutrición (Kotliarenco et al. 1997).

Para esclarecer el fenómeno de la resiliencia, los estudiosos han apuntado a las características del ambiente en que se han desarrollado los sujetos resilientes: han tenido corta edad al ocurrir algún evento traumático; han provenido de familias conducidas por padres competentes, integrados en redes sociales de apoyo, que les han brindado relaciones cálidas (Fonagy et al. 1994; Lössel et al., citado en Brambing, 1989; Mrasek y Mrasek, citado en Rutter y Hersov, 1985). Junto a esto, se ha mencionado la participación de estas personas en programas de intervención, caracterizados, no por haber eliminado la adversidad de su medio de pertenencia, sino por ser llevados a cabo en momentos cruciales de sus vidas, ajustados a su nivel de desarrollo, intensivos, amplios, responsivos al riesgo o al daño individual y culturalmente pertinentes (Ramey y Ramey 1998).

Puede observarse que se ha conformado una considerable plataforma en torno a lo que Rutter ha denominado como “la negociación que las personas hacen frente a situaciones de riesgo” (citado en Kotliarenco et al., op. cit.: 3). No obstante, se trata de un acervo inacabado, que se encuentra en el nivel de lo descriptivo. En efecto, aún se desconoce el espectro completo, la jerarquía y las relaciones entre los mecanismos protectores —biológicos, psicológicos, sociales, culturales y ecológicos— del individuo ante lo adverso (Shore 1997).

Así, para el fenómeno de la resiliencia las explicaciones todavía permanecen pendientes, al desconocerse los procesos que le subyacen. Desde luego, el conocimiento de este proceso es de fundamental relevancia para poder avanzar en el tema. Ciertamente, no se ha logrado establecer de qué manera los mencionados mecanismos protectores se traducen en los procesos orgánicos que redundan, finalmente, en adecuados niveles de desarrollo motriz, cognitivo, lingüístico y psicosocial del individuo. En otras palabras, y a modo de ejemplo, cómo es que el cuidado materno cálido deviene en un niño competente.

Para responder a dichos interrogantes, es necesario no fijar la mirada dentro de las fronteras disciplinarias (en este caso, de la psicología, que ha sido el área más interesada en este tema), sino expandirla hacia ámbitos del conocimiento que permitan profundizar los logros obtenidos hasta ahora, esquivando así la valla que interpone la concepción del ser humano por parcialidades y aproximándose, del mismo modo, a su consideración integral (Susman 1998).

De hecho, como Rutter (1990) ha comentado, los estudios sobre resiliencia han provenido, principalmente, de tres áreas de investigación: la primera, originada en investigaciones sobre poblaciones de alto riesgo, particularmente en las referidas a enfermedades mentales; la segunda, en los estudios sobre temperamento; la tercera, en la observación de las diferencias individuales para enfrentar situaciones especiales de sus vidas.

Precisamente, los aportes que han contribuido entre otros, a resolver los dilemas en que se encontraban los estudiosos de la resiliencia no han provenido de las disciplinas tradicionalmente interesadas en este campo, sino de un área de estudio considerada más bien ajena a él: la neurología. Sus hallazgos sobre el desarrollo y funcionamiento del cerebro y sobre las relaciones entre éste y el comportamiento, han levantado interrogantes de interés respecto de las bases biológicas del fenómeno de la resiliencia (Shore op. cit.).