13 de Diciembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (134-135) I,II
Año: 2000

Algunos antecedentes

Recientes investigaciones proponen que el cerebro, dada su responsividad —es decir, plasticidad— a la experiencia ambiental, resulta afectado en su estructura y función por ella (Masten y Coastworth 1998). Esto se explica dado que, en la corteza cerebral, diferentes regiones incrementan su tamaño (al aumentar el número de dendritas en cada neurona) cuando son expuestas a condiciones estimulantes y, mientras más prolongadas éstas, mayor su crecimiento (Shore, op. cit.). Esta actividad cerebral sería dirigida de modo muy grueso por patrones neuronales genéticamente configurados; en tanto, los detalles de dichos patrones (es decir, la cantidad y tipo de conexiones sinápticas) estarían en gran parte condicionados por la interacción con el ambiente (Greenough et al. 1987).

Así, por ejemplo, la nutrición sería un factor cardinal en la configuración —anatómica y funcional— del cerebro. Diversos estudios han encontrado estrecha asociación entre alimentación deficiente y rendimiento mental, especialmente en épocas tempranas, aunque también en edad escolar, como consecuencia de la falta de principios nutritivos para la producción de determinadas neurohormonas, lo cual limita el desarrollo cerebral (Chávez et al. 1998).

A este respecto, capital importancia reviste el período comprendido desde la gestación hasta los tres primeros años de vida, puesto que en él, el desarrollo del cerebro ocurre con una velocidad extraordinaria. Mientras el feto se desarrolla, las células cerebrales deben alcanzar una posición específica en la corteza cerebral, de acuerdo a un patrón preciso de secuencia y tiempo; si algo (como la exposición a condiciones ambientales adversas, abuso de sustancias, radiación o falta de nutrición adecuada) interfiere este proceso, los efectos pueden ser devastadores y de larga duración o irreversibles (pueden ocurrir desórdenes neurológicos severos, como epilepsia, autismo o esquizofrenia). Más tarde, el número y densidad de sinapsis alcanzados entre el nacimiento y los tres años de edad constituyen la mayor parte de las que permanecerán en el cerebro durante la primera década de vida, momento a partir del cual comienza un proceso de eliminación de aquellas sinapsis que no son utilizadas con frecuencia (Shore, op. cit.).

Para alcanzar los más altos niveles de desarrollo cerebral a través de la interacción con el ambiente es crucial la [oportunidad],2 es decir, el momento de la vida, en que ésta ocurre: si bien el aprendizaje continúa a través de todo el ciclo de vida, hay tiempos específicos para que se realice en forma óptima. Puesto que las diferentes regiones del cerebro maduran en distintos momentos, cada una de ellas es más sensible a distintas experiencias en diferentes edades y, por esta razón, durante estos períodos críticos, el cerebro es particularmente eficiente ante particulares tipos de aprendizaje y susceptible de ser alterado en su “arquitectura”. En términos concretos, esto quiere decir que al individuo se le abren distintas “ventanas de oportunidades” (“windows of opportunity”) para el aprendizaje en momentos específicos de la vida, los que, de acuerdo a ciertos autores, no se extenderían más allá de los diez o doce años de edad (Hancock 1996).

Lo anterior se enmarca dentro de la siguiente idea: no es ningún elemento ni patrón de elementos particulares lo que define el rumbo del desarrollo; antes bien, es la reunión de múltiples factores en un contexto lo que explica este proceso (Sameroff et al 1993). Esto no ocurre mecánicamente: las interacciones entre los factores son complejas en naturaleza y diferentes para el desarrollo de las competencias socioemocionales y cognitivas de los niños (Sameroff y Seifer 1983). Por ejemplo, desde los dos años, entre las distintas funciones de desarrollo, las que resultan más afectadas por las características del ambiente son aquellas de tipo cognitivo; téngase en cuenta que el coeficiente intelectual, nivel educacional y comportamiento maternos, en el período señalado, se encuentran fuertemente asociados al desarrollo cognitivo y verbal de los niños (Bendersky y Lewis 1994; McLoyd 1998).

Dichos hallazgos son complementados por los alcanzados en estudios abocados a conocer las relaciones entre el comportamiento y la actividad adrenocortical en infantes. Desde hace ya tres décadas (Anders et al. 1970), esta asociación ha suscitado el interés científico, principalmente por dos razones. La primera es la fuerte evidencia de que el sistema pituitario-adrenal es un indicador extremadamente sensible de la detección de muchos cambios ambientales adversos por parte del organismo. La segunda es la demostración de que la respuesta pituitario-adrenal depende no sólo de la existencia de una situación adversa, sino del grado en que ésta se define cómo tal (Levine et al. 1987).

Las numerosas investigaciones llevadas a cabo sobre la materia, han mostrado que situaciones estresantes producen elevaciones de los niveles de la hormona esteroidal cortisol. En un estudio pionero que intentó relacionar cuatro estados conductuales (llanto, vigilia, movimiento ocular rápido y movimiento ocular no rápido) con los niveles de cortisol- se encontró que el cortisol se elevó marcadamente después del llanto, mientras que en los otros estados permaneció constante (Anders et al., op. cit.).

Otra investigación, abocada a examinar la producción de cortisol entre recién nacidos ante una estimulación aversiva-específicamente, circuncisión- mostró que el cortisol se elevaba luego de ésta, aunque, luego de un lapso, volvía a los niveles previos al procedimiento. Junto a esto, se encontró que la [angustia]3 conductual se correlacionó positivamente con el cortisol y que el sueño tranquilo previo, negativamente con aquél (Gunnar et al. 1985).

Estudios con primates infantes en situación de separación materna han revelado que ésta produce elevaciones en los niveles de cortisol, los que se encuentran asociados a la drasticidad de la separación de la madre: en condiciones de separación absoluta o casi absoluta, el cortisol se elevó fuertemente; mientras, aquellas separaciones menos drásticas, produjeron sólo pequeños cambios, los que además no alcanzaban larga duración, contrariamente a lo observado en aislamiento absoluto o casi absoluto (Levine, et al., op. cit.).

Intentando encontrar relaciones entre la actividad adrenocortical y el temperamento infantil, Gunnar et al. (1989) evidencian que la mayor actividad adrenocortical se produce entre aquellos niños más proclives a la [angustia]. Al tiempo, las situaciones de separación materna sólo produjeron leves incrementos del cortisol.

Lewis y Thomas (1990), al estudiar la liberación de cortisol en infantes luego de una inoculación, hallaron significativas elevaciones de la hormona después de la inoculación. Con mayor detalle, la producción de cortisol se asoció positivamente con los niveles de estrés de los niños. A la vez, los niveles basales de cortisol se relacionaron significativa y negativamente con los cambios en los niveles de cortisol.

Para conocer los efectos de diferentes estímulos sobre la actividad adrenocortical en infantes, se encontró que en aquellas condiciones que no produjeron fuertes elevaciones del cortisol, no se encontraron correlaciones significativas entre éste y el comportamiento, mientras las conductas menos positivas y más [angustiadas] estuvieron positivamente relacionadas con el cortisol (Larson et al. 1991).

Con el propósito de determinar la respuesta adrenocortical en infantes de nueve meses de edad ante la separación materna, Gunnar et al. (1992) evidencia, por una parte, activación adrenocortical relacionada positivamente con la responsividad y calidez del cuidador sustituto. Por otra, no se encontraron asociaciones significativas entre la [angustia] conductual de los infantes y el cortisol.

Spangler y Grossman (1993) muestran que, ante situaciones extrañas, el cortisol se incrementa en los niños catalogados como [inseguros-evitantes]4 y en los [desorganizados],5 no así en los seguros.

Al comparar las respuestas conductuales y de cortisol ante una inoculación entre niños japoneses y niños americanos caucásicos, se hallaron diferencias significativas entre ambos grupos: los americanos caucásicos presentaban un comportamiento alto y niveles de cortisol bajo, mientras los japoneses un comportamiento bajo y niveles de cortisol alto (Lewis et al. 1993).

Examinando las respuestas del cortisol ante la inoculación en relación con las condiciones de nacimiento, Ramsay y Lewis (1995) concluyen que la respuesta de alto cortisol puede indicar un óptimo funcionamiento a los 2 meses de edad, pero uno no óptimo a los 6 meses. Esto provee evidencia de cambios en el funcionamiento adrenocortical en este período.

Nachmias et al. (1996) estudiaron el rol moderador de la relación de [apego]6 entre la madre y el niño en las inhibiciones conductuales y la reactividad al estrés de éste. Las elevaciones de cortisol fueron encontradas sólo en aquellos infantes inhibidos con relaciones de [apego] inseguras.

Investigando la organización bioconductual en infantes con diferentes tipos de [apego], Spangler y Schieche (1998) dan cuenta de que la activación adrenocortical fue más prominente en infantes inseguros con alta inhibición conductual, lo que interpretan como un indicador de la relación de [apego] seguras como amortiguador social contra las disposiciones temperamentales menos adaptativas.

Como ha de haberse notado, cada estudio por separado arroja evidencias extremadamente acotadas sobre el tema. Al analizarlos a todos en conjunto, es posible extraer una síntesis de mayor alcance. Interesa especialmente la elaborada por Gunnar (1996, citado en Shore, op. cit.), que propone que los eventos traumáticos o adversos, sean psicológicos o físicos (nutrición pobre, permanentes niveles elevados de estrés, violencia), elevan los niveles individuales de cortisol, el que, a su vez, afecta el metabolismo, el sistema inmune y el cerebro. De este modo, este tipo de experiencias puede socavar el desarrollo neurológico y deteriorar la función cerebral al reducir el número de sinapsis neuronales en ciertas partes del cerebro, deteriorar el proceso de mielinización y destruir neuronas (Shore, op. cit.). De hecho, los niños que tienen altos niveles de cortisol en forma crónica, muestran algún retraso en su desarrollo, en comparación con sus pares que tienen niveles de cortisol normal.

Es de especial importancia señalar que lo descrito no ocurre en niños que reciben cuidado sensitivo, afectuoso y enriquecedor en su primer año de vida, éstos son menos propensos a responder a la tensión produciendo cortisol en comparación con aquellos niños que no tuvieron ese tipo de cuidados. De modo que, cuando un niño es abandonado o descuidado muy temprano en su vida, funciones cerebrales mediatizadas como la empatía, el apego, la regulación de los afectos, la capacidad de aprendizaje o de resolución de problemas, resultan a menudo dañadas.