11 de Diciembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (132-133) I,II
Año: 1999

Educación, estrategia ganadora

La educación aparece a inicios del siglo como un motor fundamental del crecimiento económico y de la competitividad en los nuevos mercados globalizados. La calidad en conocimientos de la población de un país constituye en los actuales escenarios económicos un factor diferenciador estratégico. Contar con una mano de obra calificada abre paso a la incorporación de progreso tecnológico en las organizaciones, les permite innovar y realizar cambios sabiendo que su personal puede manejarlos, crea condiciones para avanzar gerencialmente hacia un perfil de “organizaciones que aprenden permanentemente”, considerado el perfil ideal en nuestros días.  Los niveles de educación de su personal van a repercutir fuertemente tanto en el rendimiento individual, como en la performance colectiva de las organizaciones.  Además, los trabajadores calificados tienen una incidencia técnica positiva sobre su grupo, y apuntalan la productividad de conjunto.

Por todas estas y otras razones, la educación es percibida como una de las inversiones de más elevado retorno sobre la inversión.  Las empresas de punta en el mundo, han aumentado en los últimos años significativamente sus asignaciones en capacitación de los miembros de la organización, y la concepción de la capacitación en general se ha expandido transformándose en Desarrollo de Recursos Humanos (DHR).  

A nivel de personas y de familias, la educación es vista como uno de los mayores canales de movilidad social.   Se observa estadísticamente que hay correlaciones significativas, entre los niveles de educación y las remuneraciones que las personas pueden alcanzar.

Dadas todas estas virtualidades y otras añadibles, se concibe normalmente a la educación como una estrategia central para mejorar las desigualdades.  El razonamiento básico es sumariamente que su expansión generará mejores calificaciones que serán un instrumento decisivo en “romper” desigualdades.

Sin embargo, las realidades empíricas parecen señalar que las relaciones entre educación y desigualdad son más complejas, y que es necesario atender en forma realista a esa complejidad para poder movilizar las potencialidades de la educación como agente de cambio y mejoramiento.