19 de Julio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (132-133) I,II
Año: 1999

Los sistemas de educación superior

Pues bien, ¿qué ha ocurrido entre tanto con las instituciones del sector y con las políticas de educación superior?

Primero, nos hemos movido desde una provisión de élites a una provisión masiva de enseñanza superior. Y los países de la región se encaminan, aunque con distintos ritmos, hacia la universalización de este servicio. En efecto, el aumento de la matrícula terciaria ha sido espectacular; de alrededor de 600 mil estudiantes a más de 8 millones durante el período entre 1960 y 1995.  Más jóvenes que nunca antes acceden por tanto a una formación superior e ingresan a la vida adulta como profesionales y técnicos. Un rasgo particular de este crecimiento es que él ha sido más fuerte en el sector privado que en el público, al punto que en República Dominicana, El Salvador, Colombia, Brasil,  Chile y Paraguay uno de cada dos alumnos, o más, se encuentra cursando sus estudios en dicho sector.

Segundo, todos nuestros sistemas, salvo los de tamaño más pequeño, se han diferenciado tanto horizontal como verticalmente, dando origen a nuevas instituciones ( universitarias y no-universitarias, públicas y privadas) y a nuevos programas de pre y posgrado.  Así, mientras alrededor de 1950 existían en América Latina 75 universidades, en 1995 se contabilizaron 319 universidades públicas, 493 universidades privadas y 4.626 instituciones no universitarias de educación superior, de las cuales un poco más de la mitad son privadas. Hay más diversidad y, también, mayor confusión.  Sólo en Colombia se ofrecen más de 7 mil programas de enseñanza superior y en toda la región proliferan las maestrías y se multiplican los diplomas creando una verdadera Torre de Babel de certificados y nomenclaturas académicas.

Tercero, los sistemas y los gobiernos están encontrando dificultades cada vez mayores para financiar la educación superior. En efecto, la tasa de aumento de la matrícula excede al crecimiento de los países y al incremento del gasto fiscal. Incluso, la situación suele ser aún más complicada, como ocurrió durante la década pasada cuando, debido a condiciones macroeconómicas adversas, el gasto de muchos gobiernos disminuyó, al mismo tiempo que continuaba creciendo el número de estudiantes matriculados. Así, en los países de ingresos bajos (según la calificación del Banco Mundial) la matrícula creció durante ese período a una tasa promedio anual de casi un 9%, mientras el gasto público disminuyó a una tasa de menos 12%. La misma situación, aunque más atemperada, se dio entre los países de ingresos mediano bajos y mediano altos. En suma, los Estados ya no están en condiciones de financiar por sí solos esta empresa masiva.

La propia UNESCO llegó a esa conclusión, hace unos pocos años, cuando declaró que “en la actualidad, difícilmente existe algún país capaz de financiar un sistema comprensivo de educación superior exclusivamente con recursos públicos”. Incluso más: señaló que “visto el estado de la economía en varias regiones del mundo y los persistentes déficit presupuestarios a nivel local y de los Estados, parece improbable que dicha tendencia pueda revertirse en los próximos años”.7 Hoy nos encontramos, precisamente, en esa situación. Este año el crecimiento de la región será casi nulo y, en varios países, habrá una caída del producto, con un severo impacto negativo sobre las finanzas públicas.

Como reacción frente a esta tendencia, dos han sido las principales estrategias seguidas por los gobiernos para complementar los ingresos fiscales de la enseñanza superior; ambos mal recibidos por la comunidad académica. Por un lado, organizar una parte de esta actividad bajo financiamiento y gestión privados, sustrayéndola por esa vía del dominio y el financiamiento públicos. Por el otro, en el caso de las instituciones estatales, desplazar parte del costo a los alumnos o sus familias, junto con modificar los mecanismos de asignación de fondos fiscales de manera de hacerlos más transparentes, competitivos y, en lo posible, vinculados al desempeño y a los resultados.

Por su parte, también las instituciones están buscando diversificar sus fuentes de financiamiento y elevar sus capacidades de gestión, de manera de generar recursos de libre disposición que les permitan efectuar inversiones estratégicas para su desarrollo, mejorar las remuneraciones del personal académico y efectuar subsidios cruzados en beneficio de unidades con menor posibilidad de generar recursos en el mercado.