25 de Abril de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (132-133) I,II
Año: 1999

Globalización: Rezagos latinoamericanos

A las anteriores circunstancias se suma el hecho de que, al aproximarnos al siglo 21, el mundo avanzado experimenta una revolución semejante o mayor a la industrial. Está dando paso a un nuevo tipo de organización social—del trabajo, de los intercambios, de la experiencia y las formas de poder—que se ha dado en llamar una sociedad global de la información, sustentada por una economía cuya base es la utilización del conocimiento.

La globalización es la fuerza clave que propulsa esta transformación. Comprende no sólo el movimiento transnacional de bienes y servicios sino que, además, de personas, inversiones, ideas, valores y tecnologías más allá de las fronteras de los países. En general, los analistas coinciden en señalar que la globalización se halla propulsada por la apertura y la desregulación de los mercados, la difusión de las tecnologías de información y comunicación electrónicas y la integración de los mercados financieros.

Un buen foco para entender el orden global emergente es la explosión que ha estado ocurriendo en el manejo de la información, impulsada en parte por la constante caída en los costos que trae consigo la revolución electrónica de las comunicaciones. En efecto, el costo real de almacenar, procesar y transmitir una unidad de información ha venido cayendo a una tasa de 20% anual durante los últimos cuarenta años. Compárese esto con la declinación en los costos de energía que alimentó a la revolución industrial; sólo un 50% durante un período de tres décadas.5 Otra manera de apreciar el cambio es reparar en el hecho de que hace 25 años un semiconductor de un megabyte de memoria costaba 550 mil dólares mientras hoy cuesta alrededor de cuatro. En 1997 los microprocesadores eran 100 mil veces más rápidos que sus antecesores de 1950.

Miradas las cosas bajo este ángulo, no hay duda de que  América Latina se encuentra rezagada. Marcha, como ha dicho Carlos Fuentes, “en el furgón de cola de la modernidad”. Para constatarlo basta considerar que el peso de la región en el mundo—medido por su población—disminuye a medida que aumentan las exigencias de conocimiento o inversiones envueltas en diversas actividades estratégicas. Así mientras nuestra región representa un 8,5% de la población mundial, en cambio producimos alrededor del 6% del PIB mundial–sólo un poco más que Francia y menos que Alemania—; gastamos un 5,5% del total mundial en educación; participamos con menos de un 5% de las exportaciones globales; tenemos menos del 4% de los ingenieros y científicos trabajando en labores de I & D; nuestras exportaciones de manufacturas llegan a menos del 3% mundial, nuestra participación en el mercado global de tecnologías de la información es de sólo un 2%, nuestros autores científicos contribuyen con menos del 2% de las publicaciones registradas a nivel mundial, tenemos sólo un 1% de los hosts de Internet y las patentes industriales registradas por latinoamericanos en los Estados Unidos apenas llegan al 0,2%. Luego, mientras mayores son las exigencias de conocimiento envueltas,  menor es nuestra gravitación en el mundo emergente.6

Podrían tomarse otras cifras complementarias; todas revelan un igual rezago. En comparación con los países desarrollados, cuyo ingreso promedio per cápita es 3,5 veces superior, gastamos en educación 8 veces menos por habitante; 13 veces menos en los niveles preescolar a secundario y 6 veces menos en el nivel de la educación superior. En la región, menos de dos de cada diez jóvenes del grupo de edad se encuentran matriculados en la enseñanza superior; en los países desarrollados, en cambio, uno de cada dos se halla cursando estudios de nivel pos-secundario. Considerando el total de la población, aquí la escolaridad promedio alcanza a 5 años y medio, allá a 10.

Similares diferencias existen en dimensiones claves de la infraestructura de información. Con relación a la población, circula en América Latina sólo un tercio de los diarios comparado con los países desarrollados; hay la tercera parte de receptores de radio y televisión; los subscriptores de cable y los usuarios de telefonía móvil están en proporción de 1 a 9, los de computadoras personales de 1 a 10 y el número de ellos conectados a la red mundial se halla en relación de 1 a 58.

A la luz de estos antecedentes resulta evidente que América Latina necesita hacer un esfuerzo de gran magnitud para ponerse al día. Y, naturalmente, las expectativas respecto del papel y la contribución de la universidad y la educación superior tienden a aumentar.