22 de Abril de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (132-133) I,II
Año: 1999

Democracia y desarrollo

Por de pronto, ha mudado el contexto político y económico dentro del cual funcionan  las instituciones de enseñanza superior. Efectivamente, al aproximarse el fin de siglo, dos hechos nuevos resaltan sobre el paisaje de la región. Primero, la reimplantación de sistemas democráticos que ponen fin (aparentemente al menos) al ciclo de caudillos, regímenes autoritarios, guerras internas y ensayos revolucionarios que alimentaron la inestabilidad política del continente desde el comienzo de la guerra fría. Segundo, la gradual adopción de economías de mercado abiertas al comercio internacional que aparecen como condición para el desarrollo de la región.

Pero conviene ser cautos a la hora de evaluar este cambio del escenario en que se desenvuelve nuestra educación superior.

Por un lado, todavía hay sociedades donde la violencia es una constante y hay regímenes que marchan al borde del abismo autoritario. La democracia no se ha asentado sino débilmente en la conciencia y la cultura de la región y su institucionalidad es aún precaria. Según un reciente sondeo de opinión a nivel regional, todavía hoy un tercio o más de la población no cree que la democracia sea preferible a cualquiera otra forma de gobierno. Menos de la mitad de los ciudadanos encuentra indispensables a los partidos políticos en su país.1 La confianza en los poderes ejecutivo, legislativo y judicial es baja. Éstos, a su vez, representan la contra-cara de esa democracia culturalmente débil, su precaria estructura: gobiernos sobrecargados de funciones pero que no logran siquiera garantizar los bienes públicos esenciales como seguridad, salud y educación; un proceso legislativo lento y engorroso y sistemas judiciales que se hallan en crónica crisis, sin poder frenar el crimen y la delincuencia, a cuya represión los gobiernos destinan tres veces más recursos que a promover la ciencia y la tecnología. Estamos, por tanto, frente a una cultura política del retraimiento y la desconfianza. De hecho, América del Sur y del Centro muestran las más bajas tasas de participación electoral entre todas las regiones del mundo.2

Por otro lado, si bien es cierto que América Latina ha adoptado un nuevo modelo de desarrollo3—y que "sin excepción todos los países de la región muestran índices de eficiencia de las políticas mejores en 1995 que diez años atrás"4—a  pesar de eso, sin embargo, la región permanece entrampada. El crecimiento promedio durante los noventa ha sido un moderado 3,3%. El desempleo ha aumentado. El número de pobres permanece en torno a 150 millones de personas. El nivel promedio de escolaridad de la fuerza de trabajo continúa siendo bajo (4,9 años si se pondera por población) y, durante los noventa, ha aumentado a una modesta tasa de 0,9%, muy debajo de la tasa de un 3% anual observada durante más de tres décadas en Corea, Taiwan, Singapur y Hong Kong.

No debe extrañar que, en tales condiciones, se extienda por la región un clima finisecular de aprehensión e incertidumbre. Sólo un 10% de la población estima que la situación económica actual de sus países es buena; menos de un tercio piensa que su país está progresando; un 76% cree que ahora hay más pobres en su país que hace cinco años y alrededor de un 40% se declara muy preocupado de quedar sin trabajo o estar desempleado durante los próximos doce meses. Dos tercios o más de las personas cree que en su país están aumentando la delincuencia, el narcotráfico, la drogadicción y la corrupción.