20 de Enero de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (132-133) I,II
Año: 1999

Nuevas demandas

Pero no terminan aquí los desafíos que enfrentan los sistemas de educación superior de la región. Como resultado de los cambios de contexto y sectoriales que hemos visto, los sistemas se ven forzados, adicionalmente, a enfrentar un conjunto de nuevas demandas que, por su propio peso, obligan a adoptar nuevas políticas. ¿De qué demandas se trata?

Se trata, en primer lugar, de la creciente diversificación—y no sólo del rápido y masivo incremento—de las personas que legítimamente esperan acceder a la universidad. Ya no sólo los jóvenes recién egresados de la enseñanza secundaria aspiran a recibir una educación de nivel superior. Además hay una serie de otros grupos que por necesidad o preferencia reclaman ese derecho. Son profesionales que buscan ampliar o mejorar sus conocimientos y destrezas; personas que desean o deben cambiar de ocupación; funcionarios y trabajadores que buscan acreditar y certificar su experiencia laboral; adultos mayores dispuestos a cultivar una disciplina o a adquirir competencias para una actividad, y organizaciones interesadas en obtener servicios docentes en función de sus propios programas de capacitación.  En suma, las denominadas clientelas de la educación superior se están multiplicando y diversificando y eso crea una demanda cualitativamente distinta que presiona sobre el sistema y las instituciones.

En segundo lugar, diversas actividades de la economía y la sociedad demandan, a su turno, nuevas calificaciones profesionales y técnicas. Las especializaciones laborales requeridas se multiplican. Nacen actividades que antes no se conocían, como variadas profesiones y técnicas ligadas al manejo y la protección del medio ambiente, o cuyo perfil se ha visto alterado drásticamente en corto tiempo, como en el caso de las actividades relacionadas con la industria de las comunicaciones. Por tanto, la educación superior se ve forzada a acomodar, ella también, un número creciente de especialidades y sub-especialidades. Por ejemplo, a comienzos de los años 90, la Asociación (norte) Americana de Psicología identificaba 45 especialidades. Y una sola de ellas, la psicología social, registraba 17 subespecialidades. Como señala un autor, “la diferenciación de las disciplinas corre por delante de nuestra imaginación, y para qué decir de nuestra capacidad de comprensión empírica, respecto de lo que está ocurriendo al interior de las estructuras de conocimiento sobre las que se sostiene la educación superior y, en general, la vida intelectual”.8 A medida que la sociedad usa más conocimientos, cada vez más especializados, también la universidad debe multiplicar sus unidades, especializarse y pagar el precio de una creciente fragmentación.

En tercer lugar, han aumentado y se han diversificado las demandas provenientes de los gobiernos, la industria, los empleadores, los medios de comunicación y la opinión pública en general. Los gobiernos reclaman calidad, eficiencia y relevancia de la educación superior para el desarrollo nacional, aún cuando ya no están en condiciones de sustentar con generosidad dichas demandas. La industria quisiera encontrar en las universidades una fuente de información y un mayor énfasis en la innovación tecnológica. Los empleadores exigen graduados que se adapten a sus múltiples y cambiantes necesidades. Los medios de comunicación siguen a la distancia la evolución de los sistemas y critican sus fallas sin alentar, en cambio, sus progresos. Por su lado, la opinión pública se ha acostumbrado a esperar más de la educación superior de lo que ésta puede entregar: equidad de acceso, empleos bien remunerados, un camino garantizado de movilidad social, un lugar de orientación para la sociedad, una variedad de servicios culturales y mucho más. En tales circunstancias, la presión sobre las instituciones aumenta constantemente y la variedad de agentes que deben satisfacer  amenaza con sobrepasar sus  capacidades de respuesta.

En cuarto lugar, vivimos un momento histórico en que el propio material con que trabajan las universidades–el conocimiento—parece expandirse hasta el infinito, mientras los recursos disponibles apenas alcanzan para informarse sobre esa verdadera explosión. Cito tres ejemplos. Un estudio realizado a fines de la década pasada identificaba a nivel mundial, sobre la base de mediciones bibliométricas, 37.000 áreas especializadas de actividad científica. (Es interesante observar—a propósito de los rezagos de América Latina—que la región apenas se encontraba representada en un 17% de ellas).9 Otro ejemplo: según los entendidos, la producción historiográfica publicada durante el breve período entre1960 y 1980 equivale a toda la producción anterior publicada desde el siglo cuarto a.C. hasta 1960.10 Último ejemplo: en el caso de las matemáticas, un analista señala que se publican anualmente 200.000 nuevos teoremas, que existen más de 1.000 revistas especializadas, las cuales califican la producción de la disciplina en 62 tópicos principales divididos a su vez en 4.500 subtópicos.11 En suma, la generación de conocimientos a nivel global se ha vuelto incontrolable. Ninguna universidad, y ningún sistema nacional de educación superior, pueden por sí solos abarcar el material con que trabajan. Y éste, en vez de agotarse por su uso, crece, se reproduce, se multiplica, fragmenta, especializa y combina, dando lugar a una infinidad de nuevas aplicaciones.

Considerando este conjunto de nuevas demandas—demográficas y socio-culturales, de  estructura económica y mercado laboral, proveniente de agentes externos y nacidas del interior del propio proceso de conocimiento—es fácil concluir que la educación superior corre el serio riesgo de verse sobrepasada por la profunda y rápida transformación de las circunstancias en que debe operar.