17 de Agosto de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (132-133) I,II
Año: 1999

Conclusión

Permítanme concluir con una breve observación adicional. He tratado de mostrar cómo, a la luz de los rezagos de la región y de las transformaciones experimentadas por los sistemas, las cuestiones relativas a la calidad de la educación superior están pasando a convertirse  en el eje de las políticas dirigidas hacia el sector. El establecimiento de mecanismos y agencias de aseguramiento y promoción de calidad y/o de acreditación se ha puesto así en el centro de esas políticas y del debate público.

No debe perderse de vista sin embargo que, al final del día, son las propias instituciones las que necesitan cambiar, mejorar y adaptarse a las nuevas condiciones y demandas. Las políticas pueden crear los incentivos adecuados para ello y proporcionar mecanismos externos que ayuden a tales propósitos. Pero sólo las instituciones pueden efectivamente modificar la cultura de su organización, mejorar la gestión, renovar los programas de enseñanza, crear nuevos cauces de colaboración con la sociedad  y volver más pertinente e internacionalmente competitiva la investigación que realizan.

Muchos observadores, en efecto, sostienen que los requerimientos externos de calidad sólo sirven, al final, para generar una “mentalidad de aceptación” dentro de las instituciones, con escaso impacto sobre el mejoramiento de sus actividades sustantivas  y sobre la experiencia de aprendizaje de los estudiantes.13 A este respecto permítanme citar lo a uno de los principales estudiosos del sistema de educación superior de los Estados Unidos. Ha dicho—refiriéndose a los procesos de acreditación en su país—que “aún existe la tendencia por parte de los equipos de visitadores (externos) de juzgar a los colleges y universidades más bien conservadoramente, empleando normas tradicionales que inhiben la innovación y restringen el espectro de las variadas actividades académicas”. Y agrega: “especialmente preocupante es la manera como las asociaciones profesionales de acreditación dictan detalladas regulaciones y, en ese proceso, violan la integridad del campus, empujando a las instituciones hacia el conformismo”.14

Así pues, igual como no basta con alterar las bases de la economía política de nuestros sistemas para volverlos más eficientes y flexibles, tampoco puede esperarse que, por el sólo hecho de agregar ahora mecanismos externos de aseguramiento de la calidad, las instituciones mejorarán efectivamente su desempeño.  Es al interior de ellas que deberán producirse finalmente los cambios necesarios, condición a su vez para que América Latina pueda desarrollarse en un mundo global regido crecientemente por el conocimiento avanzado.

Ya antes la región debió enfrentar desafíos similares. En diversos momentos ha tenido que definir, y luego redefinir, su relación con el mundo; su incorporación a, o exclusión de, los procesos históricos más avanzados de la época. Así fue desde el comienzo; así vuelve a ocurrir hoy. Como ha dicho un intelectual mexicano, “hace casi 500 años, América tuvo que aprender modos de vida radicalmente distintos, traídos de un ‘viejo mundo’ que apenas comenzaba a innovarse a sí mismo. Hoy no debe ser imposible fomentar los espacios imaginarios, buscar ideas originales, reconstruirlas con aquel enorme acervo del pasado, junto al legado completo de la modernidad. […] A fin de cuentas, tal vez sea ésta nuestra única forma sensata y sincera de acceder al mundo del próximo siglo y responder sin rezagarnos a la exigencia de la globalización”.15