18 de Diciembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (129-131) I,III
Año: 1998

La evolución de los indicadores sociales

Conviene analizar, del mismo modo, la evolución de los indicadores demográficos y sociales. La población urbana se incrementa hasta alcanzar más del 80 por ciento en los países más urbanizados (Argentina, Uruguay y Venezuela); y si bien un conjunto de países, particularmente los de América Central, todavía cuentan con mayoría de población rural, en promedio la población urbana en la Región supera a la rural (Ver cuadro 5).

Aumenta, asimismo, significativamente la esperanza de vida al nacer; en 1995 la mayoría de los países supera los setenta años (Ver cuadro 6). Simultáneamente, la transición demográfica fue avanzando en la Región: en un grupo de países se observa una importante proporción de personas en edad de jubilarse, y proporciones menores de jóvenes; en otros, en cambio, aún existe un sector muy amplio de jóvenes (Ver cuadros 7 y 8). Esta realidad plantea desafíos diferentes al mercado de trabajo: por un lado la cobertura social de los trabajadores inactivos debido a la edad, y por el otro, la incorporación de las nuevas generaciones que desean y necesitan insertarse laboralmente.

Se registra una creciente participación de la mujer en la fuerza de trabajo. Al fin del período considerado, una de cada tres mujeres está trabajando en la mayoría de los países (Ver cuadro 9).

La composición de la fuerza de trabajo también se transforma en estos años. Existe una caída constante del peso del trabajo agrícola en la PEA; en 1990 los países más urbanizados, como Argentina y Venezuela, tienen sólo algo más de una décima parte de los trabajadores en el sector primario. La industria (incluyendo la construcción) mantiene o disminuye su participación según los países. El sector terciario de los servicios, en cambio, crece significativamente (Ver cuadros 10a y 10b).

La evolución de dos fenómenos sociales preocupa particularmente hoy en día. Uno es la inequidad y en particular la pobreza, ya que el crecimiento económico y la transformación social han coexistido con la situación de pobreza o de indigencia de vastos sectores de la población. Estos grupos, luego de haber disminuido en términos relativos, en los últimos años tienden a aumentar en números absolutos (Ver gráficos 1 y 2). Luchar contra la continuidad de la pobreza es uno de los desafíos centrales de la Región.

El segundo fenómeno es la permanencia y el crecimiento relativo del sector informal, sector no integrado de la economía, que incluye trabajadores por cuenta propia y microempresas, y que se manifiesta como un gran empleador en la Región. Su existencia al margen de las leyes sociales y de la cobertura de los servicios de salud y seguridad cuestionan la vigencia de las regulaciones existentes. Esta economía no registrada y ese trabajo “en negro” es un dato muy importante en el diagnóstico de la realidad laboral de la Región (Ver cuadro 11).

Los indicadores educativos

Un último conjunto de variables que aporta a la comprensión de la evolución de la situación laboral de la Región, y por ende de las necesidades de formación, se refiere a la educación. Los niveles de instrucción de la población son relevantes para el diagnóstico socio-económico señalado anteriormente, ya que la educación es un indicador del capital humano de cada país y, en consecuencia, de su capacidad de contribuir al proceso de desarrollo. Por ende, si la distribución de la educación entre los habitantes es muy desigual, se crean de hecho núcleos poblacionales que accederán difícilmente al empleo productivo y, obviamente, tendrán dificultad para salir de situaciones de pobreza.

En cuanto a la cobertura del sistema educativo, ésta se ha extendido significativamente en el período considerado: hoy en día el ingreso de la población a la escolaridad primaria está asegurado en la casi totalidad de los países como lo muestran las tasas brutas respectivas (Ver cuadro 12). Pero ese acceso no implica permanencia, ya que aproximadamente la mitad de los estudiantes no terminan los estudios primarios en el tiempo previsto, y la repitencia y el desgranamiento se mantienen en niveles altos (Carnoy y Castro, 1996; Puryear, 1997).

Los estudios secundarios sólo alcanzan a aproximadamente la mitad de las personas del grupo de edad correspondiente en el conjunto de la población, aunque en los países de más temprano desarrollo educativo llegan a cubrir tres cuartas partes de ellas (Ver cuadro 13). En el nivel superior se registra más del 10 por ciento del grupo de edad en un número importante de países (Ver cuadro 14).

Si se pasa de la cobertura del sistema educativo a los niveles de instrucción de la población en general, se observa que en cada decenio la situación mejora, lo cual se debe, obviamente a que las nuevas generaciones han recibido más educación que las anteriores. Aunque en el total de la población se registran niveles decrecientes de analfabetismo, éste muestra una gran disparidad entre países; mientras en algunos sólo alcanza al 5 por ciento, en otros llega a cifras que sobrepasan el 40 por ciento (Ver cuadro 15). Pese al incremento entre 1970 y 1990 de los niveles de instrucción de la población total, si se hace una división dicotómica —entre aquellos con educación primaria o menos y los que han alcanzado como mínimo unos años de educación secundaria— se puede tener una idea de la situación actual con respecto a las calificaciones básicas de la oferta laboral. En la totalidad de los países la mayoría de la población sólo ha asistido a la enseñanza primaria, buena parte sin haberla completado. Si se tiene en cuenta que la literatura actual considera que se necesitan nueve años o más de educación básica para dominar las habilidades generales de empleabilidad, esta situación es francamente deficitaria (Ver cuadro 16).