21 de Junio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (129-131) I,III
Año: 1998

Antecedentes

Las transformaciones sociales y económicas

En las últimas décadas se han producido importantes cambios en las sociedades de la Región. Desde la posguerra, más de tres décadas de transformación económica y social permitieron a vastos grupos de la población incorporarse a la participación social mediante el acceso a la educación y a servicios de salud, y parcialmente al consumo masivo. Esta participación no fue igual en todos los países; algunos llegaron a incluir a la mayoría de la población, otros a pequeñas minorías. Por otro lado, sectores muy amplios quedaron fuera de ese proceso aunque, al comenzar la década del ochenta, se esperaba que paulatinamente se fueran integrando.

El proceso de industrialización en América Latina y el Caribe tuvo un prolongado desarrollo. En algunos países comenzó temprano y creció a partir de la industria de sustitución de importaciones. Tuvieron gran importancia al respecto industrias tales como la metalmecánica y la textil, en ambos casos manufacturas que empleaban grandes cantidades de trabajadores. Si bien en algunos lugares, como en la Argentina, desde principio de siglo se establecieron talleres metalúrgicos importantes, el desarrollo inicial significativo se produjo a partir de los procesos de industrialización de los años 50 y 60; fue entonces cuando Brasil, Argentina, México y Colombia, y en menor proporción los otros países, promovieron el desenvolvimiento de la industria manufacturera. Empresas subsidiarias de las grandes automotrices se establecieron para armar y producir vehículos en la Región. Industrias complementarias, desde el acero hasta las autopartes, crecieron y formaron grandes complejos en zonas privilegiadas de países que ofrecían amplios mercados internos para productos durables. Una primera característica de esta industrialización es la diferenciación entre países, tanto en cuanto al momento de desarrollo (en unos más temprano, en otros más tardío), como en cuanto a sus peculiaridades.

Pero, a pesar del crecimiento económico, se observaron señales de agotamiento de ese proceso basado en la industria protegida que privilegiaba el consumo interno y la exportación predominantemente agrícola. Un estudio de la CEPAL señala que “las inversiones dirigidas a atender la demanda de mercados internos desarticulados, caracterizados por una marcada concentración del ingreso, tendían a perder dinamismo. La misma propensión mostraban las exportaciones de productos primarios sin procesar, afectados por la pérdida de su importancia relativa en los mercados internacionales, la declinación de sus precios, el proteccionismo y la exportación de excedentes por parte de los países industrializados”.1 Se anunciaba entonces una crisis que cambiaría la dirección del proceso de desarrollo.

Las transformaciones económicas de ese período tuvieron notorias consecuencias en la estructura social. Por un lado se incrementó la migración rural-urbana transformando una población predominantemente rural en una población mayoritariamente urbana, con lo que ello implica en cuanto a oferta en el mercado de trabajo. Por otro lado, la proporción de la población económicamente activa que trabajaba en la industria manufacturera y la construcción era muy significativa en un grupo importante de países; esto implicaba una demanda de personal con distinto tipo de calificaciones de la existente anteriormente por parte de la industria manufacturera y la construcción, posibilitando que alrededor de esa demanda se desarrollaran el sector sindical y los servicios de formación profesional. Finalmente, la concentración de la población en las ciudades creó un mercado que permitió el crecimiento de un sector de servicios moderno, pero también de un sector informal que contuvo una sobreoferta de mano de obra no calificada. Surgieron como consecuencia nichos ocupacionales en pequeñas y microempresas que brindaban productos y servicios demandados.

Se llega así a la década de los ochenta. Tanto la economía internacional en rápida evolución y globalización, como la crisis del petróleo y sus efectos sobre la deuda externa, obligaron a importantes procesos de reajuste estructural. Se acumularon factores que impulsaron ese ajuste, tales como las exigencias de modernización técnico-productiva impuestas por el mercado externo, los compromisos de la deuda externa, y la contracción del financiamiento. El rol del Estado como proveedor de servicios y motor del desarrollo industrial se modificó, y el ajuste presupuestario y los procesos de privatización comenzaron a extenderse por la Región.

Los indicadores económicos

Si se observan los indicadores económicos en los países de la Región a partir del año 1980, se destaca la pérdida de dinamismo económico entre 1980 y 1990. Aunque la “década perdida” no lo fue para todos los países, ya que al menos en dos casos, Chile y Colombia, se mantuvieron ritmos importantes de crecimiento, en la mayoría de los países el producto bruto per cápita disminuyó. Solamente en los años recientes está recuperando los valores de 1980 (Ver cuadros 1 y 2).

Con respecto a la participación de los distintos sectores económicos en el producto, en un amplio grupo de países,2 la industria manufacturera y la construcción incluyen más de un tercio de la producción en 1990. La agricultura, en cambio, en un solo caso (Haití) supera el tercio del producto, y en un número alto de países no alcanza a llegar al 10 por ciento.3 El sector servicios es, por lo tanto, muy importante, no sólo en términos de la población ocupada sino también del producto (Ver cuadro 3). Los bienes manufacturados han incrementado notablemente en los años recientes su participación en las exportaciones. Así, en 1995, dichos productos constituían más del 50 por ciento de las exportaciones en tres países (Brasil, Barbados, y México) (Ver cuadro 4).

En 1995 la Región se caracteriza por una marcada heterogeneidad. El PBI por habitante muestra una gran diversidad: tres países sobrepasan los 4000 dólares,4 un amplio grupo supera los 2000,5 pero al mismo tiempo hay seis que no alcanzan los 1000.6 Esta heterogeneidad se manifiesta también en el tamaño de las economías nacionales. Tres países reúnen tres cuartas partes del PBI de la Región: Brasil (38,9 %), México (22,1 %) y Argentina (14,4 %); en cambio los cuatro países con menor PBI sólo cubren el 0,8 por ciento de la producción regional (Barbados, Haití, Honduras y Nicaragua) (Ver cuadro 1).