19 de Junio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (126-128) I,III
Año: 1997

7. ¿Cómo podría contribuir la educación al desarrollo efectivo de nuestros pueblos?

El desarrollo alude a un estadio avanzado de evolución alcanzado por una determinada sociedad, la cual se caracteriza por el equilibrio de un conjunto de indicadores de bienestar social y calidad de vida, de crecimiento económico, de acceso a los bienes y servicios culturales, y de equilibrio ecológico, que sólo se logra mediante el perfeccionamiento de las capacidades humanas, científicas y técnicas de los individuos, de la identidad cultural como pueblo y de la participación ciudadana en un ambiente de progreso económico y social y de estabilidad democrática y pluralismo, donde se garantice el apego a los principios de ciudadanía, soberanía, respeto a los derechos humanos y de la libre determinación de los pueblos. El desarrollo es más que la suma de los logros de cada una de las partes o sectores específicos que conforman a una sociedad. La eficiencia económica y social, su integrabilidad y la equidad son condiciones necesarias pero no suficientes para alcanzar ese estadio avanzado de evolución social al que tanto aspiramos y al que solamente su durabilidad o permanencia en el tiempo es lo que le otorga el carácter de sostenible.

De allí que debemos comenzar por abandonar esa tradición muy nuestra de hablar de desarrollo económico, social, cultural, industrial o ambiental, como si fueran procesos diferenciados o separados. Con eso sólo estamos reproduciendo una concepción ya instalada en nuestras mentes y en la de nuestras instituciones, que no ha permitido otra cosa que crear visiones y compartimientos estancos en nuestro accionar en materia de políticas públicas y particularmente en materia de políticas educativas. Y, además, porque le estamos imponiendo de suyo los límites mismos al grado de desarrollo que queremos alcanzar
Creo que el desarrollo es uno sólo. Debe ser integral y sostenible, pero fundamentalmente humano. Lo social, lo económico, lo cultural, lo ecológico, lo político y lo ético no son más que dimensiones de un solo proceso. Las políticas públicas son los medios para orientarlo y hacerlo posible. Las metas y los indicadores son las maneras de conocer en qué medida y a qué costo lo hemos logrado. Precisamente por resistirnos a superar esa obsoleta manera de concebir que todo lo que hacemos es “para el desarrollo” y por no hacer lo que tenemos que hacer de una manera desarrollada, aún no hemos podido superar en la región la condición de subdesarrollados que nos caracteriza, y bajo este esquema difícilmente lo lograremos.

En el mismo orden de ideas, quizás sea conveniente distinguir la diferencia entre una educación para el desarrollo y una educación desarrollada. Esta radica básicamente en el hecho de que la primera jamas podrá promover el objetivo de contribuir al desarrollo de un país mientras cuente con escuelas pobres, con maestros pobres, con recursos pobres y con alumnos pobres. La segunda, una educación desarrollada, es precisamente la que produce países y sociedades desarrolladas y no a la inversa.

En suma, estigmatizada por el síndrome y la cultura de la pobreza, una educación pobre sólo puede promover una sociedad pobre. Por el contrario, un sistema educativo dotado de recursos y condiciones suficientes para producir una educación de calidad y excelencia estará en capacidad de producir una sociedad con las capacidades humanas, científico—técnicas, necesarias para incrementar las posibilidades de éxito de su propio proyecto de sociedad.