19 de Abril de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (126-128) I,III
Año: 1997

10. ¿Cuál es el papel de los nuevos actores sociales para enfrentar con éxito los retos que plantean la pobreza y el deterioro educativos en el nuevo milenio?

Es imperativo detener el deterioro progresivo del nivel educativo cultural y de capacitación de nuestros pueblos. Reconstruir la sociedad y rearmar un nuevo tejido social son procesos que pasan por la educación de los ciudadanos. Reeducar a la población es un proceso que toma décadas y hasta generaciones; es un proceso que debimos haber comenzado ayer. Está demostrado, además, que los gobiernos por sí solos no lo pueden hacer, no tienen la capacidad ni los recursos suficientes y necesarios para asumir con exclusividad los requerimientos que tal desafío le reclaman. Un acuerdo nacional, y hasta regional, al menos en este punto, debe ser impostergable.

El Acuerdo Nacional, es quizá el único instrumento que nos permitirá reafirmar y legitimar, sobre bases socialmente compartidas y estables, el compromiso de toda la sociedad en el objetivo de atacar, con verdadera voluntad de cambio, los principales problemas que afectan a nuestra educación y limitan su calidad: el centralismo burocrático, los bajos salarios de los docentes, la desactualización de los planes y programas de estudio, el bajo nivel de participación social en el proceso educativo, la ineficiente utilización de los recursos humanos, materiales y financieros y la insuficiente e inadecuada dotación de medios, recursos y materiales en las escuelas. Sólo mediante este acuerdo se podrá trascender del lugar común y maniqueo de que la educación constituye el eje fundamental del progreso de los pueblos, cuando lo que está planteado es un verdadero cambio cultural, donde el Estado docente ceda paso a la sociedad educativa para que se pueda conciliar el imperativo de la transformación productiva (para la competitividad) con equidad (para el bienestar), manteniendo los principios de democratización (masividad) con el de calidad (equidad).

Para tal fin, se requiere el mayor consenso a fin de convertir toda política educativa en una política de Estado de largo alcance, de manera que podamos trascender en los objetivos a los planes y programas educativos de los gobiernos de turno.
En definitiva, en el marco de toda estrategia de modernización de la sociedad y de reforma del Estado, un acuerdo nacional para el mejoramiento de la educación es el único mecanismo que nos permitirá: formular un proyecto educativo común y colectivo; consensuar metas cualitativas y cuantitativas a futuro; reformular los contenidos con arreglo a criterios compartidos de calidad, pertinencia social y ciudadana, democracia y productividad; revertir la pirámide presupuestaria del sector y fortalecer la inversión en los niveles preescolar, básica, técnica y media, revalorizar el magisterio y el papel del docente en la sociedad, y enfrentar con decisión y coraje los intereses político—partidistas, gremiales y sindicales, de cada subsector, que están obstaculizando cualquier acción en beneficio de la modernización, la descentralización y el mejoramiento de la educación.

Lo trascendental de la actual crisis social tiene que ver con la inmensa oportunidad que ella nos brinda para la transformación de la sociedad civil y la reconstrucción de un nuevo concepto de ciudadanía, en los términos de una mejor participación y un mayor compromiso de los ciudadanos en los procesos y en las decisiones, además de una mayor responsabilidad colectiva referida a la eficiencia y eficacia de los servicios sociales, tanto públicos como privados.

Para que un proyecto de sociedad sea realmente el resultado de las opciones y de las decisiones de la sociedad en su conjunto, el colectivo social debe participar en su elaboración desde su propia realidad institucional, profesional y comunitaria. Es posible que una de las características del nuevo proyecto de sociedad sea justamente que la gestión social pase a depender directamente de la participación de todos los actores y sujetos de la práctica social. Para ello se requiere que la población disponga de herramientas y condiciones favorables a esa participación. Proyecto social y participación son dos claves de solución para superar las crisis y guiar a los países hacia su propia reconstrucción.
Para pasar del discurso a la acción es necesario saber en qué consiste el proceso para lograr una mayor participación que sea a su vez crítica y productiva. Una de las condiciones es que se realice un proceso serio de aprendizaje social de la participación y no hay duda de que una de las instituciones que debiera orientar su responsabilidad hacia el logro de ese aprendizaje es la institución escolar y, más concretamente, la escuela.

Cada vez que se hace una reflexión sobre estos temas queda como materia pendiente el qué hacer. Se reclama siempre la receta, aún reconociendo que para ello no existen ni recetas, ni recetarios. Sólo existen realidades, y éstas son suficientemente conocidas y sufridas por todos.

La verdad es que en esta reflexión, como en otras tantas, me resulta sumamente complicado plantear qué es lo que se debe o corresponde hacer en materia de política social y cómo. Primero, porque no se sabe con exactitud, y es difícil creer que haya alguien que lo sepa con precisión. Hacerlo sería sencillamente dar la receta y ello estaría en franca contradicción con lo que señalé anteriormente. De una cosa sí estoy seguro, claro y convencido, y es de lo que no debemos seguir haciendo. La solución está en atacar la causa de los problemas y no los síntomas, como le hemos hecho durante las últimas cuatro décadas. Toda la argumentación anterior —que no es otra cosa que una lectura crítica de lo que hemos estado haciendo en materia de política social y educación para el desarrollo y de cuales han sido sus resultados en la realidad— da cuenta de ello.
En efecto, la realidad de la situación socioeconómica y cultural de América Latina permite afirmar que los programas sociales de enfrentamiento de la pobreza, por asistencialistas, clientelares y populistas que sean, lejos de constituir una política social que busca superar los efectos perversos de concepciones y políticas de desarrollo equivocadas, han sido altamente estigmatizantes y reproductores de la pobreza.

Independientemente de que algunos indicadores, en algunos países más que en otros, muestren incrementos significativos en las tasas de crecimiento económico, se observa como nuestras sociedades se han hecho más pobres y, lo que es más grave y preocupante aún, que la cultura de la pobreza se ha instalado en la mentalidad y en la cotidianidad de nuestros ciudadanos todos, generando no sólo descomposición social, que al fin y al cabo podría recomponerse, sino, más peligroso todavía, por irreversible, generando degradación de la condición humana.

Asímismo, como he destacado, si bien la obsesión por la eficiencia que ha estado permanentemente detrás de todos los planes, programas y proyectos sociales, ha sido necesario y ha dado muestras de la inmensa capacidad intelectual y técnica con que contamos para analizar, diagnosticar y explicar los problemas, además de los ingentes esfuerzos y recursos destinados para ello, tampoco ello ha sido suficiente para enfrentar el problema de la pobreza y sus efectos en la sociedad.

Conviene entender —y he aquí el problema: entender— que las fronteras sociales que demarcan los límites entre los que son pobres y los que no los son se nos están desdibujando cada día más. Y esto es así, no porque los pobres hayan salido de su situación de pobreza, que es lo deseable, sino más bien porque los que no lo son han comenzado a engrosar las filas de la pobreza. Las élites dirigentes son precisamente quienes tienen que entender que una sociedad que democratice la pobreza no puede ser una sociedad democrática y no puede soportar por mucho tiempo seguir sustentando, maniqueamente, principios de libertad, justicia social, bienestar y progreso. La ceguera, el afán de poder y la ambición, expresadas en la altísima capacidad para el inmediatismo, es de tal magnitud que no terminan por darse cuenta y comprender de una vez por siempre, que, en tales circunstancias, el piso que les sostiene es sumamente frágil.
Para evitar cualquier resquebrajamiento —explosión social— de magnitudes inimaginables, un Acuerdo Nacional es impostergable. Pero no se trata de cualquier acuerdo, se trata de un pacto de élites, donde se depongan las posiciones personalistas, los intereses grupales inmediatistas y la mentalidad cortoplacista, extractiva, del enriquecimiento fácil y depredador, entre otras perversiones mercantilistas y politiqueras que están atentando contra nuestra inestabilidad política, económica, social, cultural, ecológica, y hasta contra nuestra soberanía como países y como región. Se trata de un acuerdo donde se anteponga el interés general por encima del interés individual; donde se defina, implícita y explícitamente, cuál es la direccionalidad de los esfuerzos y sacrificios institucionales, sociales, colectivos e individuales —esto es lo que entiendo como el proyecto de sociedad— y cuál es la contrapartida que los ciudadanos recibirán por ello.

El tema de la educación, por ser un factor altamente determinante y condicionante de los cambios, es un delicioso aperitivo para incitar a un acuerdo en esa dirección. Objetivos nacional e internacionalmente compartidos como son el progreso, el bienestar, la calidad de vida, la solidaridad, la democracia, la productividad, la competitividad, el desarrollo productivo con equidad, una mejor distribución de los frutos del crecimiento, el respeto por los derechos humanos y el medio ambiente, entre otros, pasan necesariamente por contar o disponer de ciudadanos ilustrados, con las habilidades gerenciales y las capacidades científicas y técnicas necesarias para impulsar la locomotora del desarrollo sostenible y el bienestar, y ello es de la incumbencia y responsabilidad de toda la sociedad. Los cómo, ya los sabemos; con quiénes, ya los conocemos; con cuantos recursos disponemos, ya los tenemos y siempre serán escasos; lo demás es un asunto de visión, de voluntad política y de compromisos ciudadanos, y no precisamente de voluntariado.

Reitero, una vez más, que la educación es la mejor inversión que podemos hacer. Pero eso sí, resolvámonos de una vez, apostemos todo lo que tenemos a lo que creemos y compremos el billete ya. De lo contrario seguiremos aspirando siempre al premio mayor de la lotería, sin estar dispuestos, ni siquiera, a pagar el precio de una fracción.