17 de Octubre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (126-128) I,III
Año: 1997

1. A partir de su experiencia como director del Centro Interamericano de Estudios e Investigaciones para el Planeamiento de la Educación (CINTERPLAN),¿Cómo visualiza usted el tema de la educación y su vinculación con el desarrollo social en vísperas del nuevo milenio?

En las postrimerías del año 2000, la región latinoamericana se caracteriza por haber acumulado, además de la ya pesada deuda financiera y social, una larga, valiosa y rica experiencia en materia de políticas y programas sociales. Para ello, se han destinado grandes cantidades de recursos (humanos, técnicos y financieros), para programas sociales sin que ello se haya traducido en un mejoramiento de las condiciones y la calidad de vida de los habitantes de la región, en general, y, en particular, de la población objetivo a los cuales estos han sido dirigidos: los pobres. En el caso de América Latina la pobreza ha crecido sistemáticamente alcanzando a casi tres cuartas partes de su población. Según los últimos informes de la CEPAL, uno de los hechos más preocupantes es que el número de indigentes subió a 95 millones de personas, lo cual representa un aumento entre el 19 y el 22 por ciento del total de la población. Ello significa que uno de cada cinco latinoamericanos carece de recursos para asegurarse la dieta nutricional mínima adecuada.

En el transcurso de los últimos cincuenta años, y a pesar de la implementación de un sinnúmero de planes, programas y proyectos sociales, y del volumen de recursos que se han dispensado para enfrentar y combatir la marginalidad y la pobreza, no sólo los pobres se han empobrecido aún más, sino que también se ha incrementado significativamente el número de ellos.
En este sentido y para avanzar en la dirección de su pregunta, conviene reconocer que tales programas parecieran haber fracasado en sus objetivos y con ellos quienes, de una manera u otra, hemos tenido responsabilidad directa o indirecta, tanto en su diseño y su formulación como en su instrumentación y sus resultados. Más allá que los factores y/o las causas que pudieran determinar este fracaso sean ajenas a los aspectos técnicos y metodológicos para la formulación de los planes, programas y proyectos en cuestión, y que, además, se tenga el convencimiento de que estas causas sean estrictamente de orden político, una de las enseñanzas que pudieramos extraer del examen de esta realidad es que, definitivamente, no pueden haber respuestas exclusivamente técnicas a problemas que son esencialmente de naturaleza política.

Lo cierto es que hoy contamos con una sociedad de pobres, la que en tales condiciones no podrá llegar muy lejos en sus objetivos de alcanzar el progreso y el bienestar de sus ciudadanos. La situación es ampliamente conocida y finalmente compartida por casi todos. Sin embargo, seguimos diseñando e implementando planes, programas y proyectos sociales para enfrentar a la pobreza que al final terminan siendo políticamente inviables y, más grave aún, que por su concepción, terminan siendo socialmente estigmatizantes y reproductores del círculo vicioso de la pobreza. ¿No es esto acaso lo que hemos logrado con el enfoque que centra la política social exclusivamente en programas para pobres?